Luigi Capuana, Fuerzas ocultas (el desenlace)

FUERZAS OCULTAS (2a parte)

(Para acceder a la 1a parte, pinche aquí)

De un año a esta parte se interesaba mucho por ciertos fenómenos de los que sólo desde hacía poco tiempo algunos científicos se habían ocupado sin prejuicio, y empezaba a  sospechar que se encontraban delante de uno de tales fenómenos, puesto que no podía creer que se hubiese dejado vencer por el nerviosismo de Elvia y de la sirvienta, por una sugestión de segunda mano.

–         ¿Has dormido bien? – le preguntó Elvia viéndolo saltar de la cama.

–         De un tirón. ¿Y tú?

–         Yo no he pegado ojo. Poco ha faltado para que te despertase.

–         ¿Por qué?

–         No me riñas; tenía miedo.

–         ¿Aún con esas? – exclamó él, fingiendo encolerizarse por esta debilidad femenina. – Mientras tú te vistes – añadió después – saldré a fumar un cigarro al aire libre. Te mando a Nannina.

No había conseguido hacer hablar a los aparceros. Cuando estos se hicieron cargo de la aparcería, la villa ya llevaba un tiempo cerrada y abandonada.

–         Ya que los dueños no se preocupan de la casa, ¿por qué no ocupan ustedes las habitaciones superiores?

–         Sabe usted, las de la planta baja nos resultan más cómodas.

–          Y dígame, antes que yo y mi señora, ¿no hubo nadie que hubiese alquilado la villa?

–         Sí, hace cuatro años la ocuparon dos forasteros, un anciano con su hija, hermosísima criatura, que decidieron marcharse una semana más tarde.

–         ¿Por qué?

–         Quizás lo dijeran, ¿pero quién les entendía? Prácticamente se escaparon, rezongando, ¡haciendo ciertos gestos! El viejo debía estar medio loco. Daba vueltas de la noche a la mañana, recogiendo hierbajos y llevando a casa ramos, haces enteros. La hija pintaba.

El día pasó tranquilo. Elvia y él mismo casi habían olvidado las tristes impresiones de la noche previa, ya que las estancias iluminadas por el sol asumían durante el día un aspecto alegre. Pero por la noche, tras la puesta de sol, parecían transformarse, y no servía de nada encender todas las luces.  Algo indefinible, inexplicable, se desprendía de las paredes, de los objetos: se habría dicho incluso del aire que circulaba.

Elvia, por vergüenza de parecer miedosa como una niña, no osaba revelar a Aldo  la oprimente sensación que la invadía; y Aldo bien se guardaba de confesarle la repugnancia que la casa le inspiraba de noche, en cualquier habitación se entretuviesen hasta la hora de cenar y de irse a la cama. Elvia se apretaba contra él, quería que la tomasen entre los brazos, como si allí encontrase refugio; y él se alegraba de tenerla así, de acariciarla, de besarla, de murmurarle palabras dulces de tanto en tanto… puesto que, a medida que avanzaba la noche, se sentían obligados a permanecer silenciosos. Y aun así, todavía tenían – pensaban – muchas palabras dulces que decirse en aquellas horas de recogimiento, en medio de la gran paz del vasto campo.

Aldo ya no podía dudar de que se trataba de sensaciones reales; Elvia era un organismo sólido, lleno de salud, como él mismo. Él, es cierto, se había ocupado de fenómenos anormales, pero sólo a través de la lectura de lo que escribían, a favor y en contra, científicos de gran valor. Nunca había probado a observar directamente, a pesar de haber sido invitado frecuentemente por personas que deseaban iniciarlo a los misterios del magnetismo y del espiritismo. Alguna que otra vez, Elvia se había burlado graciosamente por estos estudios suyos, mostrándose más bien incrédula. Por esto, Elvia no podía sospechar que lo que ella y Nannina sentían en la villa procediese de un nerviosismo excesivo o de preconceptos capaces de alterar las funciones cotidianas de sus sentidos.

Habían pasado todo el día vagabundeando por el campo. Después de haber desayunado en una granja / vaquería, se habían adentrado por senderos y caminos hacia las colinas, recogiendo bellísimas flores salvajes, parándose para descansar en las casas de los campesinos encontradas aquí y allá, sacando fotos instantáneas con sus Kodak, cada uno de ellos fotografiando un punto de vista distinto por el reto de ver quién de los dos habría podido escoger el paisaje más artístico; y habían regresado tarde a la villa, un poco cansados pero muy contentos de la hermosa excursión, mientras parloteaban alegremente sobre los resultados de las películas de sus respectivas Kodak. ¡Qué lástima que tuviesen que esperar a regresar a Roma para revelarlas!

Mientras tanto, se habían sentado a la mesa con gran apetito, a pesar de que la cena todavía no había sido preparada.

–         ¿Tienes sueño? – preguntó Aldo, al ver que su mujer a duras penas lograba mantener los párpados abiertos.

–         ¡Elvia! ¡Elvia! – gritó, al ver que ponía los ojos en blanco.

Ella no respondió. Rígida, con el pecho erecto, con los ojos cerrados y el ceño fruncido, parecía que observase atentamente y que consiguiese ver con los ojos cerrados.

Aldo comprendió al instante que se trataba de un caso de catalepsia espontánea y sintió pavor al no poder discernir la causa que lo producía, ni las consecuencias subsiguientes que aquello podría tener. Y continuaba llamándola, zarandeándola del brazo: ¡Elvia! ¡Elvia!, observando con ansia las reacciones que ella mostraba, como si asistiese a un espectáculo que le horrorizase.

Luego, los labios de Elvia se movieron; sonidos inarticulados salieron de su boca. De pie, con las manos extendidas hacia delante, retrocedió, girando la cabeza a un lado como para evitar ver. Dio un grito, cayó entre los brazos de Aldo, que se apresuraron preparados para recibirla… y ella reabrió los ojos.

–         ¿Por qué? – preguntó sorprendida.

–         Te has quedado dormida – balbuceó Aldo para no asustarla. – Quería acostarte sobre el canapé.

Elvia no recordaba nada. ¿Qué es lo que había visto? Aldo no se lo preguntó. Pero él estaba seguro que en aquella villa debía haber ocurrido alguna terrible tragedia desconocida. Las paredes emanaban terror. Incluso él se sentía dominado cada día más por una fuerza misteriosa. ¿Le habría subyugado la catalepsis también a él?

Con su gran estupor, aquella noche Elvia estuvo tranquilísima. No dijo sentir ninguna sensación de miedo ni durante la cena ni más tarde. Lo que es más, estuvo más alegre que de costumbre; sin embargo, y repentinamente mientras se levantaba de la mesa preguntó:

–         Dime. Dónde he leído o dónde he visto representar…

–         ¿Qué?

–         ¡Es extraño! – exclamó ella tras una breve pausa -. Me vuelve a la cabeza una escena de no sé qué drama, o de qué capítulo de novela… ¿cómo puede ser que me vuelva a la cabeza tan viva, tan fresca, como si la hubiese leído o la hubiese visto representar recientemente?

–         ¿Qué escena?

–         ¡Ah! ¡Es extraño! Se me escapa… de aquel marido que, creyendo a su mujer  culpable, le ordena: “¡Castígate tú misma!” Y ella no quiere morir con el veneno ni con el puñal… y quiere gritar, pedir ayuda; y choca contra las puertas cerradas a llave, y golpea los batientes de las ventanas clavadas… ¡y pierde la palabra y muere de terror ante el terrible marido, quien la ha llevado a una  villa lejana! ¿Dónde he leído esto? ¿O dónde lo he visto representar? ¡Es extraño, muy extraño!

–         ¡No te preocupes por eso! – la interrumpió Aldo. – Mejor dime otra cosa: ¿no te has aburrido de estar aquí?

–         No. ¿Y tú?

Aquel inesperado fenómeno de serenidad hizo sospechar todavía más a Aldo Sàmara. Le pareció ver a su Elvia a la merced de las misteriosas fuerzas dominantes en las estancias superiores de la villa abandonada, y deseó liberarla y liberarse a sí mismo de su oculto poder.

Al regresar a Roma, ella padeció durante algún tiempo la irracional obsesión de que una influencia maléfica los habría dañado a los dos; mas, después de algunos meses de ansiedad extrema, se convenció totalmente de que se había equivocado.

Sólo ocurrió dos o tres veces, en largas intermitencias, que Elvia repitiese como aquella noche:

–         Dime: ¿dónde he leído … o dónde he visto representar? ¡Es extraño, muy extraño!

Después de aquello, Aldo Sàmara ha vuelto a leer varias veces el libro de aquellos dos científicos ingleses, y pondría la mano en el fuego por probar que tienen razón.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Capuana, L. Delitto ideale. Palermo: Sandron, 1902. 1a edición.

———. Novelle del mondo oculto. Bologna: Pendragon, 2007. Reedición.

———. Un vampiro e altri racconti dellocculto. Milano: BUR, 2011. Reedición*.

*Edición usada en la preparación de esta entrada.

    • Pato
    • 30/01/12

    ¡Castígate tú misma! Oh, Dio, me ha encantado!

    • Definitivamente é unha cita excelente, Pato! Nisto tamén coincidimos!

    • Ángel
    • 21/04/12

    Tiene un aire de realidad fantasmal.No necesita decir,sugerir da más miedo,siempre ha dado más miedo lo que no se puede ver.
    Me ha gustado,tiene un aire a terror clásico,terror gótico del que ya no se hace.

    • Todos los relatos fantásticos y de terror de Capuana guardan ese tono de sugestión atmosférica. Quizás te interese leer otro de sus relatos, “Un vampiro”, que es el único (aparte de la traducción que ofrecemos aquí de “Fuerzas ocultas”) que se puede encontrar en traducción. Muy recomendable.

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