Bunyips, cavernas y fantasmas coloniales. Relatos australianos de terror

“Todo el que haya vivido en Australia ha escuchado hablar del Bunyip. Es el único horror respetable, capaz de helar la sangre, del que Australia puede jactarse. El viejo mundo tiene sus historias de demonios necrófagos y vampiros, de Lorelei, de espectros y de duendes, pero Australia no tiene otra cosa que su Bunyip. Nunca ha habido faunos en los bosques de eucaliptos ni náyades en los saltarines riachuelos. Ningún héroe mitológico ha dejado tras de sí historias de magia y fantasía. Ni mano de hombre blanco alguno ha dejado constancia de un poético pasado sobre las grises rocas de apariencia volcánica que ensombrecen algunos barrancos solitarios que conozco. No hay sepulcros labrados en la ladera de la montaña que rodea cierto lago desecado (probablemente el cráter de un volcán extinto) que recuerdo de mi infancia, y que ciertamente evoca la ciudad perdida de Kör. Aquí la naturaleza y la civilización han sido muy avaras en todo lo que alimente la imaginación” (Rosa Campbell Praed, “El Bunyip”; traducción de Couto).

Estas líneas con las que Campbell Praed inicia sul relato “El Bunyip” dicen mucho de la imagen que de la Australia fantástica construyó el imaginario colonial: de toda la variada caterva de seres sobrenaturales y ultreterrenos nacidos de las ruinas de castillos y abadías, de los páramos desolados y de tupidos bosques, y que son el orgullo del género gótico europeo, Australia no ha heredado ni uno. Pero si se toma esta idea por verdadera, ¿qué es, entonces, un cuento de fantasmas “australiano”, y qué lo distingue de un cuento de fantasmas inglés, irlandés o norteamericano?

Este Australian Ghost Stories, publicado en la colección “Tales of Mystery and the Supernatural” de la editorial Wordsworth,  plantea no pocas cuestiones sobre el sentido de los libros colectivos, a saber: cuál es la finalidad de una recopilación de relatos, con qué criterio se realiza, y qué significado guarda la expresión “historia de fantasmas”. En el volumen, que recoge historias escritas entre 1867 y 1939, se combinan a discreción cuentos de violencia y crimen, terrores científicos, lugares embrujados, naturalezas todopoderosas y razas del pasado, piezas compuestas tanto por autores australianos (que en ocasiones sitúan sus historias en la vieja metrópolis) como por autores ingleses adoptados por las colonias. Es, quizás, por toda esta amalgama de orígenes y escenarios que la colección resulta desigual: aparentemente, las mismas lagunas y pantanos sirven de ambientación a eventos sobranaturales olvidables (“The haunted pool”), o a persecuciones más tétricas y atmosféricas (“The devil of the marsh”). Los pozos, minas y cavernas se transforman en refugios de razas olvidadas (“A Haunt of the Jinkarras”, “The cave”), en paraísos herméticos (la fantástica “The Cave of the Invisible”), o en espacios donde innombrables criaturas del abismo se revelan simples masas de bitumen o sustancia similar (“The Accursed Thing”). Lo aparente y lo real se confunden en un modo tal que los escalofríos que unos relatos producen se ven fagocitados por la perplejidad o la indiferencia que otros despiertan.

Sospecho que el editor de este volumen, James Doig, ha intentado combinar en las 200 páginas de este libro relatos de cierta entidad que ya habían sido antologizados en otras colecciones de terror australiano (algunas de ellas, por cierto, coordinadas por el propio Doig), por un lado, junto a pequeñas piezas que enfatizasen el carácter salvaje, indomable, solitario, fascinante del continente del Pacífico (“The bunyip”, “The cave”, “Sea voices”), por otro. Y a pesar de la desequilibrada proporción de inventiva, resolución y acierto, Australian Ghost Stories ofrece cuanto menos una interesante introducción a varias generaciones de autores que conviertieron en objeto fantástico-literario la realidad múltiple de las colonias del Pacífico. Recuerden los nombres de Favenc, Clarke, Grimshaw y Dwyer, y no desprecien a Lawson, a Marriot Watson, ni a Boothby (creador, por otro lado, del Dr. Nikola) si se los encontrasen en sus personales exploraciones bibliófilas.

Relatos incluidos en el volumen

Mary Fortune: “The White Maniac: A Doctor’s Tale”

Ernest Favenc: “Spirit-Led”, “A Haunt of the Jinkarras”

Marcus Clarke: “The Mystery of Major Molineux”

Rosa Campbell Praed: “The Bunyip”

Louis Becke: “Lupton’s Guest. A Memory of the Eastern Pacific”

Edward Wheatley: “The Haunted Pool. A Tale of the Blue Mountains”

Fergus Hume: “A Colonial Banshee”

H. B. Marriott Watson: “The Devil of the Marsh”

Edward Dyson: “The Accursed Thing”

Henry Lawson: “The Third Murder. A New South Wales Tale”

Guy Boothby: “The Death Child”; “A Strange Goldfield”

Roderic Quinn: “Sea Voices”

Beatrice Grimshaw: “The Cave”

James Francis Dwyer: “The Cave of the Invisible”

Dulcie Deamer: “Hallowe’en”

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Doig, J. (ed) Australian Gothic. An Anthology of Australian Supernatural Fiction 1867-1939. Mandurah: Equilibrium Books, 2007.

Doig, J. (ed) Australian Nightmares. More Australian Tales of Terror and the Supernatural. Mandurah: Equilibrium Books, 2008.

Doig, J. (ed) Australian Ghost Stories. Hertfordshire: Wordsworth Editions, 2010.*

Doig, J. (ed) Australian Hauntings. Colonial Supernatural Fiction. Mandurah: Equilibrium Books, 2011.

Gelder, K. (ed) The Oxford Book of Australian Ghost Stories. Oxford: Oxford University Press, 1994.

Gelder, K. y R. Weaver (ed) The Anthology of Colonial Australian Gothic Fiction. Melbourne: Melbourne University Publishing, 2007.

*Edición usada en la preparación de esta entrada.

    • Pato
    • 15/04/12

    ¿Y qué sería de una nación, incluso una relativamente “nueva”, sin su propia mitología, sin sus propios fantasmas? Estaría incompleta. Así que cuándo van a dejar de preguntarnos, en tono acusador, que por qué nos gusta el terror y la violencia. Me dan ganas de responder: porque soy humana y no un muñeco de madera, como tú, anda, vete a hacer deporte.

    • “Vete a hacer deporte”, jajaja, que gran frase! Crear xerarquías forma parte desa mentalidade colonia, que, por iutra parte, sigue existindo, seguimos suxeitos ós mesmos principios, aínda que agora o difícil é determinar se somos colonos ou nativos.

    • Ángel
    • 27/05/12

    ¡Pobre Rosa Campbell Praed!.¡Qué infancia más tranquila y tan falta de sobresalto tuvo!.

  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: