Iwan Rhys Morus, Cuerpos electrificados. Vida, muerte y electricidad en la Inglaterra victoriana

“Metafóricamente hablando, la electricidad es el brazo derecho del Todopoderoso” (Andrew Crosse).

“Cuerpos electrificados[1]. Vida, muerte y electricidad en la Inglaterra victoriana” (Shocking Bodies. Life, Death and Electricity in Victorian England) condensa un siglo de pasiones eléctricas, de diatribas magnéticas, de alta tensión y corrientes alternas, de experimentos y demandas judiciales, de ácido y placas de zinc. Retrata la sociedad victoriana desde una perspectiva inusual e intensamente atractiva centrada en el análisis no sólo del cuerpo humano, sino también de los cuerpos social y político, en clave eléctrica.

Iwan Rhys Morus construye su estudio a través de cuatro casos, cuatro cuerpos que, sometidos a la influencia de la electricidad, desentrañan la espesa madeja de significados, circunstancias, valencias y coyunturas del fenómeno. Tom Weems, Ada Lovelace, Constance Phipps, y el señor Jeffery serán,  por tanto, nuestros guías en este galvánico viaje que nos llevará desde la concepción de la electricidad como una fuerza potencialmente capaz de devolver o insuflar vida en el tejido muerto, hasta la práctica de ejecuciones por electrocución en los albores del fin de siglo.

Parte I: Tom Weems

Nuestro primer cuerpo es el de Tom Weems, un campesino que, habiendo asesinado a su mujer el 7 de mayo de 1819, es sentenciado a muerte. Su cadáver no sólo será cedido a los anatomistas para su disección, sino que también se lo someterá en público espectáculo a un curioso experimento: usando una batería galvánica, electrificarán el cuerpo de Weems para intentar devolverle la vida.

Las demostraciones públicas y las exhibiciones de científicas alrededor de la electricidad ya eran populares en el siglo XVIII. En el marco de charlas llevadas a cabo en cafés y círculos sociales, se mostraban curiosidades voltaicas como la “beatificación”[2], consistente en la aparición de un halo alrededor de la cabeza, previa aplicación de corriente sobre el cuerpo; o la Venus electrificata, un divertimento en el que se electrificaba a una joven y bella dama, tras lo cual se le pedía a algunos hombres del público que intentasen besarla. Al hacerlo, oh sorpresa, los labios de ambos despedían chispas.

El caso de Tom Weems, sin embargo, va más allá del carácter lúdico, macabro, y vagamente experimental de la disección pública. Su cuerpo electrificado pone de manifiesto un encarnizado debate político entre reaccionarios y revolucionarios. Puesto que, si está en la mano del hombre devolver o incluso dar la vida al tejido muerto a través de la electricidad, ¿no probaría esto que no existe nada más allá de la materia? ¿No convertiría esto al hombre en dios? Mary Shelley, de hecho, crea su obra maestra Frankenstein en este caldo de cultivo, ya que ella misma proviene de una familia de radicales. Atribuyendo un origen material al germen vital se destruían de un plumazo enteras teologías; se descalabraban estructuras sociales, políticas, y religiosas; se abrían las puertas de una nueva era en la que la electricidad encerraba en sí misma los misterios de la generación de la vida.

Parte II: Ada Lovelace

De la violencia eléctrica ejercida sobre un cuerpo muerto pasamos a la electricidad aplicada conscientemente sobre el individuo vivo. Única hija reconocida de Lord Byron, Ada Lovelace (probablemente más conocida por su egregia progenitura que por sus investigaciones matemáticas) tomó la vía de la experimentación eléctrica para explorar su cuerpo enfermo. Ada buscaba transformarlo en un auténtico laboratorio en el que poder aunar ciencia y filosofía , y descubrir en última instancia la teoría eléctrica de la vida. Es, en sus propias palabras, el “estudio del sistema nervioso y sus relaciones con las influencias ocultas de la naturaleza”, una experientación voluntaria y consciente que llevará a cabo bajo la égida de Andrew Crosse, otro de los fantásticos personajes que Owen Rhys nos presenta. El curioso jardín que rodeaba la casa de este “thunder-and-lightning-man” abundaba de raras especies nunca vistas: enredaderas de cables y macizos de botellas de Leyden eran cultivadas con mimo con el fin de experimentar con la electricidad atmosférica.

Cierto, Lovelace no consiguió su cometido, y los misterios de la electricidad siguieron siendo sólo eso, misterios. Aún así, el cuerpo de Ada ilustra el paulatino avance hacia la normalización de la electricidad como medio terapéutico. Los próximos dos cuerpos sintetizan este devenir.

Parte III: Constance Phipps

Avanza el siglo victoriano, corre ya la segunda mitad del XIX, y, junto a las siempre espectaculares funciones de maquinaria eléctrica, la electricidad se cuela en el consultorio médico, convirtiéndose en un (aparentemente) valioso recurso terapéutico. Hospitales y clínicas fundan departamentos especializados en esta nueva tendencia, y por doquier nacen centros con sonoros nombres tal que el Hospital Galvánico de Londres (London Galvanic Hospital), en cuyas salas se dispensan tratamientos para las enfermedades nerviosas y musculares, los problemas sexuales, la impotencia, la masturbación, o la histeria.

Nuestra Constance Phipps es un personaje anónimo de la clase acomodada quien, aquejada de jaquecas y adormecimiento de las extremidades, es sometida regularmente a corrientes eléctricas. La electricidad,  administrada por su padre con una cadena Pulvermacher, debe proporcionarle vitalidad. El tratamiento, sin embargo, no debió resultar particular eficaz. Las cartas familiares que mencionan su caso parecen revelar que murió relativamente joven, soltera, y bajo la estrecha supervisión paterna. El cuerpo electrificado, por tanto, habla de enfermedad, pero también de perspectivas de género, de control, y de expectativas sociales.

Parte IV: Mr. Jeffery

El último cuerpo pertenece al banquero Mr. Jeffery, y pone de manifiesto la saturación del mercado de objetos electrificados: anillos, toallas, cinturones, vestidos, cepillos para el pelo se publicitan en todos los periódicos victorianos del fin de siglo. La electricidad vende, y el señor Jeffery cae presa de la publicidad engañosa. Compra un cinturón eléctrico de la Medical Battery Company para tratar sus malestares de salud, pero encontrándolo ineficaz y rehusando en consecuencia pagar la factura, es demandado por la compañía. El proceso judicial descubre la falaz estrategia de marketing sobre la que se basa la producción y venta de estos inútiles aparatos, poniendo de manifiesto, al mismo tiempo, cómo la electricidad se había convertido, al final del siglo XIX, en un miembro más de las familias de clase media.

En definitiva, Shocking Bodies. Life, Death and Electricity in Victorian England es un estudio histórico que abunda de concentración académica, aunque no falte el rico anecdotario que hace  de él un volumen ciertamente interesante. L@s amantes de la literatura de terror y ciencia ficción encontrarán en él las claves para entender y contextualizar muchas de las grandes y pequeñas obras del género. Igualmente apto para l@s degustadores/as de la historia de la ciencia, las curiosidades históricas, y para l@s adept@s del steampunk.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Morus, I. R. Shocking Bodies. Life, Death and Electricity in Victorian England. Stroud: The History Press, 2011.

Biografía académica de Iwan Rhys Morus. http://www.aber.ac.uk/en/history/staff/irm/


[1] El título original inglés juega con la ambivalencia del término shocking, que significa tanto “sometido a un shock eléctrico” como “escandaloso, impactante, horrendo, sensacional”.

[2] Georg Matthias Bose solía realizar este número.

    • Ángel
    • 6/01/13

    Nos parecen extravagantes los experimentos antíguos pero estoy seguro que aún hoy se hacen experimentos que a la gente del futuro le parecerán igual de extravagantes.
    Por otra parte,la búsqueda de la inmortalidad no ha cesado ni cesará mientras quede un soplo de vida.

    • ¿Y no es maravilloso seguir siendo tan extravagantes como nuestros antepasados?

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