Max Beerbohm, Siete hombres, o de cómo los dandis no llevan impermeable

Pero en los años 90 las apariciones extrañas eran más habituales, creo, de lo que son ahora. Los escritores jóvenes de aquel período – y yo estaba seguro de que este hombre fuese un escritor – se esforzaban sinceramente por distinguirse en el aspecto. Este hombre se había esforzado sin éxito. Llevaba puesto un sombrero de fieltro negro, de estilo clerical pero de intención bohemia, y una capa gris impermeable que, quizás porque era impermeable, no conseguía ser romántica (Enoch Soames; traducción de Couto)

beerbohm2Si leen Seven men (1919), obra del caricaturista y, al menos en su vejez, mostachudo escritor Max Beernohm (1872-1956),  tendrán la fortuna de disfrutar de varios géneros condensados en un único volumen. Si son ustedes propensos a apuntarse a esos retos de lectura que ordenan zamparse diez novelas negras, quince ladrillos históricos, o veinte libros de autoayuda, no dejen escapar esta pieza que les ofrece la posibilidad de acercarse a su meta /acortar las distancias a esa deseada meta. “Siete hombres” es una obra pseudobiográfica que combina elementos del género fantástico con el humorismo, el misterio, el estudio sociológico y la caricatura humana. Y al contrario que la gran mayoría de libros que solemos presentarles en este blog, Seven men sí ha conocido una traducción al español en época muy reciente. En 2007 publicaba Alfaguara “Siete hombres”[1], aunque, inexplicablemente, el título se encuentra agotado a día de hoy.

(c) BRIDGEMAN; Supplied by The Public Catalogue FoundationEl volumen recoge varias historias narradas en primera persona por el propio Beerbohm, quien coprotagoniza cada uno de los relatos. De hecho, Max recrea el mundo de artistas y literatos de los que él mismo formaba parte, y en sus piezas abundan las referencias a los creadores finiseculares entonces contemporáneos, se ilustran rencillas, diatribas, los grandes deseos y, sobre todo, las pequeñas miserias que mueven al artista,  los círculos selectos de patrocinadores y grandes damas que hacen del artista el broche en la pechera, la pluma en el sombrero, el animal exótico en el jardín de la gran casa de campo. La necesidad de figurar, lucir, mostrar.

Desde la perspectiva del dandi, Beerbohm asume el rol de ser testimonio del tiempo, de su tiempo. Menciona así lugares verdaderamente emblemáticos, como la sala de lectura del British Museum, tan frecuentada por estudiosos, artistas y ocultistas de la época;  o publicaciones como The Yellow Book; o artistas y escritores de dentro y fuera de la frontera británica (Beardsley, Wilde, Mendès, Mallarme, John Lane); pero también tienen cabida desconocidos frecuentadores de las carreras de caballos y anónimos huéspedes de hotel. Por toda esa pátina de realismo y de ironía, resulta imposible pensar que Beernbohm hubiese renunciado al delicioso placer de inspirarse en personajes de carne y hueso.

SoamesDe los siete hombres-relato de Beerbohm, “Enoch Soames” es, sin duda, el que más ha trascendido desde el punto de vista literario por haber sido presentado como el “cuento perfecto” (véase la antología del cuento fantástico realizada por Borges, Bioy Casares, y Ocampo). Combina con la perfección del círculo el decadentismo británico finisecular, los viajes en el tiempo, los pactos demoníacos, y el deseo de trascender del pobre Soames, el católico diabolista repelido por el éxito que tanto ansía. Es magnífico a todos los efectos, pero ese deslumbramiento que produce en el lector, unido a la tendencia editorial de publicar este relato como una pieza independiente desgajada de Siete hombres , no ha hecho sino eclipsar a los restantes señores protagonistas.

Rescatemos pues a alguno de estos tipos, por ejemplo, a “Hilary Maltby y Stephen Braxton”. Maltby es el tipo guapo, rubio y delicado; Braxton, el gigante moreno, brusco y huraño; ambos, autores primerizos que con sus respectivos exordios (Ariel in Mayfair de Maltby; A Faun in the Costwolds, de Braxton) comparten un discreto éxito y una cierta velada rivalidad que terminará decayendo junto con su efímera fama. Diecisiete años después de ese culmen de fama transitoria, el Beerbohm narrador se encontrará por tierras italianas con Maltby, quien le contará cómo sufrió una extraña e inexplicable persecución fantasmal de manos de un espectral Braxton:

Caminando pesadamente, pero sin el sonido de botas sobre la acera, llegó a nuestro banco. Allí, imponente y furioso, se paró, como exigiendo que le hiciésemos sitio. Un momento más tarde se aproximó con aire sombrío al banco. Instintivamente, me eché hacia atrás, y aparté las rodillas hacia un lado con un escalofrío de repulsión ante la idea del contacto. Pero Braxton no me empujó. Lo que hizo fue sentarse lenta y completamente sobre mí.

No, no SOBRE mí. Se sentó A TRAVÉS de mí, y alrededor de mí. Lo que me sucedió no fue un mero contacto espantoso con lo intangible. Fue inclusión, envolvimiento, eclipse (Hilary Maltby y Stephen Braxton; traducción de Couto)

(c) DACS; Supplied by The Public Catalogue Foundation“A. V. Laider” se acerca peligrosamente a la redondez narrativa de “Enoch Soames”. Imagínese que usted, como cada año, visita una tal localidad balnearia en la que suele refugiarse por motivos de salud. En ese hotel que tan bien conoce y en el que siempre se hospeda, descubre usted una carta perfectamente sellada que envió un año atrás a otro huésped y que, ahora tiene la prueba, nunca llegó a su destino último. Usted y ese huésped se conocieron hace un año, entablaron conversación, y el hospedado le contó un suceso que le había acontecido tiempo atrás, una desgracia en torno a la quiromancia y las fatalidades del destino cuyo tono y profusión de detalles le convencieron ciegamente (sí, a usted) de la veracidad de todo cuanto el desconocido le fue diciendo. Ahora, un año después, descubre la carta, y acto seguido el destino le hace reencontrarse con la persona en cuestión a la que iba dirigida la misiva. El señor Laider, como usted,  acaba de llegar a la mencionada localidad balnearia. Y esta vez también tiene algo que contarle.

Me apresuré a mitigar aquel momento embarazoso diciendo que, si yo pudiese leer la mano, no lo haría, por miedo a las cosas horribles que podría ver en ella.

‘Cosas horribles, sí’, murmuró mientras asentía mirando al fuego.

‘No es’ dije en defensa propia, ‘que exista nada demasiado horrible que, por lo que sé, pueda ser leído en mis manos’.

Apartó la mirada del fuego hacia mí.

‘¿No es usted un asesino, por ejemplo?`

‘¡Oh, no!’, repliqué con una risa nerviosa.

‘Yo sí’ (A. V. Laider; traducción de Couto)

Únicamente restan dos hombres alrededor de la mesa: “James Pethel”, el jugador empedernido que siente la necesidad de arriesgar siempre y en toda circunstancia; y “Savonarola Brown”, el autor teatral que es casi poseído por la historia que escribe (o, más bien, por una historia que se escribe a sí misma). Dos personajes y dos circunstancias interesantes y no exentas de cierta profundidad, sí, pero que he disfrutado (lo reconozco) menos que las restantes. Eso sí, ustedes léanselas igualmente, que para eso Beerbohm las ha escrito.

Beerbohm es también autor de la aplaudida novela satírica Zuleika Dobson, y de la recientemente traducida “El farsante feliz” (Acantilado, 2012).

En 1950 “Siete hombres” se reeditaría bajo el título “Siete hombres y otros dos” (Seven men and two others) con un relato añadido titulado “Felix Argallo and Walter Ledgett”.

Los siete hombres son…

Enoch Soames

Hilary Maltby and Stephen Braxton

James Pethel

A. V. Laider

Savonarola Brown

(Y el séptimo, a la vista está, es Max Beerbohm)

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Beerbohm, M. Seven Men. London: Heinemann; 1919.

Información, textos y recursos de y sobre Max Beerbohm.

Traducción de la editorial Alfaguara.


[1] Esta edición es una trasposición de la versión publicada por New York Review Books: misma portada, misma introducción de John Updike.

  1. 22/04/15

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