Esta maravillosa muerte: Robert W. Chambers y El rastreador de personas perdidas

La enfermedad de Lamour, la más rara de todas las enfermedades conocidas, descubierta y descrita por primera vez por Ero S. Lamour, M.D., M.S., F.B.A., M.F.H., en 1861. Solo se ha observado un único caso. Este caso se describe al completo en el magnífico y monumental trabajo en 16 volúmenes del Dr. Lamour. En pocas palabras, la enfermedad se manifiesta sin causa aparente y, en último caso, se supone fatal. El primer síntoma se manifiesta con la aparición de un débil círculo azulado bajo los ojos, como si en ocasiones el paciente se hubiese acostumbrado a fijar demasiado la vista. A veces, una leve fiebre acompaña dicha manifestación; el pulso y la temperatura varían. El paciente parece gozar de salud excelente, pero tiende a perder el apetito, a sentir inquietud, y a sonrojarse repentinamente en el rostro. Estos síntomas son seguidos por otros inconfundibles: el paciente se vuelve silencioso a veces; otras veces, muestra debilidad por las expresiones sentimentales, se sonroja fácilmente, se deprime fácilmente, se sienta durante horas observando a la misma persona y, si no se le controla, dará muestras de afecto por el sexo opuesto. El síntoma más extraño de todos, sin embargo, es el cambio físico en el paciente, cuyos rasgos y figura, cuando son seguidos por el ojo entrenado del observador, asume gradualmente la simetría y el encanto de una belleza casi sobrenatural, acompañada a veces por una palidez espiritual que confirma de forma inconfundible la diagnosis y que, cree el Dr. Lamour, presagia la inexorable aproximación de la inmortalidad (El rastreador de personas perdidas, capítulo 21; traducción de Couto).

ChambersAprovechando el tirón mediático que el sobrecogedor El rey de amarillo está experimentando, no está de más recordar a su autor, Robert W. Chambers (1865-1933), por una obra perteneciente a otro género bien distinto que le valió fama y reconocimiento en su día: la ficción romántica. “El rastreador de personas perdidas” (The Tracer of Lost Persons, 1906) bascula entre la novela y el conjunto de relatos. Aúna casos protagonizados principalmente por personajes vinculados entre sí por lazos de amistad, y acomunados en torno a la figura del Rastreador, Mr. Keen, un detective cómplice, hábil en el disfraz y la charada, y capaz de localizar a cualquier persona en cualquier lugar del mundo.

KEEN & CO.

RASTREADOR DE PERSONAS PERDIDAS

Keen & Co. están capacitados para localizar el paradero de cualquier persona sobre la tierra. No se cobrarán honorarios a menos que la persona que se busca sea hallada.

Deberán compilar formulario con la solicitud.

WESTREL KEEN, Mánager (El rastreador de personas perdidas, capítulo 1; traducción de Couto).

Las cinco historias del volumen muestran amores diversos, siempre protagonizadas por hombres de recursos, en las que las mujeres responden a construcciones idealizadas de ciertos tipos de feminidad. La narración que abre el volumen enfatiza el amor romántico, cuyo tono, argumento y ejecución recuerdan poderosamente a las comedias americanas de los años 30 y 40. De hecho, el personaje de Gatewood, soltero de oro que busca en el sexo opuesto un modelo ideal, bien podría considerarse la versión literaria de un James Stewart o un Cary Grant. La segunda de las historias aboga por los amores de tintes sobrenaturales y atmósferas misteriosas. En ella, el capitán Kenneth Harren muestra síntomas de haberse enamorado de la silueta de una bellísima mujer que se le aparece cual fantasma en los momentos más inesperados. A partir de una fotografía en la que, misteriosa e inexplicablemente, los rasgos de la espectral figura han quedado fijados, el señor Keen conseguirá decodificar, con la ayuda de sus conocimientos criptográficos, un mensaje crucial que asegurará la felicidad de Harren[1].

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También hay espacio para los amores de alcahueta, con Mr. Keen transformado en el diestro celestino que urde una complicada trama de malentendidos para conseguir que el soltero Kerns (amigo de Gatewood) se reencuentre con su amor de juventud. Y, conociendo a Chambers, tampoco podían faltar los amores de ultratumba, exóticos y arrebatadores.

Esta maravillosa muerte, este triunfo de la belleza sobre la muerte, era mía. Ella ya nunca volvería a yacer allí, sin compañía, a través de las soledades del día y de la noche. Jamás la dignidad de la Muerte volvería a faltar al tributo exigido por la Vida. Aquí estaba el vigilante designado: yo, que la había encontrado sola en los yermos del mundo, completamente sola en los límites más remotos del mundo, una muchacha, muerta y desprotegida. Y allí, de pie junto a ella, supe que jamás volvería a amar (El rastreador de personas perdidas, capítulo 18; traducción de Couto).

Chambers-dreaming

Ambientada en los desiertos de la antigua ciudad egipcia de Sais, la cuarta historia narra el fatídico encuentro de John Templeton Burke con una joven cuyo cuerpo yace incorrupto desde hace milenios en las profundidades de una tumba bajo la arena. ¿Cómo no amar la belleza muerta, cuando el último suspiro ha sido suspendido en labios escarlata que imitan a la perfección la cálida carne? Nuestro protagonista se enamora perdidamente, pero dos desalmados criminales roban el cuerpo de la muchacha, y Burke recurrirá a Keen para localizarles y darles caza. También, en este caso, será la pericia egiptológica del Rastreador en el desciframiento de jeroglíficos lo que revelará la verdadera historia de la muchacha muerta, una historia en la que se entremezclan el hipnotismo, la suspensión de la vida y un puñado de intrigas de faraónica antigüedad.

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La quinta y última historia tiene como protagonista a Victor Carden, el pintor creador de la llamada Carden Girl, modelo femenino de elegancia, belleza, principios morales y resolución vital de la que aspira a enamorarse en su versión de carne y hueso. ¿Quién mejor que el Rastreador para encontrar en la vida real a su personal Chica Carden? Imposible en este caso no tomar a la Carden Girl como un trasunto literaria de la más conocida Gibson Girl.

“El rastreador de personas perdidas”, pues, combina elementos humorísticos, a veces incluso esperpénticos, con componentes misteriosos, un orientalismo de vago regusto decadente y cierta ligereza alternada con toques oscuros. Es lectura recomendable tanto para el corazón delator y el pecho propenso a los suspiros, como para el apetito insaciable que haya sido azuzado por el Rey de Amarillo y sus signos funestos.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Chambers, R. W. The Tracer of Lost Persons. Ilustraciones de Edmund Frederick. New York: D. Appleton; 1906.

Perfil biográfico de Robert W. Chambers, Miskatonic University.

 

[1] Este caso se tradujo con el título “El rastreador de personas pedidas y el sello cifrado de Salomón” en la antología Historias de lo oculto.

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