Copias, réplicas y duplicados: una historia real

LeGuin

Desde hace algún tiempo se verifica en mi biblioteca un hecho que, no por curioso, resulta menos preocupante. He descubierto que mis libros se duplican, se desdoblan en parejas, se reproducen formando tríos. A veces se trata de réplicas exactamente iguales y otras, de libros que se versionan a sí mismos cambiando su apariencia, su formato o su lengua.

Esto no sucedía en mis años mozos, cuando la vida nómada y mi poca experiencia en los mercadillos (y, a menudo, también por cuestiones derivadas de las tiranteces de presupuesto) eran las condiciones que limitaban mi adquisición de libros. En aquellos momentos del pasado juro que nunca tuvo lugar dislocación multiplicativa alguna en mi exigua biblioteca. Pero ahora, con la vejez y el sedentarismo, esta plaga terrible se ha asentado en mi casa. ¿Queréis presenciar en vivo y en directo las consecuencias de tal masacre? ¡Hela aquí!

Algunas pruebas irrefutables acerca de las relaciones impropias que se dan entre libros

MoorSgo

Tres ediciones de L’armata dei fiumi perduti de Carlo Sgorlon: la primera me la regalaron, la segunda la compré sin recordar que ya tenía una copia, la tercera fue acto de burla y venganza consciente contra mi mala memoria. La adquirí sabiendo que dos réplicas me esperaban ya en casa.

Tres ediciones de Città delle illusioni de Ursula K. LeGuin. Lo curioso es que se trata de la misma idéntica traducción del texto, aquella realizada por Margherita Molinari. Son estas, además, las tres ediciones que se publicaron de la novela en Italia: si no me conocieseis, podríais acusarme del feo vicio del completismo. Dos las compré en un mercadillo (la edición de Urania debía, en origen, sustituir la versión psicodélica y decididamente peor conservada de Longanesi) y la tercera la recibí en herencia.

Luego están esos libros que una compra (o hereda o roba o saquea) tanto en el idioma original como en traducción: son ejemplos de esto Drácula, Melmoth el errabundo y La mano izquierda de la oscuridad.

DracMat

Existen, además, los duplicados voluntarios: libros que ya se tienen pero que, encontrando a buen precio una edición mejor conservada, se sustituyen sin el menor miramiento. Me ha pasado, por ejemplo, con El trono de madera de Sgorlon, y La joya en la frente de Moorcock.

Luego están las réplicas involuntarias: esos libros que alguien que conoce tus filias decide regalarte sin saber que una copia idéntica duerme cada noche en una de las muchas estanterías de tu casa. O esos libros o esos números de viejas revistas de ciencia-ficción que compras porque no recuerdas si ya los tienes o no. Invariablemente acabas comprobando que sí, claro, ¿cómo no ibas a tenerlos? Esto último suele pasarme con la publicación Robot.

Y a mayores, podemos añadir el duplicado de cuentos, relatos y novelettes en antologías: las Carmillas y Luellas Millers, los Horlas y las Literas superiores, los Vampiros y las Puertas abiertas.

¿Os pasa también a vosotrxs o es solo cosa mía y de mi provecta edad? Solo espero que estos libros que se han visto obligados a vivir con sus copias, sus remedos y sus versiones extranjeras lleven una vida medianamente equilibrada, que no se den collejas mientras duermo ni se arranquen páginas los unos a los otros en combates feroces. Deseo que, al menos ellos, hayan aprendido a lidiar con sus propios reflejos.

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4 comentarios

  1. A mí no me pasa: soy muy tiquismiquis con mi biblioteca y en seguida regalo, dono o me deshago de cualquier otra manera de los libros que no me gustan o que me regalan repetidos. No quiero que haya ni un libro en mi biblioteca que no me merezca la pena. Los únicos que tengo repetidos porque valen por dos son los de Stephen King en sus ediciones original y traducida al español. Tuve una época en la que quería traducir sus novelas, ya que las traducciones de los 80 y 90 dejan mucho que desear… pero bueno, esa es otra historia.

    • Gustaríame ter esa predisposición á orde, Pato, porque a min pásame xusto o contrario. Coa idade si que estou empezando a ser lixeiramente máis selectiva (ademais, o espacio doméstico non é infinito), pero pouco.

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