Radiografías de la melancolía y la nostalgia, José Manuel Bielsa-Gibaja

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En un mundo sin melancolía, los ruiseñores se pondrían a eructar (Emil Cioran, Silogismos de la amargura).

En el ensayo Radiografías de la melancolía y la nostalgia (El Transbordador, 2018), José Manuel Bielsa-Gibaja analiza los dos conceptos del título, melancolía y nostalgia, y su experiencia cambiante a lo largo de los siglos. Aunque adopta una perspectiva diacrónica que parte del nacimiento etimológico y lexical del término “melancolía” en la Grecia clásica, y culmina en el momento contemporáneo, recurre con solvencia al retrato radiográfico de varios momentos clave. Personajes emblemáticos y circunstancias tópicas sirven para mostrarnos la urdimbre que sustentan las distintas percepciones de la melancolía a lo largo de la historia. Y con estas líneas que deben servir a modo de introducción, os pongo sobre aviso y anuncio con voz estridente que es posible que me ponga densa en los próximos párrafos.

Pesadumbre, mística y una dosis de bilis: evoluciones culturales de la melancolía

Radiografías de la melancolía y la nostalgia se inspira en esa historia cultural que suele tomar un elemento concreto a través del que observar e interpretar la totalidad de un período histórico, o incluso el devenir de una civilización. Me vienen a la cabeza, en este sentido, títulos como la Historia de la muerte en Occidente de Philippe Ariès, o este que me he comprado hace nada, Cafeína. Historia, cultura y ciencia de la sustancia más famosa del mundo, de Bennett A. Weinberg y Bonnie K. Bealer. En el caso de este Radiografías, la lente a través de la que se exploran los destinos del occidente europeo desde la antigüedad hasta nuestros días es la formada por el dueto melancolía – nostalgia.

Radiografías no es tanto un repaso histórico-cultural a los cambios que el fenómeno “melancolía” ha experimentado a lo largo de los siglos en Europa (que también), cuanto una puya intelectual con la que azuzarnos los sesos y obligarnos a revisar nuestro proprio comportamiento. Tanto es así que, a mi parecer, el libro termina de una forma abrupta, como si estuviese inacabado, y creo que lo hace de eso modo porque no hay manera de terminarlo de otra forma. Se para en nuestro presente, en este espacio raro en el que vivimos tú y yo, y en el que, si queremos obtener un balance del grado de nostalgia que atufa nuestra parcela de autonomía, de si somos melancólicos narcotizados u otra cosa bien distinta, tendremos que hacerlo nosotros. Está bien que Bielsa-Gibaja nos dé responsabilidades, que un libros nos haga trabajar después de haber cerrado la última página.

Munch melancholy
La versión de Munch de la célebre máxima “La vida es una mierda y luego te mueres”.

La melancolía, nos cuenta el autor, fue disturbo psicológico, consecuencia de la brujería y marca de genio creativo, también raíz de la licantropía e incluso de experiencias místicas. Me gusta cuando la define como el fruto de la “discordancia entre lo real y lo deseado”. Me la imagino como el caminar desacompasado que obstaculiza siempre la obtención de una meta, como esos sueños en los que, por más que corras, no logras avanzar. Ay, melancolía, que te has aliado con el inevitable paso del tiempo, con la vejez, la muerte, las penas de amor, la contemplación y el sedentarismo para hacernos felices en nuestra desgracias.

Que Bielsa-Gibaja haya elegido el término “radiografía” para dar título a su estudio tiene todo el sentido. El autor analiza la tripa de la cuestión a través de eso, radiografías, instantáneas que capturan visualmente un momento concreto. Y así, imagen a imagen, nos muestra cómo los conceptos de la melancolía que manejaban los autores grecolatinos inspiran las acepciones posteriores de este síntoma hasta llegar a día de hoy.

¿Qué te encontrarás en este libro, lector? Pues te darás de morros con los personajes melancólicos de las composiciones homéricas, con los doctores hipocráticos apurados por tratar el mal. Verás revivir a Aristóteles y Areteo de Capadocia (y a muchos otros autores), que te saldrán al paso para darte su opinión, al igual que sabios islámicos y teólogos cristianos temerosos del diablo. Descubrirás a los biliosos de la Ilustración, del Siglo de las Luces, a los malditos del artisteo decimonónico, a esos místicos melancólicos como Juan de la Cruz a los que se les ennegrece el ánimo por no conectar plenamente con Dios y, por subirse al carro de las pesadumbres, hasta Cristo se pondrá atrabílico perdido (que, por cierto, José Manuel, parece que también hay representaciones de Buda sumido en negruras melancólicas). Y llegarás al final de la historia sin saber cómo termina, porque la historia de la melancolía sigue: la seguimos cultivando.

Bodhisattva 3rd century Art Gallery of the New South Wales Sydney
Bodhisattva tristón.

Bielsa-Gibaja apunta al presente como un momento de melancolía compartida derivado del declive del sentimiento de pertenencia, las agonías ideológicas, la velocidad del estar siempre presente que nos exigen las redes sociales y la furia de comprar y consumir (porque solo somos en la medida en la que tenemos). El autor no llega a meterse a fondo en el berenjenal que supondría abrir el cadáver del presente, y lo entiendo. Con todo lo que nos ha contado, ahora podemos autodiseccionarnos sin necesidad de intermedarios.

Déjame que te cuente batallitas: de cuando estudiaba tristezas de la Mesopotamia antigua

Hace mucho, mucho tiempo (como en el paleobabilónico, más o menos), yo me dedicaba cotidianamente a la investigación. Uno de los temas que más me interesaban, junto con el estudio del cuerpo en la antigüedad, concernía la construcción cultural de la enfermedad. ¿Qué es eso de la “construcción cultural”? Sin ponerme intensita, diré que se trata del conjunto de procesos por los que se fabrica, se implementa y se normaliza una realidad (realidad en cuanto constructo aceptado como real y existente) dentro de un grupo humano. Ya, ya sé que se le pueden poner muchas pegas a esta definición mañanera, pero hemos quedado en no ponernos intensos, ¿no?

Ahora viene la pregunta clave: ¿existen las enfermedades? Cualquiera que haya padecido una gripe convendrá que sí, ciertamente existen. Pero una cosa son los síntomas que padecemos en un episodio puntual, ese sentirse pocho, y otra el modo en el que se nos presenta culturalmente ese conjunto de síntomas de una forma precisa, cerrada y coherente.

Pensemos en nuestra percepción compartida del cáncer no solo como fenómeno patológico, estudiado en laboratorios y tratado en hospitales, sino también como experiencia lexical y concepto que supera los límites de lo biomédico. ¿Qué imágenes despierta la palabra cuando la piensas? ¿De dónde nacen esas imágenes, de las campañas publicitarias y la televisión, quizás, del modo en el que se nos explica el hecho cuando sucede, o de cómo se nos hace vivir el trance en la consulta? ¿No se ha trasladado el término “cáncer” a muchas otras áreas del habla cotidiana? ¿Cómo ayuda a crear imágenes concretas del cáncer médico el uso común de la palabra en esas otras áreas no médicas o no científicas? Lo que quiero decir con todo esto es que el cáncer, como cualquier otra enfermedad, no “es” simplemente, sino que se construye, se moldea, se presenta, se vende de maneras concretas que luego configuran nuestra idea del fenómeno, nuestra percepción de la llamada “realidad”.

Ojo, con estas observaciones no quiero tirar por tierra el trabajo que se realiza desde las ciencias para prevenir enfermedades y mejorar la calidad de vida. Creo, sin embargo, que es necesario ser conscientes de cómo operamos los humanos en todos los campos en los que metemos las pezuñas. Detrás de la imagen de precisión, exactitud y asepsia que promueven las llamadas ciencias exactas hay mucho (¿todo?) de construido, y no solo por la influencia nefasta que las multinacionales químicas, la política o ciertos sectores religiosos puedan tener en la práctica científica, sino porque las ciencias se basan en determinados principios, reglas, búsquedas y objetivos que al aceptarlas, por fuerza descartan otras que, en muchos casos, serían igualmente válidas.

Dürer Christ as the Man of Sorrows
Cristo melancólico de Durero.

Recuerdo una conferencia que impartió una etnóloga en Heidelberg, hace tiempo (tanto que he acabado por olvidar el nombre de la estudiosa). En esa charla exponía los modos en los que distintas ramas de las ciencias de la salud (fisioterapia, traumatología, cirugía) intervenían sobre un mismo problema de maneras muy distintas. Cada practicante proponía tratamientos médicos radicalmente distintos en base a lo que había aprendido durante su formación, es decir, dependiendo del modelo cultural específico de intervención médica que cada uno había aprendido y, por tanto, asumido como realidad eficaz. Si hay maneras drásticamente opuestas de solucionar un problema médico, quizás sea hora de borrar el aura de infalibilidad y asumir que las biociencias también se construyen como el resto de modelos humanos.

Entonces, ¿la melancolía es real?

Cada cultura, cada comunidad humana, cada tiempo histórico se cuenta la experiencia de la enfermedad de una manera distinta, y lo que para un grupo es significativo desde un punto de vista patológico, puede no serlo para otro. Bielsa-Gibaja, de hecho, documenta muy bien este proceso de cambio en la conceptualización de la melancolía: si en la Grecia hipocrática se tenía por una dolencia producida por desequilibrios humorales que hacían prevalecer la bilis negra, en el mundo contemporáneo se toma como un estado de ánimo dominado por la tristeza, más propio de artistas que de trabajadores del súper.

El término es el mismo, pero tanto el contenido como el envoltorio con que se nos presenta han cambiado drásticamente. No existen tratamientos para la melancolía porque no es una enfermedad (ya no), sino una emoción, un estado como la somnolencia o el hambre. Lo que ahora se reconoce como enfermedad es la depresión, que tampoco ha existido siempre por mucho que las biociencias tiendan a presentar sus construcciones como descubrimientos de verdades que siempre han estado ahí, pero que no hemos podido ver por falta de conocimientos o de medios técnicos. Con cada edición nueva del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders aparecen nuevos males y disturbios, otros se cambian de nombre, algunos modifican sus síntomas y, en general, descubrimos que estamos más enfermos que antes.

Friedrich Caminante sobre mar de nubes
Caminante sobre mar de nubes, o ¡atento, que se resbala!, por Friedrich.

Cada uno de estos conceptos, de estas construcciones, responde a un conjunto complejo de circunstancias en el que se combinan nociones anatómico-patológicas, prejuicios religiosos, coyunturas históricas y percepciones de género, entre muchas otras. En los textos cuneiformes de la Mesopotamia antigua encontramos también descripciones de estados que están próximos a algunos de los casos clasificados como episodios melancólicos por la tradición occidental, pero las causas que se le atribuyen no suelen responder a los desequilibrios de la bilis, sino a otras razones. Por supuesto que la muerte de un amigo conduce a la tristeza y a la desazón (el pobre Gilgameš la padeció en sus carnes tras el fallecimiento de Enkidu), pero también ciertos actos de brujería, o el abandono de la divinidad que te protege (esto es lo peor, sin duda, y razón frecuente del mayor sufrimiento imaginable). Y, en algunos casos, también el amor.

En fin, lo dejo aquí, no sin antes cerrar mi perorata  anunciando que pronto (espero) se publicará un artículo que escribí durante ese pasado académico mío. Con el título “Desórdenes perturbadores: una reconsideración del problema de las ‘enfermedades mentales” en la Mesopotamia antigua”[1], intenta explicar con más claridad el rollo patatero que acabo de soltar aquí.

Degas Melancolia
Le melancolía según Degas.

Y la nostalgia, ¿qué?

Nostalgia es lo que siento cada vez que recuerdo que hubo un tiempo en el que dormía ocho horas seguidas ¡cada noche! Pero mi nostalgia es inducida: nació en el siglo XVII gracias a un aspirante a médico, Johannes Hofer. Si yo hubiese nacido en el siglo VII, no habría sentido nostalgia, sino otra cosa. Siendo su historia corta y confundiéndose a menudo con la melancolía, Bielsa-Gibaja le dedica menor atención en su libro, pero no se olvida remarcar que, en esa intención de revivir un pasado que se cree áureo y más deseable que el presente que es propio de la nostalgia, se reconoce el motor de los nacionalismos.

En definitiva (venga, que ya llevo 2000 palabras y me hace falta un café), este Radiografías de la melancolía y la nostalgia está lleno de sugerencias, datos y apuntes para la reflexión. Su brevedad es solo aparente. José Manuel Bielsa-Gibaja aprovecha cada línea para discutir y argumentar, y con ello nos empuja a evaluar y recapacitar sobre nuestro momento presente. ¿Cómo se explicaría que haya escrito semejante entrada llena a rebosar de palabras si no fuese un libro inspirador, eh? Bravo a Bielsa-Gibaja y a ediciones El Transbordador por este primer número de la colección GasMask.

Notas bibliográficas

BIELSA-GIBAJA, J. M. Radiografías de la melancolía y la nostalgia. Málaga: El Transbordador, 2018. Disponible en papel y edición digital.

[1] “Disturbing Disorders: reconidering the problem of ‘mental diseases in ancient Mesopotamia”. Saldrá en un volumen colectivo en inglés.


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2 comentarios

  1. Distintas formas de llegar a la misma conclusión aunque no estoy de acuerdo en la acepción que dice que es cosa propia de artistas……..a no ser…….que todos seamos artistas.

    • Todos somos un poco artistas de la vida, ¿no, Ángel? Quizás no me haya explicado con claridad: Bielsa-Gibaja explica en su libro el proceso a través del cual la melancolía acabaría asociándose con un tipo humano intelectual, culto y creativo hasta cristalizar en esa imagen del poeta romántico y suicida del imaginario cultural.
      Un saludo, y muchas gracias por comentar.

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