¡Vamos a morir todos! Las hecatombes fantacientíficas de Jacques Spitz

 

Jacques Spitz Occhio del purgatorio

Me maravilla que un autor como Jacques Spitz, a quien la colección Urania define “uno de los mayores escritores europeos de ciencia-ficción” y que la SF Encyclopedia, más cauta, confirma como “el principal autor francés de ciencia-ficción de los años 30 y 40”, sea un completo desconocido por estos (y otros) lares.

Me maravilla y desconcierta porque, después de haber leído varias de sus novelas, no puedo sino concordar con estas afirmaciones.

Parece que Spitz no siempre fue un extraño. En esos mismos años 30 y 40 se tradujeron dos de sus novelas: El experimento del Dr. Mops (Editorial Febo) y La guerra de las moscas (Editorial Cima). Sería la guerra mundial, el decaimiento del interés en su obra, las vicisitudes editoriales que empujan a abrir o cerrar colecciones, ¡qué se yo! Lo cierto es que el empeño por divulgar su obra no prosperó.

La suerte de Spitz en el mercado italiano ha sido distinta. Sin calificarla de rósea, al menos el interés que la editorial Urania ha demostrado por traducirlo y reeditarlo cada cierto tiempo me ha permitido acceder a parte de su obra.

Este artículo se basa en las dos novelas que he podido leer del autor hasta el momento, a saber: La guerra de las moscas y El ojo del purgatorio. En él te presento los que son, a mi entender, los aspectos esenciales de su obra, hablo de su visión sustancialmente negativa del mundo y el género humano y, por supuesto, lo reivindico mucho.

Jacques Spitz
Jacques Spitz, al fresco.

¿Quién fue Jacques Spitz?

Jacques Spitz (1896-1963) fue ingeniero, escritor y olvidado de las letras. Con Gallimard (poca broma con esto) publicó novelas oscuras, imaginativas y no exentas de humor. Sí, ese humor bilioso que te hace reír y llorar al mismo tiempo y que pone el dedo en la llaga de la miseria humana en la que vivimos. Y encima su estilo literario es delicioso.

En italiano se han traducido 5 de sus novelas:

  • La guerra de las moscas: la extinción de la humanidad a manos de un ejército de moscas.
  • El hombre elástico: un científico loco que experimenta con la materia y consigue crear un ejército de soldados-superhombres diminutos.
  • Señales del sol: una explosión atmosférica terrestre que casi destruye la vida en el planeta.
  • El ojo del purgatorio: la revelación de que todo decae, se descompone y muere hecha a un pintor bastante cabroncete.
  • La guerra mundial nº 3: la 3ª guerra mundial será atómica. El volumen incluye, además, 6 relatos del autor.

Para más información sobre la bibliografía de Spitz, pincha aquí y aquí (Wikipedia también acude en tu ayuda).

guerre-des-mouches

Máquinas de matar: cuando las moscas se vuelven inteligentes

Spitz en el laboratorio

En la narrativa de Spitz, la ciencia siempre guarda un papel crucial. La observación científica y la investigación de laboratorio son los motores que casi siempre ponen en marcha el conflicto. A menudo es el descubrimiento de una anomalía, un hecho insólito o una fuerza desconocida lo que marca un antes y un después para el protagonista.

Este es el caso de La guerra de las moscas. En Laos, nubes de moscas feroces están acabando salvajemente con la población. Atacan pueblos, propagan enfermedades y obligan a la gente a huir despavorida. Los muertos se cuentan ya por millares y, lo peor, las masas de dípteros se desplazan a gran velocidad.

Juste-Évariste Magne es un ayudante de laboratorio pobretón que se dedica a examinar cada día miles de ejemplares de mosca. Trabaja para Carnassier, el gran profesor del Collège de France que investiga la herencia genética en los insectos. Cuando se verifica el avance imparable del ejército de moscas hacia tierras cada vez más occidentales, Carnassier y su equipo viajan al extremo oriente para investigar de cerca la cuestión.

Allá, en medio de las hordas feroces, nuestro amigo Magne descubre algo sorprendente: las moscas son inteligentes y se adaptan a las circunstancias con excepcional rapidez.

En un principio se desplazan dentro de los territorios cálidos, pero pronto encontrarán el modo de invadir los territorios del hemisferio norte y las cunas de la civilización (sí, el bromista de Spitz les pone minijerséis de lana para que los volátiles puedan soportar el frío). Italia, Francia, España, ¡nadie está a salvo!

Las moscas son el resultado de la evolución más perfeccionada y vienen a por ti.

Franco Brambilla Segnali del sole
© Franco Brambilla, Segnali del sole. Imagen tomada de Urania Blog.

Puedes correr, pero no puedes esconderte: la destrucción de la humanidad a manos de los insectos

La guerra de las moscas es una carrera frenética hacia la hecatombe más absoluta. ¿Cómo reaccionan los distintos países, las naciones y los ejércitos ante tropas de insectos que se reproducen sin pausa? ¿Cómo pueden los humanos organizar una defensa efectiva? Son tantas las moscas, tan pequeñas y hábiles, rápidas como la luz y más listas que el ajo, que no habrá nada que la humanidad pueda hacer para salvarse.

Países como la India se deciden por una política de no agresión contra la vida animal. Acaban muy mal. En Francia echan mano de telas metálicas de malla estrecha con las que cubren el espacio aéreo sobre París. Mal también. Otros, como la Italia fascista, arengan a sus acólitos en estos términos:

¡Fascistas! Nuevas batallas, nuevas ocasiones de gloria os esperan en tierras africanas. ¡Las legiones de moscas se enfrentarán a las legiones romanas! ¡Las bestias negras sabrán qué significa tener que enfrentarse con los camisas negras! Hasta este momento en la lucha contra los dípteros los hombres han muerto como moscas; ¡ahora serán las moscas las que morirán como hombres!

La novela es la demostración de que los esfuerzos humanos resultan inútiles y Spitz, que sabía desplegar un humor negrísimo, nos mata bien matados.

¿He dicho “humor negrísimo”? Para que no quepa duda sobre esto, mira lo que llega a hacer el autor (SPOILER): acaba con la humanidad, sí, pero deja a media docena de ejemplares vivos (entre ellos, el propio Magne) que las moscas mantienen encerrados en un zoo humano. In your face!

Spitz Guerra

Un ojo que ve la muerte

En las novelas de Spitz la ciencia siempre juega un papel clave. En El ojo del purgatorio, el protagonismo del laboratorio es casi marginal en lo que a la narración expresa se refiere, pero crucial para el desarrollo de la historia.

Poldonsky es un pintor desganado y descreído, con una amante a quien no ama y unos colegas de arte que desprecia. En sus merodeos nocturnos conoce a un tipo, Christian Dagerlöff, un técnico de laboratorio que conduce una investigación imprecisa. Aunque entre ambos no surge una verdadera amistad, sus destinos se unirán irremediablemente.

Una noche especialmente oscura para el ánimo en la que Poldonsky ha decidido suicidarse, Dagerlöff se presenta en su casa con un emplasto que coloca sobre los ojos dolientes. Le aliviará, dice. Y lo hace, aunque por poco tiempo, porque nuestro protagonista enseguida comienza a notar cambios acongojantes en su percepción sensorial.

Imagínate que vas a un restaurante y pides tu comida favorita. Cuando te la sirven, descubres con espanto que desde el plato te mira desafiante una masa de alimentos a medio deglutir, masticados, salivosos y nada apetitosos. Esto es lo que le sucede a Poldonsky. ¿Tan mal está el servicio de restauración en París?

Pues no: es su percepción de la realidad la que ha cambiado, porque ahora Poldonsky se adelanta al futuro y puede ver el destino inmediato de lo que le rodea. Primero es un futuro a breve término, 10 minutos, media hora. A medida que pasen los días, sin embargo, su capacidad predictiva aumentará.

A su alrededor ya no hay jovencitas vestidas de domingo ni niños regordetes, no: ahora pululan enfermos agonizantes y esqueletos bailarines que llevan vestidos apolillados y conducen caballos fantasmas. En todo lo que ve, Poldonsky aprecia la semilla de la muerte y la decadencia, y ese proceso parece no tener fin.

Bara

¿La muerte os sienta tan bien? Agonías en el espejo y necrofilia en El ojo del purgatorio

Cuando yo muero

Uno de los puntos más chocantes de El ojo del purgatorio es el enfrentamiento inevitable del protagonista con el destino final de lo creado. El “todo muere” y el “todo se marchita”, el “somos muerte andante” que hace que no se encuentre solaz en la belleza ni en los placeres.

Spitz, listo él, ha elegido para su protagonista un pintor, alguien que basa su arte en la capacidad de ver y que, por su profesión de artista, actúa de mediador entre la realidad y su representación. En toda esa espiral decadente, hay dos momentos de la novela que atesoro. En ellos, Jacques Spitz no ahorra detalle y nos obliga a bajar a las cloacas de lo humano.

Hace tiempo que Poldonsky, cuando se ve al espejo, el reflejo le devuelve una versión envejecida y enferma de sí mismo. Una mañana percibe algo todavía más perturbador: su reflejo está agonizando. Por esas casualidades del destino, Poldonsky podrá presenciar su propia muerte sin tener que padecer de inmediato las consecuencias de la disolución. Y lo hace. Se sienta frente al espejo y explora cada uno de los cambios que la muerte produce en su rostro.

Puesto que se me permite asistir a mi agonía, no puedo faltar al espectáculo, al contrario, tengo que verlo con sangre fría.

(…)

A cada minuto que pasa las ojeras hinchadas se vuelven negras. Las aletas de la nariz se afinan. La piel de las mejillas se vuelve rugosa como la de un elefante y adquiere su mismo color. En contraste, los labios blanquecinos forman una especie de halo alrededor de la boca que se abre como un ojal desgarrado: no veo salir la baba, pero la imagino. Teniendo en cuenta estos síntomas, ¿qué clase de muerte será la mía?

Oeil

Cuando tú mueres

El segundo de los momentos inolvidables de la novela es una escena necrófila en toda regla. Al poco de verse morir, Poldonsky recibe la visita de su amante, Armande. En origen una bella muchacha que trabaja como modelo, desde su cambio de percepción se le presenta como una mujer envejecida por la que no siente ningún deseo.

Como Poldonsky es un bellaco y un tipo despreciable, ese día, viéndola decrépita y al borde de la agonía, decide seducirla y llevársela a la cama. Es un modo de regodearse en la desintegración, de burlarse de los sentimientos de Armande y de chapotear en las pulpas malolientes que la muerte trae consigo.

Sentí que cedía. Al mismo tiempo, y para vengarme de haberme comportado con humildad, de haber dejado entrever mi secreto, me di cuenta de que un deseo horrendo, un deseo de necrófilo nacía en mí. Quise engañarla una vez más consigo misma, con aquella carne en descomposición tan distinta de la que había amado y, en definitiva, quería ensuciar el recuerdo que habría podido conservar de ella. Tenía la impresión de que, insultando a la muerte, afirmaba los derechos de la vida y mi pertenencia a un mundo del que me habían expulsado injustamente. Es cierto que ella era una moribunda, pero considerando que yo era un esqueleto, no me sentía con el derecho de ser exigente.

¿Cómo te has quedado? ¿Te han entrado ganas de leer a Jacques Spitz? Si te ha gustado esta entrada, compártela con tus amigos y enemigos.


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Algunas notas editoriales y bibliográficas

SPITZ, J. Incubi perfetti. Traducción de Giuseppe Lippi. Urania nº 1510. Milán: Mondadori, 2006.

SPITZ, J. L’occhio del purgatorio. Traducción de Bianca Russo. Urania Collezione nº 105. Milán: Mondadori, 2011.

Pincha aquí para ir a la página oficial del autor.

Pincha aquí para ver el perfil de Jacques Spitz en nooSFere.

Si quieres leer el artículo en francés que Patrik Guay le dedicó a Jacques Spitz, pincha aquí.

 

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7 comentarios

    • “The Eye of Purgatory” was translated into English by Brian Stableford. If you have the chance to read it, I would love to hear your impression about it!

  1. Pues sí que me han entrado ganas, y muchas. Dos de mis mayores fobias, los insectos y la decadencia inevitable, y Monsieur Spitz le dedica una novela a cada una, bien escrita -se nota en los fragmentos citados- y llegando hasta las últimas consecuencias.

    Entre lo que cuentas y lo que he leído en la wiki (he is mostly forgotten and his novels are very difficult to find, even in France) la cosa pinta muy mal, pero me lo apunto. Nunca se sabe.

  2. La conjunción de drama y comedia es más difícil de entender que de ser,acabo de ver una obra de teatro,que yo pienso que,aunque esté interpretada de un modo desenfadado,es un drama,y me ha llamado la atención como el público se reía en momentos que yo consideraba dramáticos,tal vez,he pensado,la gente tiene necesidad de reir aún en los peores momentos.Por éso no me ha sorprendido que en media de unas catástrofes para la humanidad,como cuenta Spitz,haya toques de humor,puede que de carcajada (no lo he leído pero si lo de los minijerséis es cierto,es dramáticamente divertido).
    ¿Acaso necesita el ser humano la comedia más que la tragedia y necesita dar uina última carcajada antes de la estinción total?.La broma final.

    • Yo creo que sí, Angeluco22, que la carcajada ante el drama (sobre todo si la desgracia le pasa al vecino) es casi una acción mágica que busca repeler todo lo malo que nos rodea. Reírnos mientras nos morimos es casi la última esperanza que nos queda.

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