Shirley Jackson, una vida embrujada

Shirley Jackson, retrato, terror, gótico americano

¿Cómo definirías tu vida? ¿Cuáles son los valores que te sostienen? ¿Quién eres?

No son preguntas sencillas, ni lo pretenden ser. Estos interrogantes deberían sostener cualquier biografía, pero intentar dilucidarlos podría molerle los sesos a cualquiera.

Sucede, sin embargo, que no hay una única respuesta para cada una de estas cuestiones. Porque tenemos muchas vidas. Porque defendemos valores contrastantes que se oponen con fiereza cuando toca sacarlos de su limbo teórico para llevarlos a la práctica. Porque somos muchas personas a la vez.

La biografía Shirley Jackson: A Rather Haunted Life (2016), escrita por la crítica y editora Ruth Franklin, explora la complejidad de la persona y el personaje responsable de “La lotería”, desde su infancia hasta la muerte acerva que la sorprendió en medio del éxito. Desgrana sus influencias, presenta la génesis de sus novelas y relatos, y explora los entresijos de su vida privada, artística y familiar.

Pero, sobre todo, este ensayo se consolida como un relato sobre la construcción fragmentada de la vida.

Madre de una prole numerosa, escritora que conmocionó a la clase media americana, esposa traicionada, hija de una mujer hipercrítica, ama de casa circunstancial, sostén económico de la familia… Jackson cubrió todos estos roles sin que ninguno consiguiese definirla completamente.

Es en su escritura, quizás, donde encontramos la esencia de la persona, desprovista de los convencionalismos sociales y tan solo velada por el tejido de las palabras. Jackson sostenía que “en nuestros miedos y en nuestros crímenes, descubrimos quiénes somos realmente” y fue a través de la ficción como logró acercarse al fuego de su identidad.

Shirley Jackson A Rather Haunted Life, Ruth Franklin, biografía

Shirley Jackson: A Rather Haunted Life, o de cómo vivir entre fantasmas

La biografía trazada por Franklin sigue un esquema clásico, progresivo y lineal. Cada capítulo analiza una fase de la vida de Jackson (fases, todas ellas, limitadas por lo subjetivo, a menudo en relación directa con la génesis de cada una de sus obras). Se habla de su vida familiar, su carrera profesional y su sentir íntimo, al tiempo que se enmarca lo particular en el relativo contexto sociocultural del momento.

Lejos de ser un informe frío y distante, Franklin nos empuja al centro palpitante de la vida de Shirley. Para ello, utiliza notas del puño y letra de la propia Jackson, fragmentos de diarios y pasajes de su correspondencia.

El resultado no puede ser más fascinante…

Shirley Jackson, retrato, terror

Encontramos a la Shirley interesada por la historia de la brujería y el ocultismo, el tarot y La rama dorada, El mago de Oz y Joseph Glanvill. La que disfruta de la libertad al volante de su Morris Minor. La autora que se embarca entusiasmada en sus proyectos literarios, que se documenta y dibuja con precisión la planimetría de las casas de sus novelas. La que revisa y reescribe y sufre, literalmente, las consecuencias del proceso creativo.

Pero, en esta biografía, lo fascinante también se acompaña de lo desolador.

Ahí está Geraldine, la madre en permanente descontento por la apariencia física de su hija. Y Stanley, el marido que la engaña sistemáticamente en aras de un supuesto desafío a las constricciones sociales. El crítico pasivo, brillante en sus observaciones quizás, pero que, en lo que a responsabilidades domésticas y de crianza se refiere, no mueve un dedo. El mismo que, cuando Shirley fallece, no sabe ni prepararse el café.

Una vez me escribiste una carta (sé cuánto odias que recuerde estas cosas) en la que me decías que nunca volvería a sentirme sola. Creo que esa fue la primera y peor mentira que me hayas dicho nunca”, escribió en una carta a su marido que nunca llegó a enviar.

Y están también los medicamentos que le recetan para que pierda peso, los somníferos que engulle ayudándose de tragos de bourbon, el consumo excesivo de alcohol, pilares de la falsa sociedad del bienestar estadounidense de los años 50 y 60.

Y la presión por ser la anfitriona perfecta, el ama de casa impoluta, la madre ejemplar. Y la incapacidad de integrarse en la comunidad biempensante de Bennington en la que transcurriría la mayor parte de su vida adulta.

Y el miedo a romperse completamente, a no tener un lugar al que regresar, a perderse, disolverse, desaparecer.

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Jackson fue especialista en narrar horrores cotidianos, forjados al calor de las pequeñas comunidades de supremacía blanca, cristiana, de rígidos valores y crueldad sin límites. En la prosa de Jackson, bajo una superficie aparentemente ordenada, los fundamentos sobre los que el mundo se sostiene amenazan con abrirse y tragarse la realidad entre eructos de lava y azufre.

Esta biografía está llena de literatura, de vida, de sufrimientos callados. Y de casas, sobre todo de casas.

En nuestros miedos y en nuestros crímenes, descubrimos quiénes somos realmente.

Shirley Jackson

Existencias infestadas: las casas de Shirley Jackson

Shirley Jackson: A Rather Haunted Life está repleta de casas que van más allá de las creadas con fines literarios. Ruth Franklin discute muchas de las construcciones domésticas que tuvieron un significado en la vida de Shirley.

La cabaña sin electricidad ni agua corriente que ocupó el matrimonio Jackson-Hyman al poco de casarse y que le sirvió como base para su relato “Los veraneantes” (1950).

La primera casa que alquilaron en North Bennington, en el número 12 de la calle Prospect, cuando Stanley Hyman obtuvo el puesto de profesor en la Universidad. Una casa de columnas dóricas en la que, cuenta Jackson, “no habían tocado nada tras la defunción de su anterior inquilino, muerto años atrás, incluidos dos donuts petrificados que aún permanecían sobre la mesa del desayuno”.

Y la casa en la que falleció Shirley y que pudo comprar gracias a las ventas de sus divertidas memorias como madre de 4 hijos: Life Among the Savages y Raising Demons.

Una familia es un microcosmos, un universo con un orden en sí mismo cuya sede neurálgica se encuentra en el hogar. “Una tabla de salvación en un mundo en ruinas”, que diría la señora Halloran en El reloj de sol.

(Una novela esta, El reloj de sol, que comentamos en el programa de Todo Tranquilo en Dunwich y que podéis escuchar aquí).

La casa manifiesta valores contrapuestos: es el último reducto de salvación y un espacio maldito, una cárcel que acoge, la encarnación arquitectónica de una cabeza enferma.

En la obra de Jackson, las casas se convierten en manifestaciones físicas de estados mentales: sus confines de ladrillo funcionan como un gran cerebro magnificado, y las habitaciones albergan recuerdos y experiencias que pueden revisitarse.  Los protagonistas se ensimisman en sus traumas, sus temores y sus deseos a través de la deambulación por los espacios domésticos, cuyas vigas y puertas intentan mantener a raya lo incontrolable, el volcán activo, las fuerzas de la destrucción.

En sus relatos predominan, además, los personajes femeninos, con madres ausentes, muertas o dominantes, que reflejan las tensiones entre Jackson y su propia madre.

¿Y las casas? Las casas suplen esa ausencia materna, acogiendo en su seno a las tribuladas protagonistas. Ese es el deseo, por ejemplo, de Eleanor Vance cuando llega a Hill House: encontrar su lugar, su casa, su hogar.

Las casas protegen del caos que se extiende más allá de las paredes domésticas: así lo vemos en Siempre hemos vivido en el castillo, donde Constance vive en un estado suspendido, atemporal, que solo existe entre las paredes de la casa fatídica que se niega a abandonar.

Y, a veces, esa casa convertida en refugio acaba por asumir el perfil de una prisión que reverbera con los ecos repetidos del propio miedo.

Una nota sobre la génesis de Hill House

En su artículo “Experience and fiction”, Shirley Jackson da cuenta de algunos elementos clave en el pergeño de La maldición de Hill House.

En enero de 1958, el matrimonio formado por Shirley Jackson y Stanley Hyman llegaba a Nueva York en tren. Mientras el convoy entraba en la estación de la calle 125 antes de proseguir hacia la Gran Estación Central, Shirley se dio de bruces con un edificio horripilante, el más espantoso que hubiese visto nunca, y que desapareció de su vista misteriosamente en cuanto el tren se puso de nuevo en marcha.

Ese encuentro desafortunado bastó para arruinarle la estancia en la ciudad. Días más tarde y ya de vuelta en Vermont, Shirley, obsesionada todavía por el enigmático edificio, se propuso indagar en la historia. Le escribió a un colega de Columbia pidiéndole información y esto es lo que descubrió.

Varios meses antes, el edificio se había quemado casi por completo. El fuego había devorado la estructura dejando únicamente esa porción ennegrecida, endeble como cáscara de huevo, que había infestado los sueños de Jackson. En el incidente, habían muerto 9 personas y los niños del vecindario aseguraban que las ruinas estaban embrujadas.

En esa visión, en ese escalofrío, se encuentra la piedra fundacional de La maldición de Hill House. Ahora, Shirley solo tenía que levantar los muros, abrir las ventanas y colocar el tejado.

La casa Winchester.

Jackson coleccionaba desde hacía tiempo recortes y postales de casas antiguas y junto a su hijo mayor, Laurence, solía explorar North Bennington en busca de casas tocadas por la mano de un espectro. Una de estas arquitecturas fantasmales fue la mansión de Edward H. Everett, la denominada Orchard House, que se decía frecuentada por el fantasma de la primera señora Everett.

Pero Shirley necesitaba más material para su novela, así que pidió información a sus padres sobre supuestas casas encantadas de su California natal.

Geraldine le envió varios recortes y folletos, entre los que se encontraban imágenes de la casa Crocker, magnífico engendro neovictoriano construida por el propio tatarabuelo de Jackson, y también de la famosa casa Winchester.

La mansión Winchester, con su arquitectura metastática, sus ángulos inexactos y sus escaleras que no conducen a ninguna parte, ayudó a Shirley a forjar su novela más famosa. Su planimetría laberíntica y monstruosa le sirvió para plasmar los vericuetos de la mente extenuada y los fantasmas de una psique que se desmorona. Para los demás elementos de la novela, Shirley podía tomar todo el material necesario de su propia vida.

“La casa es Eleanor”, escribió la autora en sus notas.

Sí, pero la casa también es Shirley.

La mayoría de la gente nunca ha visto un fantasma y no quieren o no esperan verlo nunca, pero casi todo el mundo admite haber tenido alguna vez la sensación furtiva de que podrían encontrarse con uno si no tuviesen cuidado, si doblasen una esquina demasiado rápido, quizás, o si abriesen los ojos antes de tiempo al despertarse durante la noche, o si entrasen en una habitación a oscuras sin vacilar primero.

Shirley Jackson, “Experience and fiction” (incluido en Come along with me).

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Referencias bibliográficas

FRANKLIN, R. Shirley Jackson: A Rather Haunted Life. New York: Liveright, 2016.

JACKSON, S. El reloj de sol. Traducción de Ariadna Molinari. Buenos Aires: Fiordo, 2018.

JACKSON, S. La maldición de Hill House. Traducción Óscar Palmer Yáñez. Madrid: Valdemar, 2008.

(Para consultar otras ediciones de la novela, pincha aquí).

JACKSON, S. Siempre hemos vivido en el castillo. Traducción de Paula Kuffer Dinerstein. Barcelona: Minúscula, 2012.

(Para consultar otras ediciones de la novela, pincha aquí).

7 comentarios

  1. Recopilar datos sobre casas encantadas,escribir libros sobre casas encantadas,visitar casas encantadas,sólo le ha faltado vivir en una casa encantada.

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