¿Ver fantasmas o sentir fantasmas? Las ghost-feelers de Edith Wharton

¿Alguna vez habías escuchado mentar esa expresión inglesa, ghost-feeler? Para mí constituye algo novedoso, si no en concepto, al menos sí en lo que a nomenclatura se refiere. La acuñó la autora americana Edith Wharton para referirse a un modo específico de entender la aparición fantasmal en la literatura. Llegué a ella por los habituales vericuetos de la casualidad.

antología cuentos de fantasmas

Un proyecto que me tiene bastante ocupada (y del que, por el momento, no puedo dar los pormenores) me llevó a buscar el relato “The prescription” de mi amadísima Marjorie Bowen. Tras unas primeras pesquisas infructuosas, por fin conseguí dar con una antología reciente y aún disponible en el mercado que lo incluía entre sus contenidos.

Se trata de The Mammoth Book of Modern Ghost Stories, uno de los muchos volúmenes de historias espectrales, misteriosas y fantásticas editado por el británico Peter Haining (1940-2007). Haining no es un desconocido en el mundo hispanohablante (compruébalo, si no, en su ficha de Tercera Fundación). Su antología A Circle of Witches ha sido traducida recientemente por la editorial Alba bajo el título Cuentos de brujas de escritoras victorianas (1839-1920). Tampoco es un extraño en mi modesta biblioteca y doy fe de que sus libros y antologías resultan, como poco, útiles e inspiradoras.

Algunas de las maravillas editadas por Peter Haining.

Y ahí estaba yo, ojeando el volumen mientras retrasaba el momento de leer ese “The prescription” de Bowen, cuando me encontré con la siguiente observación de Haining.

Edith Wharton (1862–1937) es otra autora cuyas historias se consideran “piedras miliares de la ficción sobrenatural”. Fue una de las principales cultivadoras del género durante el siglo XX. Redefinió el antiguo melodrama gótico y le dio nueva forma al combinar el terror sobrenatural con la tensión sexual, además de fundar una escuela de “ghost-feelers” femeninas que, más que ver, percibían espíritus.

¡Una tendencia literaria constituida por sensitivas de lo fantasmal entre cuyas filas Peter Haining incluía a Marie Belloc Lowndes y Daphne du Maurier! Mi curiosidad ya estaba picada. Lo que sigue es, por tanto, una reflexión todavía desarticulada sobre algunos de los modos en los que la literatura del siglo XX ha definido la percepción y la experiencia (¿la fenomenología, quizás?) de lo fantasmal.

¿Te vienes?

Edith Wharton, más victoriana que nunca.

¿Crees en los fantasmas? La definición de ghost-feeler según Wharton

En el prefacio a su volumen de 1937 The Ghost Stories of Edith Wharton, la autora define el ghost-feeler o sensitivo espectral como “la persona sensible a las corrientes invisibles que se manifiestan en ciertos lugares a determinadas horas”.

La escritora no ahonda demasiado en la definición y enseguida se adentra en otras reflexiones sobre la progresiva incapacidad contemporánea para sentir y comprender lo fantasmal literario. Una incapacidad, por cierto, que achaca a invenciones como la radio y la televisión, engendros que incapacitan al fantasma para valerse de las dos exigencias básicas que necesita, a decir de Wharton, para manifestarse: el silencio y la continuidad.

Sin embargo, esa definición sucinta del ghost-feeler suscita algunas cuestiones sobre las maneras en las que Wharton trata los fantasmas en sus cuentos y, de un modo más general, en cómo se manifiesta lo espectral en la literatura.

Edith Wharton parece preferir el término ghost-feeler al más corriente ghost-seer porque, intuyo, donde el seer ve un fantasma, el feeler lo percibe por vías alternativas que no siempre implican la intervención de los sentidos. Allá donde los ojos y la facultad de observar, tan propias del método científico, verificarían la presencia “real” de una entidad espectral, la intuición del que tan solo presiente un algo ultraterreno acaba por convertir la experiencia individual y la percepción subjetiva en la clave de construcción de lo espectral.

La campanilla de la doncella, Edith Wharton

Una historia de fantasmas: la subjetividad del ghost-feeler en “La campanilla de la doncella”

El cuento de Edith Wharton que Haining incluye en su volumen se titula “La campanilla de la doncella” (The Lady’s Maid’s Bell, 1902) y narra la historia de Hartley, una muchacha que busca trabajo después de una larga convalecencia por tifus. Una conocida la recomienda a la señora Brymptom, que decide contratarla, y Hartley se convierte en doncella de la dama que da título al relato.

Sin embargo, al poco de poner el pie en la nueva casa,  nuestra protagonista enseguida percibe la presencia de una misteriosa mujer que ocupa la habitación frente a la suya. ¿Una sirviente, quizás?

En efecto. La presencia femenina es la manifestación de una entidad espectral: se trata del espíritu de Emma Saxon, la anterior doncella de la señora que una misteriosa campanilla fantasma convoca en la hora más oscura de la noche. El relato prosigue desvelándonos los encuentros sucesivos de Hartley con el fantasma de Emma y el paulatino desvelamiento del hueso de la historia. En esto, el texto de Wharton sigue un esquema reconocible en la tradición del cuento de fantasmas, pero hay un detalle que merece una mención especial.

Imágenes de fantasmas, cuentos de terror

A Hartley se le aparece repetidamente el espectro de su predecesora sin que la nueva doncella llegue nunca a compartir el advenimiento de las apariciones con el resto del personal doméstico. Es más: únicamente nuestra protagonista percibe la presencia fantasmal en la casa, quizás como efecto colateral de esa enfermedad debilitante de la que todavía se está recuperando. Este hecho la convierte en una persona sensible a lo que existe al otro lado, en una involuntaria ghost-feeler.

Aunque el fantasma desea revelarle a Hartley algo importante, un algo en el que adivinamos una historia de adulterio, el secreto o las peculiaridades de la petición fantasmal jamás se aclaran. ¿Por qué el espíritu se manifiesta repetidamente? ¿Sigue mostrando lealtad a su señora aun después de muerta? ¿Apunta a algún terrible hecho acaecido en el pasado en relación con el amor prohibido que la señora Brymptom mantiene con el intelectual Ranford? ¿O es una advertencia que presagia un desarrollo funesto para los amantes?

Sea como sea, me parece esencial que este cuento de fantasmas se construya a partir de la percepción individual y subjetiva de un hecho extraño, inaudito y sobrenatural. En «La campanilla de la doncella», Wharton prescinde de las historias terroríficas compartidas alrededor del fuego, de las advertencias ominosas que terceras personas hacen al protagonista de turno sobre las presencias espectrales en esta habitación o aquella torre. Hartley cree estar soñando en más de una ocasión, guarda silencio sobre lo que ve, su entorno permanece ajeno a lo que sucede dentro de las paredes domésticas.

Hartley está sola con el fantasma.

Otras vuelta de tuerca, Henry James

Yo soy yo y mis espectros: lo espectral como expresión del yo

De fenómenos inexplicables, espectros intuidos y fantasmagorías ambiguas tenemos ejemplos anteriores a Wharton.  Sin ir más lejos, Otra vuelta de tuerca, de Henry James (un autor al que Edith Wharton admiraba profundamente en su vertiente horrífica), es un texto en el que gran parte del horror de las apariciones espectrales de Quint y Jessel se expresan a través de la ausencia y el presentimiento. O, dicho de otro modo, de la no percepción de los espectros a través de los sentidos, de su intuición invisible que se manifiesta a través del comportamiento de los niños Miles y Flora, y de la lectura particular y subjetiva que la institutriz hace de sus vivencias en compañía de los dos hermanos, y que casi convierte la experiencia en una racionalización de lo emotivo.

Se cuenta así la mitad de la historia para que el lector complete la mitad que falta, y es en esa zona umbrosa de lo intuido donde encontramos el mayor de los horrores, los miedos más humanos que hablan de disgregación, soledad y abandono.

A medida que nos adentramos en eso que llaman modernidad, el fantasma también se disuelve, sin llegar a desaparecer, e impregna los espacios como una niebla en la que solo unos pocos pueden leer la intervención de lo espectral: algo muy apropiado para un siglo XX marcado por las guerras mundiales, la ruptura del tejido social y la paulatina destrucción del individuo entre las mandíbulas de la maquinaria implacable del capitalismo.

Fotografía espectral, fotos de fantasmass

Llegado este punto no puedo evitar asociar esta idea del ghost-feeling o “percepción fantasmal” a una de las mayores cultivadoras de esta vertiente del terror, volátil e inflamable como el metano. ¿Quién puede ser, sino Shirley Jackson?

Si en el relato de Wharton la protagonista todavía puede distinguir y reconocer las formas humanas del fantasma de Emma Saxon (un fantasma que no habla y de cuyas tribulaciones de ultratumba no acertamos a concretar su naturaleza), en La maldición de Hill House Jackson prescinde de apariciones para construir su concepción de lo espectral. Los fantasmas de Jackson están por todas partes, habitan dentro de uno y, como el humo de un fuego devorador, acaban por tomar posesión insaciable de los espacios domésticos.

Me pregunto si entendedores como Peter Haining considerarían a Shirley Jackson como la más refinada creadora de ghost-feelers literarios.


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15 comentarios

  1. Los caminos de la literatura son infinitos,por cualquier rincón de cualquier libro que leemos por casualidad,por recomendación o por resignación encontramos de repente un despertar a una nueva literatura que no conocíamos.
    Seguiremos descubriendo.
    Un saludo.

    • Que ben que che guste, parrula! Fíome moito do teu criterio 😉.
      Quédanos unha chea por ler, mais prefiro non pensar moito niso, que non quero que me dé un ataque de angoxa.
      Un bico gordo!

  2. Bueno, ha sido toda una coincidencia el disfrutar este artículo la semana en que acababa de empezar una colección de relatos fantasmales de Wharton y terminando en ese momento La campanilla de la doncella.

      • ¿De dónde nacen estas insólitas sensaciones? ¿Cual es el origen de esas frías nieblas espectrales, que tienen el dudoso gusto de seleccionar a sus destinatarios y convertirlos en espantados receptores de un mundo de vaporosos jirones ectoplasmáticos? En su autobiografía «A Backward Glance», Edith Wharton nos da alguna pista interesante. Con nueve años, convaleciente de una grave enfermedad que casi la arrastra a la tumba, recibe un libro de unos amiguitos, un cuento de ladrones cuya lectura que le produce una gran turbación, Un extraño desasosiego quizás acentuado por su precario estado físico y mental. De hecho, Edith considera que esa narración es la responsable de una recaída de la que apenas se recupera, y cuando lo consigue, su mundo está poblado de horrores. Ahora vive rodeada de miedos indecibles, de amenazas oscuras e inefables que afectan su sueño y le rondan a todas horas del día.
        Oigamos sus propias e impactantes palabras: «…lo más formidable y agobiante era cuando regresaba de mi paseo diario (que siempre hacía con una doncella o institutriz, o con mi padre), Durante las últimas yardas, y mientras esperaba en el umbral a que abriesen, lo sentía detrás de mí; y si tardaban en abrir la puerta, me invadía una insoportable agonía de terror. No importaba quien estuviera conmigo, pues nadie podía protegerme; pero ¡qué alivio me embargaba si mi acompañante tenía llave y entrábamos enseguida, antes de que se apoderasen de mí!…».
        Esta especie de percepción delirante le duró bastantes años, afectando toda su adolescencia: «…cuánto duraron las huellas de mi enfermedad, es cosa que puede juzgarse por el hecho de que, hasta que cumplí los veintisiete o veintiocho años, no pude dormir en la habitación con un libro de fantasmas, y tuve que quemar libros de esta clase ¡porque me asustaba el pensar que estaban abajo, en la biblioteca!…»
        Edith nos da, pues, una respuesta que ya sospechábamos. Son los libros los que nos abren la puerta al misterio, al libre umbral de entrada al conocimiento, pero tal vez por eso, como el fruto del árbol del bien y el mal, también nos dan acceso a los infiernos…

      • Qué bien que hayas mencionado ese pasaje, adparnasum. Me impactó cuando lo leí por primera vez, porque retrata con fuerza y precisión la naturaleza de ese miedo visceral, absoluto e incontrolable propio de las pesadillas. Los libros, evocadores de espantos aun cuando permanecen ocultos a la vista: ¿existe una imagen más potente para el lector de terror?

  3. Me ha faltado tiempo para comprarme la antología de Haining en digital (3,99 €, lo que se dice regalada). Me he leído en diagonal las partes en que hablas del relato de Wharton y de Otra vuelta de tuerca, para evitar enterarme del final, pero aparte de eso, muy buena entrada (a la que volveré cuando ya me los haya leído)

    «la paulatina destrucción del individuo entre las mandíbulas de la maquinaria implacable del capitalismo»

    Very well put, indeed!

  4. Es una de las imprescindibles en mi lista de terror. Vine buscando a Shirley Jackson y me quedo por aquí. Te invito a que te pases por mi blog si te apetece. Dedico algo de espacio al terror también.
    Un abrazo

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