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Pequeño tesoro en lengua italiana: nuevas adquisiciones de ELLN

Los libros descartados por algunxs pueden convertirse en preciadas adquisiciones para otrxs. Rebuscar entre pilas polvorientas de volúmenes acomunados bajo el cartel de “Todo a 1 euro” en los puestos y mercadillos que se prodigan por la capital italiana puede dar frutos como los que esta foto resume.

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Primeras ediciones de L’armata dei fiumi perduti y La fontana di Lorena de Carlo Sgorlon; el ensayo de Mario Galzigna La malattia morale. Alle origine della psichiatria moderna; la traducción de la novela de Singer Il mago di Lublino (disponible en español en la editorial RBA). Y en el centro, observándoles desde el corazón del monograma “db”, otra primera edición de una obra maravillosa (sí, también esta traducida al español) que en breve comentaremos en nuestra sección “En píldora”.

Y como colofón, algunos otros libros que nos han regalado últimamente. Medicina irania, fuego sagrado, y hadas transtemporales.

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Carlo Sgorlon, El trono de madera


“Me parecía vivir rodeado de muchas cosas que no se dejaban alcanzar, que siempre se movían un poco más allá. O bien una vez alcanzadas, se revelaban inconsistentes, como una nube parece real y sólida de lejos, mientras que de cerca se transforma en una nada blancuzca y nebulosa” (Il trono di legno, p. 242; traducción de Couto).

No he encontrado manera mejor de iniciar esta reflexión en torno a Il trono di legno (“El trono de madera”) que recurriendo a las palabras de Giuliano, el protagonista de esta narración.

“El trono de madera” de Carlo Sgorlon (1930-2009) podría considerarse una novela perteneciente al realismo mágico, si no fuese porque todo lo que sucede a lo largo de sus páginas se encuadra en lo perfectamente explicable: no hay seres sobrenaturales ni afrentas a las leyes de la física. La magia, de hecho, surge no de lo que se narra (o al menos no de forma exclusiva), sino de cómo se narra. Los vericuetos de esta historia los teje Giuliano comenzando desde un punto impreciso de su niñez salvaje en los magredi, el paisaje pelado y pedregoso característico de Friuli. Huérfano criado por la exuberante Maddalena, crece entre libros, objetos pintorescos, y mapas de navegación que se acumulan por doquier en un caos vivo y vibrante, y que lo mueven a fantasear constantemente con Ismael, el Pequod, la Patagonia, Alaska, el Polo. Y también a enamorarse de la escurridiza e indócil Flora.

“De pequeño viví siempre con la cabeza llena de viento. Una vez vi a un niño que corría por el patio con extrema seguridad llevando un trapo sobre los ojos, seguridad que fue destruida cuando chocó bruscamente contra la empalizada del huerto. Durante mucho tiempo avancé del mismo modo que aquel niño” (Il trono di legno, p. 19; traducción de Couto).

Tras la muerte de Maddalena, y decidido a conocer a un quimérico abuelo aventurero (¡magnífico descubrimiento!) que lo espera en Dinamarca, Giuliano emprende su viaje. Le dura poco: en cuanto recibe noticias ambiguas sobre el posible paradero de Flora, su Flora, desarraigada e inquieta, se baja del tren y emprende la búsquedadel pequeño pueblo, en medio de nieve virgen y bosques desolados, en el que teóricamente vive la joven.

Y creo haber desvelado ya demasiados puntos de la historia, porque han de saber que El trono de madera se tradujo al español en 1975 en la editorial argentina Emecé. Por cuanto pueda ser difícil de localizar, es preferible morderse la lengua y no seguir desgranando la historia. Baste decir que esta es una novela de frontera, “arraiana”, no sólo por estar ambientada en una región de confín colindante con los Balcanes y con Austria, sino también por el hecho de que la percepción de la realidad, de los personajes y de sus experiencias vitales es siempre liminal y fronteriza.

Giuliano se corona “cantastorie” (bardo, aedo, cuentacuentos), construye, deconstuye y reconstruye los mundos que vive, que imagina, que le cuentan, o sobre los que lee. Pero, además, la sensación de leyenda fabulosa aumenta por el hecho de que no hay fechas ni contextualización cronológica explícita que constriña y encorsete la narración en un período concreto. Únicamente ciertas referencias aquí y allá nos acercan al pasado desde el que nos habla Giuliano: la alusión a la muerte de Tolstoi (1828-1910), por ejemplo, o los ecos lejanos de la guerra que está a punto de estallar.

Sgorlon parece hablar de sí mismo en este libro, desde la ambientación en su Friuli natal, inspirador de muchas de sus narraciones y sello característico de su prosa, hasta la elevación del cuento transmitido oralmente, la vida sencilla y en comunidad, el trabajo artesano. Giuliano, a través de sus fabulaciones, se resiste a ese progreso mezquino lleno de máquinas, de motores, de rapidez, de insatisfacción, que malauguran la desaparición de un mundo. Su mundo.

En definitiva, este es un libro hermoso, adjetivo que no se suele aplicar a una novela porque parece decir todo y nada a la vez; pero El trono de madera lo es, hermoso, como el océano o la luna llena, o como la naturaleza salvaje.

“Si había superpuesto una situación de cuento de hadas a la realidad, esto se debía a que había confundido ambas cosas estúpidamente. El cuento de hadas era esquemático y leñoso, mientras la realidad era siempre fluida y sorprendente, y en esta podía suceder incluso que la princesa sonriese mientras estaba triste, o que estuviese serena hasta cuando no sonreía lo más mínimo” (Il trono di legno, p. 160; traducción de Couto).

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Sgorlon, C. Il trono di legno. Milano: Mondadori, 1973 (1a ed.).

Sgorlon, C. El trono de madera. Traducción de María Angélica Bosco. Bueno Aires: Emecé, 1975.

Sgorlon, C. Il trono di legno. Novara: Mondadori-De Agostini, 1983.*

Sgorlon, C. The Wooden Throne. Traducción de Jessie Bright. New York: Italica Press, 2009.

*Edición usada en la preparación de esta entrada.