Posts Tagged ‘ Época victoriana ’

Roger Luckhurst, La maldición de la momia. La verdadera historia de una fantasía oscura

Mummy

Dr. Muller: Devuélvalo. Entiérrelo donde lo encontró. Usted ha leído la maldición. ¿Se atreve a desafiarla?

Joseph: En beneficio de la ciencia. Aun si creyese en la maldición, seguiría con mi labor para el museo. Regrese conmigo y juntos examinaremos este gran hallazgo.

Dr. Muller: No puedo sancionar este acto de sacrilegio con mi presencia.

(La momia, 1932).

Si hay algo que nuestro imaginario colectivo asocie estrecha e indisolublemente con el antiguo Egipto, más allá de momias, arqueólogos, y pirámides, eso es el concepto de maldición. Maldiciones que se remontan al alba de los tiempos, antiguas como el mundo, y que prometen azotar a saqueadores de tumbas y profanadores del sueño fúnebre con desgracias y muerte terrible. Y, sin embargo, la Historia se empeña en contarnos una historia bien distinta. En el colosal estudio The Mummy’s Curse. The True History of a Dark Fantasy (libro que recomendamos desde ya), el profesor de literatura Roger Luckhurst desmitifica el presunto origen ancestral de la idea de maldición post-mortem para desvelar sus orígenes victorianos. El resultado es un viaje fascinante, bello y aterrador que, partiendo del desierto del Valle de los Reyes, llega a los expositores del Museo Británico y al corazón mismo del Imperio. Reconstruye con paciencia artesana los procesos por los que un rumor (un rumor que, en el fondo, refleja un sentir profundo, un miedo inconsciente) consigue convertirse en realidad, modificando radicalmente la percepción del pasado.

Egyptian Hall

El tristemente desaparecido Egyptian Hall en Piccadilly, Londres.

Partiendo del descubrimiento y apertura de la tumba de[1] Tutankhamon en 1923, fuente de la maldición faraónica por antonomasia, Luckhurst retrocede en el tiempo e inicia su análisis con dos momias “victorianas” y sus respectivas maldiciones. Ahí tenemos, por un lado, al cuerpo embalsamado de la sacerdotisa de Amen-Ra, la “momia infausta” (The Unlucky Mummy), responsable no sólo de las calamidades padecidas por su propietario Sir Thomas Douglas Murray, sino de muchas otras adversidades (¡incluido el hundimiento del Titanic!); y, por otro, al sarcófago de Nesmin, que regaló al señor Walter Herbert Ingram otras tantas desventuras. Dos casos ejemplares que sirven a Luckhurst para desvelar ese extraño proceso que transformó el inicial interés popular y lúdico por las curiosidades orientalizantes y los ambientes egipcios en miedo creciente y perpetua sensación de amenaza. Un proceso que culminará, para fortuna de los amantes del terror, con la forja del concepto de la maldición egipcia. El cambio de tornas que experimenta el colonialismo británico hacia el final del siglo XIX, y en concreto  la mutación de las relaciones del Imperio Británico con Egipto (que, de combatir victoriosamente los ejércitos napoleónicos en tierras nilóticas, pasa a sufrir humillantes derrotas a manos de los nativos),  junto a una consciencia más o menos velada de los desmanes y transgresiones que el Imperio perpetraba en las colonias en general, y en Oriente en particular, crea un caldo de cultivo propicio al mito de la némesis y de la maldición.

 

Examination of a mummy

Socializando, o cómo no respetar ni a los muertos. “Examen d’une momie. Une prêtresse d’Ammon”, de Paul Philippoteaux (ca.1891)

A este caldo ya de por sí sustancioso se añaden otros suculentos ingredientes. El contexto industrial y capitalista fomentó el hambre por consumir y exhibir, lo que derivó en actividades de pillaje y saqueo constante: no era infrecuente que militares, diplomáticos y aventureros de todo tipo adquiriesen para su propio consumo o para la venta a terceros todo tipo de objetos, incluidos cadáveres momificados, enteros o troceados, que acabaron por engrosar las colecciones privadas de los súbditos del Imperio. Para sorpresa del lector, Luckhurst nos descubre que nuestra bien amada maldición faraónica no es sino la derivación colonial de la tradición de las maldiciones familiares transmitidas de generación en generación, tan queridas por los linajes británicos y cultivadas con esmero a lo largo y ancho de sus abigarrados árboles genealógicos.

Unlucky mummy

Preste atención a este sarcófago. Obsérvelo con detenimiento. ¿Le gusta? ¿Sí? Felicidades, ahora está usted maldito. EA 22542 o “The Unlucky Mummy”, British Museum (Londres).

En definitiva, La maldición de la momia es un excelente ejemplo de historiografía anglosajona, capaz de desplegar una profunda erudición sin aburrir ni abrumar. El estudio de Luckhurst cubre aspectos de historia política, militar y social, de ocio, ocultismo, consumismo, estética, arqueología, y literatura fantástica. Personajes del calibre de Rider Haggard, Blavatsky, Wallis Budge, Algernon Blackwood, Conan Doyle y Richard Marsh (entre muchos otros) protagonizan encuentros y desencuentros con antigüedades egipcias, malas vibraciones, y rumores maléficos. Puesto que a día de hoy resulta complicado hacerse con una momia maldita, este libro les ofrece una alternativa asequible.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Luckhurst, R. The Mummy’s Curse. The True History of a Dark Fantasy. Oxford: Oxford University Press; 2012.

[1] En realidad, se trata de una tapa de sarcófago y no de un cuerpo momificado propiamente dicho.

Amelia B. Edwards, Una noche en los límites de la Selva Negra

“Creo, mi adorada” dijo el caballero mientras miraba la querida cabeza que se apoyaba en su mano, “creo que, en una hora como esta, contigo junto a mí, me encantaría morir” (La víspera de Todos los Santos; traducción de Couto).

Amelia B EdwardsHace tan solo una semana se cumplían 183 años del nacimiento de Amelia B. Edwards (1831-1892), exploradora del Nilo, conversa a la Egiptología, y gran dama de la literatura victoriana de corte gótico y ambientación funesta. Poco conocida en traducción al español a pesar de que su “The phantom coach” se haya incluido en diversas antologías de relatos de fantasmas, hemos decidido dedicarle espacio y atención a “Una noche en los límites de la Selva Negra” (A Night on the Borders of the Black Forest, 1874), colección de estampas fantasmagóricas que prepara el camino a las lecturas veraniegas.

Abre el volumen el relato que da título al volumen. “Una noche en los límites de la Selva Negra” está ambientado en el sur de Alemania (Heidelberg y alrededores, para más señas, primera señal de peligro). Dos gayos muchachos, el uno inglés decimonónico que recorre a pie las Europas del Grand Tour, el otro, alemán enamorado que va a visitar a su novieta, se encuentran en los caminos boscosos y deciden hacer parte del recorrido en compañía. Llegada la noche y encontrando únicamente para su reposo una solitaria granja en medio de la nada, deciden pernoctar en ella, para lo que pedirán asilo a los campesinos que la habitan. Pero ¡ay! esos labriegos malvados y avariciosos les tienen preparada una buena sorpresa. Esta primera historia provoca escasos escalofríos, me temo, pero afortunadamente Edwards nos proporciona un crescendo de fantasmales presencias en los relatos sucesivos.

HeidelbergHeidelberg = peligro.

“La historia de Salomé” despliega una potencia atmosférica digna de su tiempo. En Venecia, durante un viaje, Coventry Turnour confiesa estar enamorado de la hija de un comerciante de objetos orientales judío a su amigo Harcourt Blunt. Esa infatuación dura bien poco, y pasado un año, y encontrándose Bluntde nuevo en Venecia, decide regresar a la tienda del judío para, una vez más, arañar con la mirada los encantos de Salomé. Pero su búsqueda resulta infructuosa: el negocio ya no existe, por lo que no le queda más remedio que pasar los días de solaz recorriendo los canales de Venecia en una góndola. Cierto día el gondoliere propone llevarlo al cementerio judío. Recorriendo las bellezas melancólicas de la ciudad de los muertos, se encuentra con ella, con Salomé, quien, pálida y hermosa en su traje negro, permanece erguida junto a una tumba en la que figura una inscripción hebrea. Blunt regresará al lugar en días sucesivos hasta que la exangüe muchacha se decida a hablarle y le pida, oh misterio, rezar una plegaria cristiana y poner una cruz en la misteriosa tumba.

“¡Depositado en la tierra sin una plegaria cristiana, con ritos hebreos, en un santuario hebreo!” (La historia de Salomé; traducción de Couto)

“En el confesionario” despliega toques sensacionalistas nada despreciables. En Rheinfelden (Suiza), un (otro) viajero fisgón merodea por el pueblo y decide entrar en la iglesia. Curioseando, abre la puerta de un antiguo confesionario que cree vacío, y se da de bruces con un cura, pálido, animalesco, perturbado, que lo mira fijamente sin mediar palabra. Balbuceando una disculpa, sale corriendo como perro apaleado (¿y quién no lo haría ante semejante visión?). A continuación busca alojamiento, el dueño de la fonda le recomienda la casa del cura, pero el sacerdote con el que se encuentra no es el joven del confesionario, sino un anciano amable que le desvelará extraños sucesos acaecidos 30 años atrás que incluyen cornificaciones, suplantación de persona y crímenes de sangre (¿no lo sospechan?) en el confesionario.

“La tragedia en el Palazzo Badello” nos traslada a la Roma papal de mediados del siglo XIX: Edwards demuestra, una vez más, su gusto apasionado por la Italia de ruinas y misterios. Hugh Girdlestone se encuentra de luna de miel con su esposa, con la que ocupa las estancias del cuarto piso del Palazzo Bardello. La muerte inesperada y en extrañas circunstancia de su consorte, sin embargo, hace que Girdlestone inicie una investigación personal para descubrir a su asesino (pues se trata de homicidio).

Dio!” balbuceó. “¿Qué es esto?”

Había tirado hacia atrás el cuello del camisón, dejando al descubierto el bello pecho blanco; y allí, justo sobre la región del corazón, como una simple mancha sobre la superficie de mármol puro, se hizo visible un pinchazo minúsculo, un punto tan pequeño, tan insignificante, que si no hubiese sido por la decoloración de un violeta pálido que se extendía alrededor como un halo, probablemente habría pasado desapercibido al ojo.

“¿Qué es esto?” repitió. “¿Qué significa?”

Hugh Girdlestone no medió palabra, sino que, en un pétreo silencio, permaneció con la mirada fija en el punto fatal. Se agachó, lo examinó con más detenimiento, se estremeció, se levantó de nuevo en toda su altura, y más con el movimiento de sus labios que con su aliento, pronunció una única palabra:

“Asesinada”. (La tragedia en el Palazzo Bardello; traducción de Couto)

Foro romanoRoma, ciudad criminal.

“El tren exprés de las cuatro y cuarto” narra otra historia protagonizada por aparecidos. En un vagón de tren, William Langford se topa con John Dwerrihouse, familiar de la casa de los Jelfs a la que curiosamente se dirige el tal William para celebrar la fiesta de Navidad. Dwerrihouse, dirigente de la compañía ferroviaria East Anglia, le informa con detalle sobre sus negocios, proyectos y transacciones. Cuando Langford llega al manor de los Jelfs y cuenta despreocupadamente su encuentro con Dwerrihouse, observa el desconcierto en los presentes: Dwerrihouse lleva meses desaparecido, y se le acusa de haber robado 75000 libras de la compañía ferroviaria.

Las dos historias que cierran el volumen retoman el tema de los amores traicionados. En “La historia de la hermana Johanna”, la narradora, Johanna cuenta en primera persona el compromiso de su hermana Katrina con Ulrich, y la infidelidad que se produce cuanto el hermano de éste, Alois, pintor de profesión, regresa al pueblo y propone a su cuñada que pose para un cuadro religioso. El último relato, “La víspera de Todos los Santos”, echa mano de la ambientación gótica. 1710, región de Auvernia. La joven condesa Marguerite se vio obligada a contraer matrimonio con el decrépito conde de Peyrelade, abandonando para ello a su amor y prometido Chevalier de Fontane, que desapareció poco después y se cree despeñado y muerto. Ahora, con 25 años y ya viuda, Marguerite comparte castillo con su hermano, el Monsieur de Pradines, jugador, calavera y mal tipo que espera poder hacerse con los bienes de su hermana. Un día, un forastero que se ha caído del caballo en una noche de tormenta es trasladado al castillo: oh, destino, el jinete no es sino el Chevalier de Fontane. Monsieur de Pradines, ante la amenaza que este reencuentro supone para su ambicioso proyecto, y habiendo hecho jurar a su hermana de que esta nunca se casaría una segunda vez, hará lo posible por poner trabas a ese posible futuro matrimonio.

Resumiendo: “Una noche en los límites de la Selva Negra” recoge historias marcadas por la noción de viaje, la extrañeza del otro, el paisaje, los encuentros fortuitos, los fantasmas, las traiciones, los amores truncados, los asesinatos, los crímenes. Las narraciones echan mano mayormente de la primera persona, lo que dota de un halo de veracidad a lo contado y a menudo crea una atmósfera de intimidad con el lector. En definitiva, puro siglo XIX victoriano para el degustador de licores y venenos de áspera confección.

Relatos contenidos en el volumen

“Una noche en los límites de la Selva Negra” (A Night on the Borders of the Black Forest)

“La historia de Salomé” (The Story of Salome)

“En el confesionario” (In the Confessional)

“La tragedia en el Palazzo Bordello” (The Tragedy in the Palazzo Bordello)

“El tren exprés de las cuatro y cuarto” (The Four-Fifteen Express)

“La historia de la hermana Johanna” (Sister Johanna’s Story)

“La víspera de Todos los Santos” (All-Saint’s Eve)

Algunos datos editoriales y bibliográficos

Perfil biográfico de Amelia B. Edwards en Wikipedia.

Amelia B. Edwards en Tercera Fundación.

Edwards, A. B. A Night on the Borders of the Black Forest. New York: Frederick A. Stokes Company; 1890 [1a ed. 1874].

Pecados de las ciudades de la llanura; o recuerdos de una Mary-Ann, con breves ensayos sobre la sodomía y el tribadismo

‘¿Ha visto usted alguna vez mejor verga en su vida?’, replicó abriéndose los pantalones y mostrando una polla tremenda que ya se presentaba en estado semierecto. ‘Es mi única fortuna, señor; realmente me proporciona todo lo que quiero y a menudo me presenta a lo mejor de la sociedad, tanto a damas como a caballeros’.

sins_of_the_citiesSi es cierto que no hay nada nuevo bajo el sol, es de suponer que lo nuevo tampoco abundará ni en las alcobas ni en los salones privados ni mucho menos en los burdeles. A saber entonces por qué Sins of the cities of the plain, novela de  autor desconocido publicada en Londres en 1881 bajo el pseudónimo Jack Saul, resulta tan llamativa y sorprendente. Será su modernidad canalla de sexo explícito y lenguaje accesible, cuando no procaz y barriobajero, lo que la hace tan contemporánea, así como su empeño en excitar con sus constantes referencias a coños, vergas y desnudeces varias.

Este breve novela se inicia con un encuentro fortuito que inmediatamente asume la forma de un inflamado encuentro sexual entre Mr. Cambon y Jack Saul.

Vestido con ropas adherentes que sacaban el mayor partido a su figura de Adonis, especialmente en la zona que los snobs llaman la entrepierna de los pantalones, y donde evidentemente la naturaleza lo había favorecido con un desarrollo realmente extraordinario de los atributos masculinos, tenía pies pequeños y elegantes, un rostro imberbe de apariencia fresca, de rasgos casi femeninos; pelo rojizo; y radiantes ojos azules que apelaban directamente a mis sentidos y que me decían que este hermoso joven debía ser uno de los Mary-Ann de Londres, de los cuales había oído podían verse deambulando en los barrios de Regent Street o de Haymarkt en las tardes y noches apacibles.

Mary_Ann

Encadilado por el joven que tan placenteros servicios le ha prestado, Cambon propone a su recién estrenado gigoló que cuente en algunas páginas escritas su iniciación y perfeccionamiento en los amores efébicos: son estas mismas páginas las que connstituyen el núcleo de la novela. Descubrimos entonces que el apetito y la curiosidad sexual de Jack Saul siempre lo han tenido despierto desde la más tierna infancia. Sus primeras experiencias homosexuales suceden en un internado al que la madre lo envía tras la muerte de su padre, pero, lejos de adoptar los tintes de la mera anécdota, de regreso a su casa Mr. Saul continuará ejercitándose con la camarera y más tarde con el palafranero, formando así un trío bien avenido. Finalmente, hará de la Mary-Ann[1] su profesión, prestando sus servicios en fiestas privadas, así como en cierto prostíbulo llamado Inslip en el que suele presentarse travestido como una jovenzuela de nombre Eveline. Dúos, tríos, cuartetos y grupos en rotación, algún que otro incesto, unos buenos azotes con ramas de abedul primorosamente atadas por lazos de tul y terciopelo, sexo oral, anal, algo de humor, y una gran devoción por el pene: he aquí la síntesis mínima de “Pecados de las ciudades de la llanura”.

oscar-wilde-lord-alfred-douglas

Lejos de ser una novela social, permite entrever, sin embargo, aspectos más desagradables de la sexualidad y la moralidad victorianas. Junto a esas orgías inacabables que Jack Saul describe con perverso detalle, caminan en la penumbra otras escenas menos titilantes: la sodomía es un delito, recuerden si no el penoso juicio a Oscar Wilde, o el caso de Boulton y Park[2]) en un reino en el que sires, nobles,  y príncipes no sólo gustan de vestirse de mujer o de ser azotados en sus blancas carnes, sino que también adoran someterse a los viriles miembros de jovenzuelos a los que frecuentan en caros y exclusivos burdeles. También se hace mención  a los niños raptados y/o coaccionados que sufrían violaciones, y a los que a menudo se forzaba a  prostituirse o eran vendidos como carne de placer a los prostíbulos; a casos de extorsión y chantaje; a ciertos juegos crueles y perversos practicados en París que podían conducir a la muerte.

Cierran el libro dos textos: el primero versa sobre la sodomía en la historia, en la que se repasan fundamentalmente los nombres de los grandes sodomitas de la Roma antigua; el segundo, se centra en el práctica del tribadismo, y constituye la única referencia al lesbianismo del libro.

Sins of the cities of the plain, siendo como es una novela pornográfica vendida en la oscuridad de las trastiendas para uso y disfrute homoerótico, revela al mismo tiempo aspectos de la sociedad victoriana oculta que l@s lector@s contemporáne@s apenas tenemos ocasión de conocer. Una novela recomendable, pues, tanto para el/la lector(a) informad@ como para el consumidor de pornografía. Ahí es nada.

Algunas notas editoriales y bibliográficas (actualizadas, 21-05-2015)

Saul, J. The Sins of the Cities of the Plain, or the Recollections of a Mary-Ann, with Short  Essays on Sodomy and Tribadism. London: William Lanzenby, 1881.

Reedición de The Sins of the Cities of the Plain, Valancourt Books.

Traducción al español en la editorial Amistades Particulares (2015).

Las traducciones de los fragmentos citados han sido realizadas por Couto.


[1] Término para designar a los homosexuales utilizado especialmente durante el período victoriano.

[2] Ambos fueron juzgados en 1871 por travestismo y sodomía. Sins of the cities of the plain se demora describiendo los juegos sexuales entre estos dos personajes históricos y nuestro ¿ficticio? Jack Saul.

Iwan Rhys Morus, Cuerpos electrificados. Vida, muerte y electricidad en la Inglaterra victoriana

“Metafóricamente hablando, la electricidad es el brazo derecho del Todopoderoso” (Andrew Crosse).

“Cuerpos electrificados[1]. Vida, muerte y electricidad en la Inglaterra victoriana” (Shocking Bodies. Life, Death and Electricity in Victorian England) condensa un siglo de pasiones eléctricas, de diatribas magnéticas, de alta tensión y corrientes alternas, de experimentos y demandas judiciales, de ácido y placas de zinc. Retrata la sociedad victoriana desde una perspectiva inusual e intensamente atractiva centrada en el análisis no sólo del cuerpo humano, sino también de los cuerpos social y político, en clave eléctrica.

Iwan Rhys Morus construye su estudio a través de cuatro casos, cuatro cuerpos que, sometidos a la influencia de la electricidad, desentrañan la espesa madeja de significados, circunstancias, valencias y coyunturas del fenómeno. Tom Weems, Ada Lovelace, Constance Phipps, y el señor Jeffery serán,  por tanto, nuestros guías en este galvánico viaje que nos llevará desde la concepción de la electricidad como una fuerza potencialmente capaz de devolver o insuflar vida en el tejido muerto, hasta la práctica de ejecuciones por electrocución en los albores del fin de siglo.

Parte I: Tom Weems

Nuestro primer cuerpo es el de Tom Weems, un campesino que, habiendo asesinado a su mujer el 7 de mayo de 1819, es sentenciado a muerte. Su cadáver no sólo será cedido a los anatomistas para su disección, sino que también se lo someterá en público espectáculo a un curioso experimento: usando una batería galvánica, electrificarán el cuerpo de Weems para intentar devolverle la vida.

Las demostraciones públicas y las exhibiciones de científicas alrededor de la electricidad ya eran populares en el siglo XVIII. En el marco de charlas llevadas a cabo en cafés y círculos sociales, se mostraban curiosidades voltaicas como la “beatificación”[2], consistente en la aparición de un halo alrededor de la cabeza, previa aplicación de corriente sobre el cuerpo; o la Venus electrificata, un divertimento en el que se electrificaba a una joven y bella dama, tras lo cual se le pedía a algunos hombres del público que intentasen besarla. Al hacerlo, oh sorpresa, los labios de ambos despedían chispas.

El caso de Tom Weems, sin embargo, va más allá del carácter lúdico, macabro, y vagamente experimental de la disección pública. Su cuerpo electrificado pone de manifiesto un encarnizado debate político entre reaccionarios y revolucionarios. Puesto que, si está en la mano del hombre devolver o incluso dar la vida al tejido muerto a través de la electricidad, ¿no probaría esto que no existe nada más allá de la materia? ¿No convertiría esto al hombre en dios? Mary Shelley, de hecho, crea su obra maestra Frankenstein en este caldo de cultivo, ya que ella misma proviene de una familia de radicales. Atribuyendo un origen material al germen vital se destruían de un plumazo enteras teologías; se descalabraban estructuras sociales, políticas, y religiosas; se abrían las puertas de una nueva era en la que la electricidad encerraba en sí misma los misterios de la generación de la vida.

Parte II: Ada Lovelace

De la violencia eléctrica ejercida sobre un cuerpo muerto pasamos a la electricidad aplicada conscientemente sobre el individuo vivo. Única hija reconocida de Lord Byron, Ada Lovelace (probablemente más conocida por su egregia progenitura que por sus investigaciones matemáticas) tomó la vía de la experimentación eléctrica para explorar su cuerpo enfermo. Ada buscaba transformarlo en un auténtico laboratorio en el que poder aunar ciencia y filosofía , y descubrir en última instancia la teoría eléctrica de la vida. Es, en sus propias palabras, el “estudio del sistema nervioso y sus relaciones con las influencias ocultas de la naturaleza”, una experientación voluntaria y consciente que llevará a cabo bajo la égida de Andrew Crosse, otro de los fantásticos personajes que Owen Rhys nos presenta. El curioso jardín que rodeaba la casa de este “thunder-and-lightning-man” abundaba de raras especies nunca vistas: enredaderas de cables y macizos de botellas de Leyden eran cultivadas con mimo con el fin de experimentar con la electricidad atmosférica.

Cierto, Lovelace no consiguió su cometido, y los misterios de la electricidad siguieron siendo sólo eso, misterios. Aún así, el cuerpo de Ada ilustra el paulatino avance hacia la normalización de la electricidad como medio terapéutico. Los próximos dos cuerpos sintetizan este devenir.

Parte III: Constance Phipps

Avanza el siglo victoriano, corre ya la segunda mitad del XIX, y, junto a las siempre espectaculares funciones de maquinaria eléctrica, la electricidad se cuela en el consultorio médico, convirtiéndose en un (aparentemente) valioso recurso terapéutico. Hospitales y clínicas fundan departamentos especializados en esta nueva tendencia, y por doquier nacen centros con sonoros nombres tal que el Hospital Galvánico de Londres (London Galvanic Hospital), en cuyas salas se dispensan tratamientos para las enfermedades nerviosas y musculares, los problemas sexuales, la impotencia, la masturbación, o la histeria.

Nuestra Constance Phipps es un personaje anónimo de la clase acomodada quien, aquejada de jaquecas y adormecimiento de las extremidades, es sometida regularmente a corrientes eléctricas. La electricidad,  administrada por su padre con una cadena Pulvermacher, debe proporcionarle vitalidad. El tratamiento, sin embargo, no debió resultar particular eficaz. Las cartas familiares que mencionan su caso parecen revelar que murió relativamente joven, soltera, y bajo la estrecha supervisión paterna. El cuerpo electrificado, por tanto, habla de enfermedad, pero también de perspectivas de género, de control, y de expectativas sociales.

Parte IV: Mr. Jeffery

El último cuerpo pertenece al banquero Mr. Jeffery, y pone de manifiesto la saturación del mercado de objetos electrificados: anillos, toallas, cinturones, vestidos, cepillos para el pelo se publicitan en todos los periódicos victorianos del fin de siglo. La electricidad vende, y el señor Jeffery cae presa de la publicidad engañosa. Compra un cinturón eléctrico de la Medical Battery Company para tratar sus malestares de salud, pero encontrándolo ineficaz y rehusando en consecuencia pagar la factura, es demandado por la compañía. El proceso judicial descubre la falaz estrategia de marketing sobre la que se basa la producción y venta de estos inútiles aparatos, poniendo de manifiesto, al mismo tiempo, cómo la electricidad se había convertido, al final del siglo XIX, en un miembro más de las familias de clase media.

En definitiva, Shocking Bodies. Life, Death and Electricity in Victorian England es un estudio histórico que abunda de concentración académica, aunque no falte el rico anecdotario que hace  de él un volumen ciertamente interesante. L@s amantes de la literatura de terror y ciencia ficción encontrarán en él las claves para entender y contextualizar muchas de las grandes y pequeñas obras del género. Igualmente apto para l@s degustadores/as de la historia de la ciencia, las curiosidades históricas, y para l@s adept@s del steampunk.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Morus, I. R. Shocking Bodies. Life, Death and Electricity in Victorian England. Stroud: The History Press, 2011.

Biografía académica de Iwan Rhys Morus. http://www.aber.ac.uk/en/history/staff/irm/


[1] El título original inglés juega con la ambivalencia del término shocking, que significa tanto “sometido a un shock eléctrico” como “escandaloso, impactante, horrendo, sensacional”.

[2] Georg Matthias Bose solía realizar este número.