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Esta maravillosa muerte: Robert W. Chambers y El rastreador de personas perdidas

La enfermedad de Lamour; la más rara de todas las enfermedades conocidas; descubierta y descrita por primera vez por Ero S. Lamour, M.D., M.S., F.B.A., M.F.H., en 1861. Sólo se ha observado un único caso. Este caso se describe al completo en el magnífico y monumental trabajo en 16 volúmenes del Dr. Lamour. En pocas palabras, la enfermedad se manifiesta sin causa aparente, y en último caso, se supone fatal. El primer síntoma se manifiesta con la aparición de un débil círculo azulado bajo los ojos, como si en ocasiones el paciente estuviese acostumbrado a fijar demasiado los ojos. A veces, una leve fiebre acompaña dicha manifestación; el pulso y la temperatura varían. El paciente parece gozar de salud excelente, pero tiende a la pérdida de apetito, a la inquietud, y a un repentino sonrojo del rostro. Estos síntomas son seguidos por otros inconfundibles: el paciente se vuelve silencioso a veces; otras, muestra debilidad por las expresiones sentimentales; se sonroja fácilmente; se deprime fácilmente; se sienta durante horas observando a la misma persona; y, si no se le controla, dará muestras de afecto por el sexo opuesto. El síntoma más extraño de todos, sin embargo, es el cambio físico en el paciente, cuyos rasgos y figura, cuando son seguidos por el ojo entrenado del observador, asumne gradualmente la simetría y el encanto de una belleza casi sobrenatural, acompañada a veces por una palidez espiritual que confirma de forma inconfundible la diagnosis y que, cree el Dr. Lamour, presagia la inexorable aproximación de la inmortalidad. (El rastreador de personas perdidas, capítulo 21; traducción de Couto)

ChambersAprovechando el tirón mediático que el sobrecogedor El rey de amarillo está experimentando, no está de más recordar a su autor, Robert W. Chambers (1865-1933), por una obra perteneciente a otro género bien distinto que le valió fama y reconocimiento en su día: la ficción romántica. “El rastreador de personas perdidas” (The Tracer of Lost Persons, 1906) bascula entre la novela y el conjunto de relatos. Aúna casos protagonizados principalmente por personajes vinculados entre sí por lazos de amistad, y acomunados en torno a la figura del Rastreador, Mr. Keen, un detective cómplice, hábil en el disfraz y la charada, y capaz de localizar a cualquier persona en cualquier lugar del mundo.

KEEN & CO.

RASTREADOR DE PERSONAS PERDIDAS

Keen & Co. están preparados para localizar el paradero de cualquier persona sobre la tierra. No se cobrarán honorarios a menos que la persona que se busca sea hallada.

Se compilará formulario con la solicitud.

WESTREL KEEN, Mánager. (El rastreador de personas perdidas, capítulo 1; traducción de Couto)

Las cinco historias entrelazadas muestran amores diversos, siempre protagonizadas por hombres de recursos, en las que las mujeres responden a construcciones idealizadas de ciertos tipos de feminidad. La narración que abre el volumen enfatiza el amor romántico, cuyo tono, argumento y ejecución recuerdan poderosamente a las comedias americanas de los años 30 y 40. De hecho, el personaje de Gatewood, soltero de oro que busca en el sexo opuesto un modelo ideal, bien podría considerarse la versión literaria de un James Stewart o un Cary Grant. La segunda de las historias aboga por los amores de tintes sobrenaturales y atmósferas mistéricas. En ella, el capitán Kenneth Harren muestra síntomas de haberse enamorado de la silueta de una bellísima mujer que se le aparece cual fantasma en los momentos más inesperados. A partir de una fotografía en la que, misteriosa e inexplicablemente, los rasgos de la espectral figura han quedado fijados, el señor Keen conseguirá decodificar, con la ayuda de sus conocimientos criptográficos, un mensaje crucial para la felicidad de Harren[1].

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También hay espacio para los amores de alcahueta, con Mr. Keen transformado en un diestro celestino capaz de urdir una complicada trama de malentendidos para conseguir que el soltero Kerns (amigo de Gatewood) se reencuentre con su amor de juventud. Y, conociendo a Chambers, tampoco podían faltar los amores de ultratumba, exóticos y arrebatadores.

‘Esta maravillosa muerte, este triunfo de la belleza sobre la muerte, era mía. Ella ya nunca volvería a yacer allí sin compañía a través de las soledades del día y de la noche; jamás la dignidad de la Muerte volvería a faltar al tributo exigido por la Vida. Aquí estaba el vigilante designado: yo, que la había encontrado sola en los yermos del mundo, completamente sola en los límites más remotos del mundo, una muchacha, muerta y desprotegida. Y allí, de pie junto a ella, supe que jamás volvería a amar’. (El rastreador de personas perdidas, capítulo 18; traducción de Couto)

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Ambientada en los desiertos de la antigua ciudad egipcia de Sais, la cuarta historia narra el fatídico encuentro de John Templeton Burke con una joven cuyo cuerpo yace incorrupto desde hace milenios en las profundidades de una tumba bajo la arena. ¿Cómo no amar la belleza muerta, cuando el último suspiro ha sido suspendido en labios escarlata que imitan a la perfección la cálida carne? Ah, pero dos desalmados criminales roban el cuerpo de la muchacha, y Burke recurrirá a Keen para localizarles y así poder darles caza. También en este caso, será la pericia egiptológica del Rastreador en el desciframiento de jeroglíficos lo que revelará la verdadera historia de la muchacha muerta, una historia en la que se entremezclan el hipnotismo, la suspensión de la vida, y un puñado de intrigas de faraónica antigüedad.

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La quinta y última historia tiene como protagonista a Victor Carden, el pintor creador de la llamada Carden Girl, modelo femenino de elegancia, belleza, principios morales y resolución vital de la que aspira a enamorarse en su versión de carne y hueso. ¿Quién mejor que el Rastreador para encontrar en la vida real a su personal Chica Carden? Imposible en este caso no tomar a la Carden Girl como una trasposición literaria de la más conocida Gibson Girl.

“El rastreador de personas perdidas”, pues, combina elementos humorísticos, a veces incluso esperpénticos, con componentes misteriosos, un orientalismo de vago regusto decadente, y cierta ligereza alternada con toques oscuros. Es lectura recomendable tanto para el corazón delator y el pecho suspirante, como para el apetito insaciable que haya sido azuzado por el Rey de Amarillo y sus signos funestos.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Chambers, R. W. The Tracer of Lost Persons. Ilustraciones de Edmund Frederick. New York: D. Appleton; 1906.

Perfil biográfico de Robert W. Chambers, Miskatonic University.

 

[1] Este caso se tradujo con el título “El rastreador de personas pedidas y el sello cifrado de Salomón” en la antología Historias de lo oculto.

Kingsley Amis, El hombre verde

MascaronEscuché un ruido, aunque distante pude reconocerlo: sonaba como el crujido de follaje y de pequeñas ramas hecho por un hombre o un animal grande que se moviese a través de bosques espesos. Al mismo tiempo, un cambio en la iluminación empezó a revelar la parte alta de un pecho, una garganta y un cuello, el extremo de una barbilla leñosa (El hombre verde; traducción de Couto).

The Green Man (1969) es la historia de Maurice Allington, “un hombre con una nueva segunda esposa, una hija adolescente de un primer matrimonio y un padre viejo y decrépito (sin contar una plantilla de nueve personas) con los que tenía que lidiar de muy diversos modos”. Novela sobrenatural de Kingsley Amis (1922-1995), autor inglés presente en el mercado editorial contemporáneo en español con dos de sus novelas humorísticas, “Los viejos demonios” (Lumen, 2011) y “La suerte de Jim” (Destino, 2007), se tradujo en 1971 (o 1972, según la página Tercera Fundación) en la serie Grandes Novelas de la editorial Aymá de Barcelona. Huelga decir, pues, que “El hombre verde” lleva décadas fuera de catálogo.

greenman1Maurice Allington, decíamos. Un hombre de mediana edad, hipocondríaco y alcoholizado, que gestiona una fonda de su propiedad (El Hombre Verde, justamente)  en un frenesí cotidiano incontrolable. Maurice es incapaz de comunicarse, de convivir y compartir cualquier cosa que sea veraz o sincera con su familia. Su percepción de la realidad y sus necesidades predominan sobre las de los restantes personajes. Entre sus pulsiones sexuales y sensuales y el mundo media una barrera insalvable, y siendo ésta como es una novela narrada en primera persona, la voz de Maurice enfatiza la distancia que existe entre él y Todo Lo Demás.

Pero, además, la fonda The Green Man está encantada, dicen, por el fantasma de un tal Thomas Underhill, estudioso, brujo y estuprador que en el siglo XVII ocupó sus estancias llenándolas de espejismos y fantasmagorías. Cuando el padre de Maurice muere repentinamente durante una cena, los fantasmas hasta entonces sólo intuidos, vislumbrados en los salones y junto a las escaleras de la hostería, se vuelven peligrosamente físicos. Maurice, empujado por los vapores del alcohol y por su propia cerrazón, empezará a tirar del hilo. ¿Quién fue Underhill realmente, y qué sucedió en aquella casa tres siglos atrás? El nudo de la novela gira sobre sí mismo un tornado devorador (el propio Maurice, diría, que con la boca abierta engulle a su paso todo lo que encuentra). Encontrarán en sus tripas, pues, libros de magia, notas manuscritas, visitas a la biblioteca de la universidad de Oxford, cementerios, Maurice reconvertido en ladrón de tumbas, el tiempo que se para, cornificaciones y entierros, conversaciones con dios (un dios físico, presente, con la apariencia de un joven apuesto y casi imberbe), y el hombre verde que da título a la novela, criatura fabulosa de follaje y corteza que se aparece en momentos imprevistos (especialmente después de que nuestro protagonista haya ingerido grandes cantidades de alcohol):

Una figura alta e inmensamente ancha avanzaba trastabillando torpemente a lo largo del camino, piernas enormes aparentemente de larguezas distintas que golpeaban con el vigor implacable de una máquina, largos brazos que bombeaban en un imperfecto ritmo sincronizado. Si hubiese sido humano, habría pesado al menos 150 quilos, pero no era humano: estaba hecho de bloques de madera, algunos gruesamente ribeteados de corteza, otros cubiertos con una fina y brillante piel; de fajos de ramas y de cuerdas y masas comprimidas de broza y de hojas secas y podridas (El hombre verde; traducción de Couto).

El núcleo central de la historia en la que, entre vaso y vaso (o jarra y jarra) de whisky, Maurice se lanza a su particular investigación sobrenatural, es de lo mejor de la novela. Tampoco faltan momentos de una cierta patética hilaridad. Tras su charla metafísica, dios le regala un crucifijo renacentista de factura italiana en perfectas condiciones que a Maurice se le escapa de las manos, colándose entre las tablas del suelo. Esto hará que nuestro borrachuzo se remangue la camisa y se ponga manos a la obra para levantar el pavimento del salón y recuperar el valioso tesoro. ¿Ve Maurice lo que ve, o son los delirios de un pobre borracho demasiado alterado por la muerte imprevista de su padre?

AmisAmis y la botella: amigos inseparables.

“El hombre verde” se ha descrito como una novela “intragenérica”, puesto que combina costumbrismo, humorismo y género fantástico, cuando no terror, pero quizás sea eso, la amalgama de tonos narrativos, lo que ha impedido el disfrute pleno que esta obra prometía. Ojo, es impresión personal y otros lectores y lectoras les confirmarán lo contrario. Ese núcleo de la novela, centrado en la investigación histórico-ocultista del personaje de Underhill, aparece incrustado entre un inicio del libro de plena normalidad (un negocio que atender, un divorcio a las espaldas, una hija adolescente alienada, un entierro), y un final de ruptura (con la segunda mujer) y reconciliación (con la progenie). Quién sabe, quizás los finales redondos resulten imposibles; quizás en la vida real la aventura y el misterio se reduzcan al final a eso, a un caldo de emoción, alcohol, y deseo frustrado.

The Green Man fue adaptada para la televisión británica en 1990.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Amis, Kingsley. The Green Man. London: Vintage Classics; 2004 [1ª ed. 1969].

Perfil biográfico de Kingsley Amis en Wikipedia.

Amis, el gran bebedor.

Max Beerbohm, Siete hombres, o de cómo los dandis no llevan impermeable

Pero en los años 90 las apariciones extrañas eran más habituales, creo, de lo que son ahora. Los escritores jóvenes de aquel período – y yo estaba seguro de que este hombre fuese un escritor – se esforzaban sinceramente por distinguirse en el aspecto. Este hombre se había esforzado sin éxito. Llevaba puesto un sombrero de fieltro negro, de estilo clerical pero de intención bohemia, y una capa gris impermeable que, quizás porque era impermeable, no conseguía ser romántica (Enoch Soames; traducción de Couto)

beerbohm2Si leen Seven men (1919), obra del caricaturista y, al menos en su vejez, mostachudo escritor Max Beernohm (1872-1956),  tendrán la fortuna de disfrutar de varios géneros condensados en un único volumen. Si son ustedes propensos a apuntarse a esos retos de lectura que ordenan zamparse diez novelas negras, quince ladrillos históricos, o veinte libros de autoayuda, no dejen escapar esta pieza que les ofrece la posibilidad de acercarse a su meta /acortar las distancias a esa deseada meta. “Siete hombres” es una obra pseudobiográfica que combina elementos del género fantástico con el humorismo, el misterio, el estudio sociológico y la caricatura humana. Y al contrario que la gran mayoría de libros que solemos presentarles en este blog, Seven men sí ha conocido una traducción al español en época muy reciente. En 2007 publicaba Alfaguara “Siete hombres”[1], aunque, inexplicablemente, el título se encuentra agotado a día de hoy.

(c) BRIDGEMAN; Supplied by The Public Catalogue FoundationEl volumen recoge varias historias narradas en primera persona por el propio Beerbohm, quien coprotagoniza cada uno de los relatos. De hecho, Max recrea el mundo de artistas y literatos de los que él mismo formaba parte, y en sus piezas abundan las referencias a los creadores finiseculares entonces contemporáneos, se ilustran rencillas, diatribas, los grandes deseos y, sobre todo, las pequeñas miserias que mueven al artista,  los círculos selectos de patrocinadores y grandes damas que hacen del artista el broche en la pechera, la pluma en el sombrero, el animal exótico en el jardín de la gran casa de campo. La necesidad de figurar, lucir, mostrar.

Desde la perspectiva del dandi, Beerbohm asume el rol de ser testimonio del tiempo, de su tiempo. Menciona así lugares verdaderamente emblemáticos, como la sala de lectura del British Museum, tan frecuentada por estudiosos, artistas y ocultistas de la época;  o publicaciones como The Yellow Book; o artistas y escritores de dentro y fuera de la frontera británica (Beardsley, Wilde, Mendès, Mallarme, John Lane); pero también tienen cabida desconocidos frecuentadores de las carreras de caballos y anónimos huéspedes de hotel. Por toda esa pátina de realismo y de ironía, resulta imposible pensar que Beernbohm hubiese renunciado al delicioso placer de inspirarse en personajes de carne y hueso.

SoamesDe los siete hombres-relato de Beerbohm, “Enoch Soames” es, sin duda, el que más ha trascendido desde el punto de vista literario por haber sido presentado como el “cuento perfecto” (véase la antología del cuento fantástico realizada por Borges, Bioy Casares, y Ocampo). Combina con la perfección del círculo el decadentismo británico finisecular, los viajes en el tiempo, los pactos demoníacos, y el deseo de trascender del pobre Soames, el católico diabolista repelido por el éxito que tanto ansía. Es magnífico a todos los efectos, pero ese deslumbramiento que produce en el lector, unido a la tendencia editorial de publicar este relato como una pieza independiente desgajada de Siete hombres , no ha hecho sino eclipsar a los restantes señores protagonistas.

Rescatemos pues a alguno de estos tipos, por ejemplo, a “Hilary Maltby y Stephen Braxton”. Maltby es el tipo guapo, rubio y delicado; Braxton, el gigante moreno, brusco y huraño; ambos, autores primerizos que con sus respectivos exordios (Ariel in Mayfair de Maltby; A Faun in the Costwolds, de Braxton) comparten un discreto éxito y una cierta velada rivalidad que terminará decayendo junto con su efímera fama. Diecisiete años después de ese culmen de fama transitoria, el Beerbohm narrador se encontrará por tierras italianas con Maltby, quien le contará cómo sufrió una extraña e inexplicable persecución fantasmal de manos de un espectral Braxton:

Caminando pesadamente, pero sin el sonido de botas sobre la acera, llegó a nuestro banco. Allí, imponente y furioso, se paró, como exigiendo que le hiciésemos sitio. Un momento más tarde se aproximó con aire sombrío al banco. Instintivamente, me eché hacia atrás, y aparté las rodillas hacia un lado con un escalofrío de repulsión ante la idea del contacto. Pero Braxton no me empujó. Lo que hizo fue sentarse lenta y completamente sobre mí.

No, no SOBRE mí. Se sentó A TRAVÉS de mí, y alrededor de mí. Lo que me sucedió no fue un mero contacto espantoso con lo intangible. Fue inclusión, envolvimiento, eclipse (Hilary Maltby y Stephen Braxton; traducción de Couto)

(c) DACS; Supplied by The Public Catalogue Foundation“A. V. Laider” se acerca peligrosamente a la redondez narrativa de “Enoch Soames”. Imagínese que usted, como cada año, visita una tal localidad balnearia en la que suele refugiarse por motivos de salud. En ese hotel que tan bien conoce y en el que siempre se hospeda, descubre usted una carta perfectamente sellada que envió un año atrás a otro huésped y que, ahora tiene la prueba, nunca llegó a su destino último. Usted y ese huésped se conocieron hace un año, entablaron conversación, y el hospedado le contó un suceso que le había acontecido tiempo atrás, una desgracia en torno a la quiromancia y las fatalidades del destino cuyo tono y profusión de detalles le convencieron ciegamente (sí, a usted) de la veracidad de todo cuanto el desconocido le fue diciendo. Ahora, un año después, descubre la carta, y acto seguido el destino le hace reencontrarse con la persona en cuestión a la que iba dirigida la misiva. El señor Laider, como usted,  acaba de llegar a la mencionada localidad balnearia. Y esta vez también tiene algo que contarle.

Me apresuré a mitigar aquel momento embarazoso diciendo que, si yo pudiese leer la mano, no lo haría, por miedo a las cosas horribles que podría ver en ella.

‘Cosas horribles, sí’, murmuró mientras asentía mirando al fuego.

‘No es’ dije en defensa propia, ‘que exista nada demasiado horrible que, por lo que sé, pueda ser leído en mis manos’.

Apartó la mirada del fuego hacia mí.

‘¿No es usted un asesino, por ejemplo?`

‘¡Oh, no!’, repliqué con una risa nerviosa.

‘Yo sí’ (A. V. Laider; traducción de Couto)

Únicamente restan dos hombres alrededor de la mesa: “James Pethel”, el jugador empedernido que siente la necesidad de arriesgar siempre y en toda circunstancia; y “Savonarola Brown”, el autor teatral que es casi poseído por la historia que escribe (o, más bien, por una historia que se escribe a sí misma). Dos personajes y dos circunstancias interesantes y no exentas de cierta profundidad, sí, pero que he disfrutado (lo reconozco) menos que las restantes. Eso sí, ustedes léanselas igualmente, que para eso Beerbohm las ha escrito.

Beerbohm es también autor de la aplaudida novela satírica Zuleika Dobson, y de la recientemente traducida “El farsante feliz” (Acantilado, 2012).

En 1950 “Siete hombres” se reeditaría bajo el título “Siete hombres y otros dos” (Seven men and two others) con un relato añadido titulado “Felix Argallo and Walter Ledgett”.

Los siete hombres son…

Enoch Soames

Hilary Maltby and Stephen Braxton

James Pethel

A. V. Laider

Savonarola Brown

(Y el séptimo, a la vista está, es Max Beerbohm)

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Beerbohm, M. Seven Men. London: Heinemann; 1919.

Información, textos y recursos de y sobre Max Beerbohm.

Traducción de la editorial Alfaguara.


[1] Esta edición es una trasposición de la versión publicada por New York Review Books: misma portada, misma introducción de John Updike.

“No sabe que está muerta”: Las penas del príncipe Sternenhoch, Ladislav Klima

(¡Atención! Se avecinan spoilers)

“Vi a a Helga la primera vez durante cierto baile; yo tenía 33 años y ella, 17. Mi primera impresión fue la de una muchacha realmente fea”.

Así comienza esta extrema, salvaje e inclasificable antinovela que el checo Ladislav Klima (1878-1928) publicaría en 1928 sin mucha fortuna. Pieza que se tambalea borracha de su propio exceso, fue considerada una insensatez de mal gusto por sus contemporáneos y los herederos de estos hasta la cuarta generación. “Las penas del príncipe Sternenhoch” (Utrpení knížete Sternenhocha) tiene gusto  expresionista y decadente, rebosa humor, brutalidad y un pensamiento filosófico en el que emerge la centralidad de la voluntad individual como una ruina que sobresaliese en un horizonte de nihilismo y absurdidad.

Narrado en primera persona por el príncipe a modo de diario, la historia se divide en tres partes:

I. Antecedentes al asesinato de Helga Daemona, esa “muchacha realmente fea” que Sternenhoch, probablemente por capricho del noble descerebrado que es, decide tomar por mujer .

II. El corazón, entraña y casquería del libro. Después de su asesinato, Helga atormenta a su marido buscando descubrir quién ha sido el “perro roñoso” que le ha quitado la vida (evitaremos dar detalles sobre el uxoricidio). Las apariciones del pútrido fantasma de la muerta causan en Sternenhoch reacciones incontrolables, divertidas y grotescas para el lector, contra las que el príncipe lucha a fuerza de lanzar fajos de marcos en las manos de personajes como el psicopatólogo Habebald Wechselbalg (lit. “Changeling, Niño cambiado) y la nigromante Esmeralda Carmen Kuhmist (lit. “Estiércol de vaca”). Las hilarantes situaciones derivadas de los tratamientos que doctores y místicos le proponen son de lo más divertido del libro, especialmente porque ninguno funciona, y el fantasma de Helga Daemon sigue manifestándose ante este miembro de la risible nobleza germánica. El resultado: alucinaciones, comportamientos estrambóticos del noble, camisas de fuerza, junto a una inundación de sangre, vísceras, podredumbre y carcajadas.

III. Breve resolución del misterio: gracias a ello, el lector o lectora podrá respirar tranquilo sabiendo que no se ha vuelto, como el propio Sternenhoch, completamente loco (o lúcido, porque si algo aprendemos de “Las penas” es que la lucidez nace de la más abyecta locura).

Los dos protagonistas bien merecen una nota aparte. Helga Daemon (nomen omen) es Lulú, Genuine, Alraune, encarna a la mujer dormida y cadavérica, que, una vez despierta se convierte en bestia feroz:

“Al poco tiempo partió de improviso y tan solo regresó al cabo de dos años. Dónde estuvo o qué hizo, eso no lo sé con exactitud. Se dice que recorrió todos los recovecos de la tierra y, como si la tierra se le hubiese hecho pequeña, intentó, dice la leyenda, realizar una expedición al fondo del océano, al interior de la tierra a través del cráter de un volcán, y también, qué locura, a Venus. Se decía que fuese la jefa de una banda de salteadores, y que descuartizase como un médico. Lo creo, puesto que sé que tras su retorno a Alemania cometió al menos seis asesinatos. ¡Y perpetró otras muchas atrocidades! Por ejemplo, fundó una sociedad secreta con las mujeres y jovenzuelos más hermosos en la que se practicaba el sadismo, la flagelación, el masoquismo, el lesbianismo, fantásticas masturbaciones, la sodomía, relaciones sexuales con los más variados monstuos metálicos, móviles, con aterradores monigotes de cera, y, parece ser, hasta con verdaderos fantasmas, etc, etc. Pero con hombres nunca yació de manera natural, los despreciaba demasiado” (“I dolori del principe Sternenhoch, p. 21; traducción de Couto).

¿Y qué decir de nuestro príncipe Sternenhoch (“alto en/a las estrellas”)? He aquí su autorretrato:

“Dejando aparte mi linaje y mi riqueza, puedo decir con osadía que soy una belleza, a pesar de algunos de mis defectos, como, por ejemplo, el hecho de que mido sólo 150 cm y peso 45 kg, que estoy prácticamente desdentado, calvo y glabro, también un poco estrábico y fuertemente cojo; pero también el sol tiene sus manchas” (“I dolori del principe Sternenhoch“, pp. 11-12; traducción de Couto).

Las penas del príncipe Sternenhoch” recuerda a los “Cantos de Maldoror”, pero con un humor a menudo atroz, visceral, splatter, y escatológico. En definitiva, un libro y un autor al que aproximarse si se tiene la ocasión. Y recuerden que: “es mejor un final con horror que un horror sin final”. Palabra de Klima.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Klima, L. I dolori del principe Sternenhoch. Traducción de Dania Amici y Sergio Corduas. Roma: Edizioni e/o, 1983.*

Klima, L. The Sufferings of Prince Sternenhoch: A Grotesque Tale of Horror. Traducción de Carleton Bulkin. Praga: Twisted Spoon Press, 2008.

*Edición usada en la preparación de esta entrada.