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Desiderata: El maestro del sueño eterno, de Dario Piombino-Mascali

Sonno

En las catacumbas de los capuchinos, en Palermo, reposa un ataúd que cela, desde hace casi un siglo, el cuerpo de una niña. A través de la tapa de cristal su carita luce tranquila. La bella parece dormir, cansada tras el juego y la carrera.

La niña se llama Rosalia Lombardo, y el artífice de su embalsamamiento, Alfredo Salafia. Muerta a causa de una pulmonía, quiso su padre robarle el cuerpo a la tierra y hacerla dormir para siempre. Il maestro del sonno eterno, escrito por el antropólogo y especialista en la historia de la momificación Dario Piombino-Mascali, cuenta esta historia de luto y ciencia.

Un libro que desde ya incluimos en nuestra carta de deseos para estas Navidades.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Piombino-Mascali, D. Il maestro del sonno eterno. Palermo: La Zisa, 2009.

Mircea Eliade, Señorita Cristina

‘Todo lo que se refiere a la señorita Christina es, para ellas, verdaderamente sagrado’ dijo Egor para sí. ‘En el fondo no es un sentimiento mediocre. Amar y honorar una muerta, incluso en sus imágenes más vulgares. (Señorita Cristina, p. 35; traducción del italiano por Couto).

mircea_eliadeDomnişoara Christina es la novela vampírica y sobrenatural que Mircea Eliade (1907-1986) escribiese en 1936. Traducida al español hace dos décadas por la editorial Lumen, y hoy debidamente descatalogada, dormita sin mayor pena ni gloria en el purgatorio de los libros raros de género fantástico. Resulta curioso, pues, que a pesar de este olvido forzado, Señorita Christina haya inspirado la creación de una ópera (“Miss Christina”, 1981, de Şerban Nichifor), así como la realización de al menos dos películas (“Domnişoara Christina”, 1992, de Viorel Sergovici, y la homónima producción “Domnişoara Christina”, 2013, de Alexandru Maftei). Incluso Santiago Caruso aceptó el encargo de ilustrar la versión en portugués del libro en 2011 para la editorial brasileña Tordesilhas Livros.

La novela transcurre en la mansión de una antigua familia de terratenientes en el norte de Giurgiu, Rumanía. La estirpe sobrevive a través de tres mujeres: la señora Moscu y sus dos hijas, la una, Sanda, en edad casadera; la otra, Simina, una niña perversa. Los huéspedes, por el contrario, pertenecen invariablemente al sexo masculino (el pintor Egor, el profesor Nazarie). Ellos irrumpen, ellas disponen, pero todos sucumben a la fascinación maléfica de la señorita Christina, la familiar muerta 30 años atrás, cuyo cuerpo jamás fue encontrado. Aun así (o precisamente por ello), sobrevive y se aparece, se presiente y se manifiesta, penetra a placer en los sueños de los protagonistas, y a menudo incluso posee sus voluntades. Los destinos y vicisitudes de los personajes se encuentran y colisionan en un ambiente enrarecido, malsano, caldo de cultivo para la malaria, con su mobiliario decrépito y sus ágapes nauseabundos y sus atmósferas que emanan olor a enfermedad, sangre y violetas. El sueño irrumpe constantemente en los estrechos espacios por los que transitan los personajes (habitaciones, comedores, pasillos, bodegas, jardines, cobertizos), puesto que es en el sueño y a través del sueño, en ese permanente estado de irrealidad y sopor de duermevela, que Christina se manifiesta.

Caruso_Domni_ChristinaIlustración perteneciente a Senhorita Christina, Tordesilhas Books, 2011 © Santiago Caruso.

Se hizo el silencio. Un silencio innatural, una incipiente pérdida de los sentidos. En la habitación se respiraba un olor extraño; no a muerte, y tampoco a flores fúnebres, sino un olor de juventud truncada de improviso y conservada allí, entre las cuatro paredes.

Una juventud de mucho tiempo atrás. Como si el sol nunca hubiese penetrado en aquella habitación y el tiempo no hubiese consumido nada. Nada parecía renovado ni cambiado desde que la señorita Cristina había muerto. Aquel olor era el perfume de su juventud, los restos milagrosamente conservados de su agua de colonia, de los humores exhalados por su cuerpo” (Señorita Cristina, pp. 37-38; traducción del italiano por Couto).

El vampirismo físico, hemático, sólo se sugiere a través del zumbido de los mosquitos que entran a través de la ventana y en el olor a sangre que se percibe en la habitación de Sanda, postrada y enferma. Por el contrario, domina la historia un parasitismo distinto, el vampirismo de la materia sutil y del espíritu. Quizás sea este, la narración de la progresiva insalubridad que infecta la historia, el mayor mérito de la novela. Ténganlo en cuenta la próxima vez que se pasen por una librería de viejo.

Domnişoara Christina, otro libro de EnLaListaNegra que muerde, pica y enferma.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Eliade, M. Signorina Christina. Traducción de Simonetta Falcioni. Milano: Jaca Book; 1984.*

Eliade, M. La señorita Cristina. Traducción de Joaquín Garrigós. Barcelona: Lumen; 1994.

*Edición usada por EnLaListaNegra.

Domnisoara_Christina_film

Haruko Maeda en 13 (Preguntas sobre libros a artistas que nos gustan)

Maeda-Dibujo sin títuloHaruko Maeda, Sin título © Haruko Maeda

Es con nerviosismo y emoción que les presentamos esta nueva entrega de “13 (Preguntas sobre libros a los artistas que nos gustan)”. Haruko Maeda, artista japonesa afincada en Linz (Austria) desde 2005, ha accedido muy amablemente a responder a nuestras 13 preguntas y, con sus respuestas nos ha descubierto algunos autores y libros poco transitados por lxs lectorxs de habla hispánica. Sus lecturas testimonian en gran parte las influencias de las que bebe su arte: el manga de su país natal, los manuscritos iluminados, a los que hay que sumar las reliquias católicas, la ilustración naturalista y los cuadros de gran formato de tradición europea.

Maeda pinta huesos que se funden y se transforman en formas vivas de la naturaleza, y flores cuyos pétalos adoptan la forma de calaveras. Las mariposas son coxis que vuelan sobre la tela. Los cuerpos, semillas que germinan. Lejos de mostrar decrepitud y vacío, los esqueletos se elevan, envueltos en costosos y ricos vestidos barrocos. Como del humus vivo brotan de la dureza limpia de las osamentas filamentos verdosos, flores y tallos; se abren las corolas de cráneos sonrientes. La muerte vive, prodigiosa, en sus lienzos, en sus esculturas blancas de muertos y perlas.

Para conocer más sobre el trabajo de esta artista, les invitamos a visitar su blog.

Y sólo nos queda agradecer de nuevo la extrema amabilidad de Haruko. 前田さん, どうもありがとうございました.

Maeda-Heartbeat of the Death- Queen Elizabeth the firstHaruko Maeda, Heartbeat of the Death- Queen Elizabeth the first © Haruko Maeda

 [1] Libro(s) que estés leyendo actualmente.

“Si el mundo fuese un sueño de la noche del sábado”, de Tamaki Saito (世界が土曜の夜の夢なら」斎藤環). No es muy interesante.

“Diario de un viaje de penurias”, de Yoshiharu Tsuge (「貧困旅行記」つげ義春 ). Apasionante.

[2] Género(s), libro(s), y/o autor(es) favoritos.

Novela, manga en general, ensayo…

[3] El primer recuerdo asociado a los libros y a la lectura.

Siendo niña, leí el libro ilustrado “El restaurante de las muchas comandas” de Kenji Miyazawa (「注文の多い料理店」宮沢賢治), y por el miedo que sentí no conseguí volver a dormirme.

[N. de la T.:Kenji Miyazawa fue poeta y autor de libros infantiles.

Traducción al inglés de “El restaurante de las muchas comandas” disponible aquí.]

MiyazawaPortada de “El restaurante de las muchas comandas”

[4] ¿Dónde sueles leer?

En la cama o sentada en el suelo de mi habitación, puesto que es tranquila y muy acogedora. O también de camino a donde quiera que vaya.

[5] Los tres libros que cambiaron tu vida o que hayan influenciado tu trabajo artístico.

“Ojosan Horoki”, de Michiko Inukai ( 「お嬢さん放浪起」犬養道子). Gracias a este libro nacieron en mí las ganas y el interés de vivir en un lugar distinto a mi país natal.

“El atlas de los Yōkai”, de Shigeru Mizuki, (「妖怪事典」水木しげる ). Mizuki es uno de mis ilustradores favoritos, su mundo de fantasía infinita me fascina completamente.

[N. de la T.: Yōkai designa genéricamente en japonés a los fantasmas o apariciones espectrales malévolas]

“Obras maestras del arte europeo mostradas como documentos de su tiempo” (Meisterwerke europäischer Kunst als Dokumente ihrer Zeit erklärt), de Rose-Marie y Rainer Hagen. En este libro se muestran las vicisitudes privadas, secretas e históricas, que se ocultan tras los grandes artistas y las obras maestras famosas. El trabajo me ha proporcionado una vision más amplia de las obras de arte desde una perspectiva histórica.

Shigeru Mizuki_AtlasEl atlas de espectros de Mizuki

 [6] Un libro que hayas robado o que hayas deseado robar.

El original deLes Très Riches Heures du Duc de Berry”.

[N. de la T. Libro de horas del duque de Berry].

[7] El último libro que hayas regalado.

Tou”, de Kotaro Sawaki, (「凍」沢木耕太郎 ).

[N. de la T.: Kotaro Sawaki es fotógrafo, ensayista y novelista]

[8] ¿Has traído libros contigo desde Japón?

Sí, cada vez que voy a Japón traigo entre 5 y 10 libros conmigo.

[9] Un libro o autor verdaderamente extraño que todo el mundo debería leer.

Cualquier libro de Ranpo Edogawa (江戸川乱歩).

Ranpo_EdogawaEl señor Edogawa

[10] ¿Juzgas los libros por su portada?

Sí, claro, aunque no siempre.

[11] ¿Dónde consigues los libros que lees? ¿Tienes algún lugar favorito en el que compres o tomes libros prestados?

Los libros en japonés los compro en cualquier librería (da igual cuál) de Japón. En Austria suelo tomar libros prestados de la biblioteca de la Kunstuniversität de Linz.

[12] Cita literaria favorita.

Escribir poesía en lugares al aire libre, cafés, bares, etc.

Solo en un lugar lleno de extraños

Yo canto, como si estuviese en medio

De un coro celestial

– mi lengua una nube de miel-

A veces pienso que soy un poco

Raro.

Tokyo

11 de junio de 1976”

De 30 de junio, 30 de junio de Richard Brautigan.

[N. de la T. Incluimos a continuación el texto inglés original:

“Writing Poetry in Public Places, Cafes, Bars, etc.”
Alone in a place full of strangers
I sing as if I’m in the center
of a heavenly choir

—my tongue a cloud of honey—

Sometimes I think I’m weird.”

Tokyo
June 11, 1976

De 30th June, 30th June.]

[13] El libro más preciado de tu colección

Todos los libros ilustrados, libros infantiles y mangas de mi infancia, todavía los tengo bien guardados.

Traducción del alemán por © Couto.

El cuerpo inmortal: craneólogos y petrificadores del siglo XIX

nadar_catacombesSomos porque nuestros cuerpos existen. Cualquier acción, reacción, pensamiento y sentimiento nace y muere en el cuerpo, se manifiesta y reprime en él, por él. Lo sublime y lo banal. Todo. No se extrañen entonces si el cuerpo se ha convertido ya en el tema recurrente por excelencia de este blog. Posee la rara cualidad de manifestarse cercano y reconocible, y extraño y alienante al mismo tiempo. El universo que ustedes conocen pasa a través del cuerpo, que es como un filtro por el que penetrasen hacia el interior y se excretasen todas las experiencias imaginables. Es el monstruo más fascinante que haya existido jamás, y cada un@ de nosotros habita dentro de uno.

Pero, además, cuando abandonemos nuestra casa de carne y hueso – es decir, cuando perdamos la consciencia de habitar un cuerpo – , éste seguirá viviendo, a su manera. Experimentará una segunda existencia, quizás incluso una tercera y una cuarta. Si credos, religiones y filosofías del cuño más diverso apuestan por la inmortalidad del alma sin que sus acólitos hayan disfrutado efectivamente de los beneficios de tal longevidad post-mortem, ¿no será en los tiempos que corren más modesto y realista meditar sobre la inmortalidad del cuerpo? En la entrada de esta semana les presentamos un reciente volumen sobre esto, sobre huesos que sobreviven a sus ocupantes y que experimentan inesperadas juventudes. Se trata de un número monográfico de la revista Nuncius. Journal of the Material and Visual History of Science editado por Francesco Paolo de Ceglia e Irina Podgorny como resultado del seminario “Inmortal bodies” celebrado en Berlín en 2011. Los distintos artículos, cuyos títulos encontrarán listados al final de esta entrada, versan a grandes líneas sobre la incorruptibilidad del cuerpo, las prácticas funerarias, y la gestión y exhibición de los cadáveres preservados. Pero para darles una idea, hablaremos en concreto de dos ensayos de esta colección, por lo que tienen de representativo de los contenidos del volumen.

MariniEn su artículo sobre las “artes gorgóneas”, Irina Podgorny contextualiza las prácticas del italiano  Efisio Marini (1835-1900) en el campo de la petrificación artificial de la materia orgánica. En un siglo XIX concernido con la experimentación química, con la exploración de la naturaleza, el estudio del ser humano y la preservación de cadáveres, Marini “il pietrificatore” consiguió desarrollar fórmulas efectivas para dotar de apariencia marmórea  a la carne inerte. De hecho, las aplicó con éxito sobre manos, pies, y antebrazos que, retratados en lánguidas fotografías, parecen arrancados de estatuas renacentistas; logró conservar el cuerpo del historiador Pietro Martini durante meses; y perpetuó en pétrea forma el cuerpo difunto de una niñita para consuelo de su madre. Llegó incluso a construir una mesita a partir de una mezcla de sangre y restos de distintos órganos humanos convenientemente tratados y petrificados, macabra pieza de mobiliario que actualmente se conserva en el Museo Anatomico di Napoli.

Marini_tavoloMesa poco convencional, obra de Marini.

A la muerte de Marini, acaecida en 1900, su hija heredaría las fórmulas y resultados de sus experimentos. Pero el coste de la petrificación funeraria en comparación con otras prácticas más asequibles de preservación del cadáver, unido a ciertas cuestiones sobre la viabilidad de aplicar esta técnica a gran escala, terminarían por avocar al olvido los logros del petrificador. Thomas A. Trollope, hermano del famoso novelista, expresaría así en sus memorias su inquietud ante la perspectiva de transformar en estatuas a los muertos:

¿Cuál sería el resultado de transformar en mármol a todas las futuras generaciones de hombres? ¿Cómo podríamos vivir en un mundo poblado por estatuas de mármol cuyo número excediese infinitamente a sus habitantes vivientes? (Thomas A. Trollope, What I Remember, vol. 3, 1887, p. 106; citado en Podgony, p. 306; traducción de Couto.

Mano

Efisio Marini, “Mano de joven mujer”, Museo della Scienza e della Tecnica de la Università degli Studi di Sassari.

Paul_BrocaEl segundo artículo, “Colecciones francesas de calaveras del siglo XIX y el culto de los huesos” de Néli Dias, versa sobre la constitución de la colección de calaveras  y restos humanos de la Société d’Anthropologie de Paris, fundada en 1857 en París por Paul Broca, y su incidencia en el desarrollo de la antropología física en el país galo. En sus inicios, la antropología se presenta como el estudio de los “tipos humanos” que se sirve del cráneo como pieza interpretativa fundamental para testimoniar las diferencias entre las distintas razas. Para realizar tal tarea sin desviarse de los principios de la recién adquirida cientificidad se hace imprescindible conseguir calaveras, muchas, y de todos los tipos posibles. Y a partir de ahí, catalogarlas, medirlas, ordenarlas en series que permitiesen individuar los rasgos de cada tipo o grupo, compararlas entre sí y posicionarlas además en la cadena evolutiva humana. Los cráneos, pues, dotan de fisicidad, de empirismo, de “mensurabilidad”, a los discursos y teorías científicas decimonónicas que defienden la existencia de razas humanas superiores e inferiores, evolucionadas y primitivas.

Este tipo de estudios antropológicos, unidos a la profusión de fondos museísticos óseos, dieron pie a la publicación de auténticos atlas craneológicos, informativos volúmenes ilustrados como Crania Americana (1839) o Crania Britannica (1865). Como Dias expone en su artículo, el hueso, además de ser objeto de estudio científico, mantiene y expande sus cualidades estéticas al transformarse en motivo de representación artística.  Dispuestos ordenadamente en anaqueles y convenientemente etiquetados, los cráneos de Broca existen también para ser contemplados como repetitivas obras de arte humano, como patrones de un tejido duro, blanco, perpetuamente sonriente.

Broca_cerebroCerebros ilustres: la morada final de Broca.

Cuántos fantásticos elementos se encuentran en estas historias veraces, y cuánto dicen de nosotros. No hemos sobrevivido a esa voluntad de reproducir e imitar los procesos de la naturaleza en el laboratorio. Al contrario, la hemos elevado a credo, filosofía y esencia. Exponer; registrar; observar. Preservar el cuerpo. En definitiva, sobrevivir a la muerte.

Índice del volumen

Francesco Paolo de Ceglia; Irina Podgorny: “Introducción” (Introduction).

Francesco Paolo de Ceglia: “La ciencia de Santa Claus: Discusiones sobre el maná de Nicolás de Myra en la época moderna” (The Science of Santa Claus: Discussions on the Manna of Nicholas of Myra in the Modern Age).

Glyn Redworth: “¿El don de Dios? Reliquias sagradas, concesión de dones, y la preparación del sacro de Luisa de Carvajal durante la Reforma” (God’s Gift? Sacred Relics, Gift Giving, and Luisa de Carvajal’s Preparation of the Holy During the Long Reformation).

Irina Podgorny: “Transformando a los muertos en estatuas de piedra: La síntesis de fósiles, la petrificación, la fotografía y la química de las artes gorgóneas” (Changing the Dead to Statues of Stone: The Synthesis of Fossils, Petrifaction, Photography, and the Chemistry of the Gorgonean Arts).

Silvia Marinozzi “El arte del embalsamamiento en época moderna: Las momias de Carolina, Letizia y Joachim-Napoleon Agar como ejemplos de ritos funerarios durante el imperio napoleónico” (The Embalming Art in the Modern Age: The Mummies of Caroline, Letizia and Joachim-Napoleon Agar as Examples of Funerary Rites in the Napoleonic Empire).

Nélia Dias: “Colecciones francesas de calaveras del siglo XIX y el culto de los huesos” (Nineteenth-Century French Collections of Skulls and the Cult of Bones).

María Eugenia Constantino; Antonio Lafuente: “Las logísticas ocultas del gabinete novohispano de Longinos” (The Hidden Logistics of Longinos’s Novohispanic Cabinet).

Gerlind Rüve: “Centrándose por un momento en la excepción a la regla: Sobre la frontera entre la vida y la muerte en el caso de Scheintod[1] en 1833” (Focusing on the Exception to the Rule for a Time: On the Border Between Life and Death in a Case of Scheintod in 1833).

Hubert Knoblauch, “El declive de las disecciones clínicas y la ‘cultura de la muerte’” (The Decline of Clinical Dissections and the “Culture of Death”).

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Dias, N. Nineteenth-Century French Collections of Skulls and the Cult of Bones. Nuncius 27 (2012), pp. 330–347.

Podgorny, I. Changing the Dead to Statues of Stone: The Synthesis of Fossils, Petrifaction, Photography, and the Chemistry of the Gorgonean Arts. Nuncius 27 (2012), pp. 289–308.

Página de la revista Nuncius.

Página de la Société d’Anthropologie de Paris (SAP).


[1] Animación suspendida.

Mirabilia en traducción III: David B., Epiléptico. La ascensión del gran mal

epileptic_03Estar vivo y ser humano son condiciones que casi siempre llevan aparejadas enfermedades de nombres pintorescos, a menudo incomprensibles. ¿A qué se refiere David B. con “el gran mal”? Como primera y obvia respuesta estalla un “¡epilepsia!”, la misma epilepsia que da título a la novela gráfica, la “enfermedad sagrada” que tocó el espíritu y ocupó el cuerpo del propio hermano del autor desde la infancia, allá por la década de los 60.

ascension_copertinaPero a medida que se avanza en la umbrosa lectura de la historia, se gana la certeza de que la dolencia  maligna es otra: el “gran mal” radica en los esfuerzos extremos que realizan los padres en la búsqueda de una cura; al objetivo difuso que persiguen, disparando al aire o escondiendo la cabeza en la tierra, sin reconocer que el hijo desea estar enfermo. Como todo niño que no haya sido domesticado por su medio inmediato, Jean-Cristophe es un megalómano que se identifica con Hitler y los grandes dictadores del siglo XX, y que aspira a vivir permanentemente en ese ambiente protegido, controlado, pero también dominante y tiránico, de la infancia.

En esa lucha cotidiana que llega a convertirse en cruzada, los padres arrastran a toda la familia, David B. incluido. De neurocirujanos que se relamen ante la perspectiva de trepanar y rebanar, hasta macrobióticos gurús y magnetizadores, cualquier remedio que permita mantener la esperanza de la recuperación sirve. Los cinco miembros de la familia, convertidos en una única célula enferma, pues, prueban todas las curas imaginables, acupuntura y exorcismo, videncia y astrología. La epilepsia contagia a la familia al completo.

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Este cómic autobiográfico, que recoge en un único volumen los seis álbumes que David B. publicara entre 1996 y 2003 para la editorial L’Association de la que también fuese cofundador, resulta turbador por su subjetividad. Cuenta la historia de la familia, retrotrayéndose aquí y allá a los tiempos de las grandes guerras o rememorando aspectos de la guerra de Argelia; pero muy especialmente, narra el largo proceso decenal en el que David B. aprende a dibujar la enfermedad de su hermano, la de su familia, y la suya propia. Lo hace en blanco y negro, con el mal vestido de monstruo-serpiente que atraviesa el cuerpo del hermano o que escapa por la boca, y sin ahorrarse las crudas referencias al deseo de morir y de matar. En un ambiente laberíntico e irreal preñado de referencias al esoterismo y al fantástico, David B. mantiene conversaciones nocturnas con los fantasmas (el hombre-pájaro, el diablo, la muerte, el gato con chaleco) que pueblan el bosque de Olivet donde la familia reside; sueña y dibuja cruentas batallas; vive en comunas macrobióticas;  se desespera en un dolor sin límites; y, al final, logra poner en imágenes coherentes ese confuso peregrinar por las tierras de la penumbra.

En Epiléptico. La ascensión del gran mal, la epilepsia pone al descubierto la fragilidad y las incertezas de la existencia, y da nombre a un mal que en realidad no lo tiene. El mal es estar vivo. El mal es la desarmante humanidad.

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Algunas notas editoriales y bibliográficas

David B. L’Ascension du haut mal. Vol. 1-6. Paris: L’Association; 1996-2003.

David B. Epiléptico. La ascensión del gran mal. Traducción de Lorenzo Díaz. Madrid: Sins Entido; 2009.

L’association.

Mirabilia en traducción II: Rafael Dieste, De los archivos del trasgo

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Fue cerca del camposanto cuando escuché agitarse dentro de la caja al pobre Bieito. (De los cuatro portadores del ataúd, yo era uno). ¿Lo escuché o fue aprensión mía? Entonces no habría podido asegurarlo. ¡Fue un rebullir tan débil! Como la terca carcoma que roe, roe en la noche, desde entonces roe en mi mente enfebrecida aquel tenue rebullir (Sobre la muerte de Bieito; traducción de Couto).

RDFueron ocho los cuentos que el rianxeiro Rafael Dieste (1899-1981) plantase en la primera edición de  Dos arquivos do trasno (1926). De sus semillas florecieron rarezas del fantástico y del terror psicológico, se armaron macizos de historias de la infancia y de la emigración, se enredaron la soledad, el mar y la muerte como las plantas del ponzoñoso jardín de Beatrice Rappaccini.

Con un lenguaje expresionista bien distinto al de nuestro también reciente invitado Cunqueiro, aunque igualmente efectivo, Dieste retrata congojas, esbozos de vidas pasadas y angustias de visiones futuras en historias brevísimas que se depositan en la sangre y son llevadas como plomo y arsénico por todo el cuerpo. Cuentos y estampas que envenenan a su paso, lentamente.  Cuesta creer que haya tanto en este centenar de páginas, con sus ocho relatos (luego ampliados hasta llegar a veinte en la edición de 1962) y las siete ilustraciones de Luis Seoane que los acompañan.

Yo no era un hombre enterrado vivo. Era una cultura ‘antiquísima’ enterrada viva. Era un espíritu archisolitario. ¿Qué habría sido de mis padres, de mis antiquísimos amigos, de aquella antiquísima muchacha tan cariñosa y blanca? El no poder contarles lo que viese, el no poder atontarlos con mi testimonio sobre la poderosa, perfectísima y milagrosa soberanía de los hombres, quizás colonizadores de los astros, cuyas pisadas ya me parecía sentir sobre mí, me entristeció un poco. ¿Y el doctor? ¡Pobre doctor, descompuesto en la tierra después de haberme disparado a lo largo de esa inmensa parábola de diez mil años! Me eché a llorar, temblando de ternuras enredadas con alegrías (Once mil novecientos veintiséis; traducción de Couto).

Índice de cuentos

Sobre da morte de Bieito*

De como se condanou o Ramires*

A volta*

A luz en silencio*

Historia dun xoguete*

O vello Moreno*

O vagamundo*

O vello que quería ve-lo tren*

O neno suicida**

Na morte de Estreliña**

O grandor do mundo**

Pampín**

Espanto de nenos**

Na ponte de ferro**

Nova York é noso**

O caso dos tres fornos**

Once mil novecentos vinteseis**

O drama do cabalo de axadrez**

Un conto de reis**

De como veu a Rianxo unha balea**

*Cuentos incluidos en la primera edición de Dos arquivos do trasno.

**Cuentos añadidos en la segunda edición (Galaxia, 1962).

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Dieste, R. Dos arquivos do trasno. Vigo: Galaxia; 1962 [1926].

Dieste, R. De los archivos del trasgo. Traducción de César Antonio Molina. Madrid: Espasa Calpe; 1989.

Carlos Díaz Dufoo, Cuentos nerviosos

CDDHasta hace unas pocas semanas el nombre de Carlos Díaz Dufoo (1861-1941), intelectual del que luego he sabido se dedicó al periodismo y a la dramaturgia tanto en España como en su México natal, me resultaba completamente desconocido. Olvido literario que deriva de una cuestión de tiempo y circunstancia, quizás, o tal vez de un motivo más simple y banal: durante su vida, Dufoo únicamente compuso en el campo de la ficción narrativa este pequeño volumen de Cuentos nerviosos (1901).

¿Y qué clase de cuentos son estos? Pues diría que concentrados de amor traicionado, de apuestas trucadas y engaño; historias sobre la soledad de la guerra, el suicidio, la catalepsia; y así, sin demorarme en juegos de palabras para los que hoy me falta agilidad, un conjunto de estampas de mezquindad, de muerte y del no somos nada. Algunos de estos cuentos son todavía más sintéticos, esbozos de jugo de limón en papel blanco que sólo se revelan si aplicamos fuego a su superficie. Habla entonces Dufoo del placer de las lides amorosas con la propia compañera, de la nostalgia del maestro muerto al que uno solía  encontrar en los cafés, o de la tarde lluviosa pasada en fantaseos literarios.

Estos Cuentos nerviosos son tal porque agitan la entraña, exaltan el ánimo e irritan las pasiones. Les dejamos como prueba de ello “La autopsia”. Esperamos que lo disfruten sobre la mesa de disección.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Díaz Dufoo, C. Cuentos nerviosos. México: Ballescá, 1901.

Breve biografía de Carlos Díaz Dufoo.

Cuentos contenidos en el volumen

Por qué la mató

Catalepsia

El primer esclavo

Sub lumine semper

La autopsia

Una duda

La muerte del «Maestro»

El centinela

Cavilaciones

El viejo maestro

¡Maldita!

At home

Madonna mía

Confidencias

El vengador

Guitarras y fusiles

cuentos-nerviosos

La autopsia

Teodora había alcanzado esa edad en que el espíritu, presa de extrañas alucinaciones, busca en los espacios fulgores desconocidos y en las flores aromas especiales. Sus ojos, abrillantados y radiantes, reflejaban la curiosidad de un alma inquieta, nacida para ser contemplada de rodillas.

Llegó al altar cuando el primer albor de la adolescencia iluminaba apenas su semblante. Allí, en aquella alcoba en donde el ángel de la dicha coloca sigilosamente su dedo en los labios, había encontrado a un hombre frío y reservado, impregnado el espíritu de problemas trascendentales, de casos patológicos, de dudas científicas.

Había pasado de su clínica á la cámara nupcial bruscamente, sin transición alguna, y se encontraba en los brazos de aquella niña como en su cátedra, delante de sus discípulos, en los solemnes momentos de una operación quirúrgica.

Teodora lloró sus desengaños mucho tiempo. Después, la costumbre había alejado las sombras que se proyectaron en su espíritu y la asediaron durante algunos años.

Todas las mañanas veía alejarse a su marido, siempre silencioso, siempre pensativo, después de una noche de insomnio, consultando al reflejo del pálido reverbero que alumbraba tenuemente la cama de palo de rosa en que descansaba ella, las obras de los maestros, sin que sus ojos, posados en aquellas páginas, revelaran una sola idea mundana, un solo destello de vida.

Todos los días, al sonar la una de la tarde, el coche del doctor estremecía las vidrieras de la casa. Momentos después, imprimía sus labios helados y descoloridos en la pensativa frente de la esposa. Comían en silencio, y él penetraba en su gabinete de estudio para no salir hasta hora muy avanzada de la tarde, cuando ya el último rayo había dejado de dorar las cumbres de las montañas.

Teodora paseaba en el bosque su amarga melancolía, y cuando las tinieblas de la noche, confundiéndose con las de su alma, envolvían los caprichosos contomos de los árboles, el coche ganaba las calles de la población, y penetraba en aquel hogar sombrío y taciturno que no turbaba el menor ruido en su reposo.

Una noche Teodora no volvió.

A la mañana siguiente, en el salón de la señora …, corría de boca en boca la noticia de que la hermosa T…, esposa del célebre doctor M…, había abandonado el domicilio conyugal en compañía de un conocido Lovelace, cuyas seducciones mundanales habíanle hecho héroe de numerosas aventuras.

En la solitaria casa de la calle de… la vida no había cambiado. Todas las tardes, a la una, el ruido de un coche estremecía las vidrieras del edificio, y el doctor, frío y silencioso, traspasaba el dintel de aquella puerta, que volvía a cerrarse al darle paso. El transeúnte que a las altas horas de la noche cruzaba aquella apartada vía pública y fijaba su vista en el edificio, podía vislumbrar un pálido rayo de luz que se desprendía de uno de los balcones.

Era el doctor que estudiaba.

II

Aquella noche el doctor había velado más que de costumbre.

Un círculo obscuro circundaba sus ojos, que parecían más cavernosos que nunca. En el fondo de aquellos huecos se adivinaban, mejor que se veían, dos pupilas fijas en un cielo plomizo de melancolía vaga y taciturna.

Salió. Leves gotas de una lluvia, finísima caían en los charcos de las aceras, produciendo pequeñas ondulaciones que se borraban un momento para dibujarse de nuevo. Los coches salpicaban de lodo a los transeúntes. Las pesadas ruedas de los carros se hundían en el fango con un chasquido glutinoso.

En el hospital, los alumnos esperaban al doctor, haciéndose mutuas confidencias de sus aventuras de callejuela. El aire húmedo de la mañana no se hacía sentir en aquella atmósfera impregnada de ácido fénico. Un paso lento y acompasado resonó en los corredores’, los cuchicheos cesaron: era el doctor.

Cuando entró en la cátedra seguido de sus discípulos, la impasible fisonomía del médico se iluminó por un momento. Sus ojos brillaron como dos ascuas de fuego, su tez marchita se coloreó un instante, su frente se levantó orgullosa y firme, y con voz sonora y metálica comenzó su explicación:

— Señores,..

Se trataba del envenenamiento por cianuro.

El doctor pretendía seguir las huellas de la intoxicación por el veneno, é investigar ciertos fenómenos que podían haberse escapado a la experiencia.

Un alumno interrumpió al profesor.

Precisamente se había llevado la noche anterior al anfiteatro el cadáver de una mujer intoxicada por el cianuro, en una madríguera de la prostitución. El cuerpo esperaba la autopsia. Animado por la fiebre de la ciencia, aquel hombre de hielo abandonó el sillón de la cátedra, y, seguido siempre de sus discípulos, penetró en la sala de disecciones.

Una plancha de mármol blanco, opacada por una leve capa grasosa, se alzaba en aquella habitación amplia, a la que daban luz dos anchas ventanas, por donde un rayo de sol, que había roto en aquel momento la obscura prisión de nubes que lo tenía envuelto, penetraba alegremente, yendo a herir un amarillento cráneo, abandonado en el rincón más apartado de la estancia.

El doctor había retirado de su bolsa de operaciones un bisturí ñexible y delgado como la lengua de una víbora. Era otro hombre, su rostro resplandecía; un fulgor extraño iluminaba aquella frente obscurecida por los insomnios; su boca se plegaba por una sonrisa de amor propio satisfecho; su nariz aspiraba con deleite aquel aire cargado de emanaciones de sangre humana.

Trajeron el cadáver.

Era el de una mujer joven y hermosa, sus formas habían sido holladas por el placer sin que perdieran el primitivo encanto de sus líneas. El vicio hizo rodar aquel montón de carne blanca y tersa, de suaves contornos y virginales redondeces.

El doctor se acercó y una palidez mortal cubrió su semblante.

Aquel cadáver era el de Teodora.

Vaciló un momento.

La misma extraña claridad que alumbraba un poco antes sus facciones, marchitas y fatigadas, apareció de nuevo en su rostro.

Se acercó a la plancha, y, buscando en el cuerpo un espacio determinado, hizo la primera incisión con el bisturí.