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Roger Luckhurst, La maldición de la momia. La verdadera historia de una fantasía oscura

Mummy

Dr. Muller: Devuélvalo. Entiérrelo donde lo encontró. Usted ha leído la maldición. ¿Se atreve a desafiarla?

Joseph: En beneficio de la ciencia. Aun si creyese en la maldición, seguiría con mi labor para el museo. Regrese conmigo y juntos examinaremos este gran hallazgo.

Dr. Muller: No puedo sancionar este acto de sacrilegio con mi presencia.

(La momia, 1932).

Si hay algo que nuestro imaginario colectivo asocie estrecha e indisolublemente con el antiguo Egipto, más allá de momias, arqueólogos, y pirámides, eso es el concepto de maldición. Maldiciones que se remontan al alba de los tiempos, antiguas como el mundo, y que prometen azotar a saqueadores de tumbas y profanadores del sueño fúnebre con desgracias y muerte terrible. Y, sin embargo, la Historia se empeña en contarnos una historia bien distinta. En el colosal estudio The Mummy’s Curse. The True History of a Dark Fantasy (libro que recomendamos desde ya), el profesor de literatura Roger Luckhurst desmitifica el presunto origen ancestral de la idea de maldición post-mortem para desvelar sus orígenes victorianos. El resultado es un viaje fascinante, bello y aterrador que, partiendo del desierto del Valle de los Reyes, llega a los expositores del Museo Británico y al corazón mismo del Imperio. Reconstruye con paciencia artesana los procesos por los que un rumor (un rumor que, en el fondo, refleja un sentir profundo, un miedo inconsciente) consigue convertirse en realidad, modificando radicalmente la percepción del pasado.

Egyptian Hall

El tristemente desaparecido Egyptian Hall en Piccadilly, Londres.

Partiendo del descubrimiento y apertura de la tumba de[1] Tutankhamon en 1923, fuente de la maldición faraónica por antonomasia, Luckhurst retrocede en el tiempo e inicia su análisis con dos momias “victorianas” y sus respectivas maldiciones. Ahí tenemos, por un lado, al cuerpo embalsamado de la sacerdotisa de Amen-Ra, la “momia infausta” (The Unlucky Mummy), responsable no sólo de las calamidades padecidas por su propietario Sir Thomas Douglas Murray, sino de muchas otras adversidades (¡incluido el hundimiento del Titanic!); y, por otro, al sarcófago de Nesmin, que regaló al señor Walter Herbert Ingram otras tantas desventuras. Dos casos ejemplares que sirven a Luckhurst para desvelar ese extraño proceso que transformó el inicial interés popular y lúdico por las curiosidades orientalizantes y los ambientes egipcios en miedo creciente y perpetua sensación de amenaza. Un proceso que culminará, para fortuna de los amantes del terror, con la forja del concepto de la maldición egipcia. El cambio de tornas que experimenta el colonialismo británico hacia el final del siglo XIX, y en concreto  la mutación de las relaciones del Imperio Británico con Egipto (que, de combatir victoriosamente los ejércitos napoleónicos en tierras nilóticas, pasa a sufrir humillantes derrotas a manos de los nativos),  junto a una consciencia más o menos velada de los desmanes y transgresiones que el Imperio perpetraba en las colonias en general, y en Oriente en particular, crea un caldo de cultivo propicio al mito de la némesis y de la maldición.

 

Examination of a mummy

Socializando, o cómo no respetar ni a los muertos. “Examen d’une momie. Une prêtresse d’Ammon”, de Paul Philippoteaux (ca.1891)

A este caldo ya de por sí sustancioso se añaden otros suculentos ingredientes. El contexto industrial y capitalista fomentó el hambre por consumir y exhibir, lo que derivó en actividades de pillaje y saqueo constante: no era infrecuente que militares, diplomáticos y aventureros de todo tipo adquiriesen para su propio consumo o para la venta a terceros todo tipo de objetos, incluidos cadáveres momificados, enteros o troceados, que acabaron por engrosar las colecciones privadas de los súbditos del Imperio. Para sorpresa del lector, Luckhurst nos descubre que nuestra bien amada maldición faraónica no es sino la derivación colonial de la tradición de las maldiciones familiares transmitidas de generación en generación, tan queridas por los linajes británicos y cultivadas con esmero a lo largo y ancho de sus abigarrados árboles genealógicos.

Unlucky mummy

Preste atención a este sarcófago. Obsérvelo con detenimiento. ¿Le gusta? ¿Sí? Felicidades, ahora está usted maldito. EA 22542 o “The Unlucky Mummy”, British Museum (Londres).

En definitiva, La maldición de la momia es un excelente ejemplo de historiografía anglosajona, capaz de desplegar una profunda erudición sin aburrir ni abrumar. El estudio de Luckhurst cubre aspectos de historia política, militar y social, de ocio, ocultismo, consumismo, estética, arqueología, y literatura fantástica. Personajes del calibre de Rider Haggard, Blavatsky, Wallis Budge, Algernon Blackwood, Conan Doyle y Richard Marsh (entre muchos otros) protagonizan encuentros y desencuentros con antigüedades egipcias, malas vibraciones, y rumores maléficos. Puesto que a día de hoy resulta complicado hacerse con una momia maldita, este libro les ofrece una alternativa asequible.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Luckhurst, R. The Mummy’s Curse. The True History of a Dark Fantasy. Oxford: Oxford University Press; 2012.

[1] En realidad, se trata de una tapa de sarcófago y no de un cuerpo momificado propiamente dicho.

Richard Marsh, El escarabajo: Un misterio

(Contiene spoilers. Las traducciones de fragmentos espeluznantes se ha reducido al mínimo para evitar malograr los momentos de goce del lector/a interesad@)

Esta novela de 1897, contemporánea de Drácula y a la que desbancó en éxito y ventas en la época, es una joyita injustamente olvidada en el panorama editorial en español (esperemos que por poco tiempo). La mezcla de géneros de las que echa mano su autor, Richard Marsh (1857–1915)[1], la habrían convertido en un clásico cinematográfico de haberse rodado una versión fílmica en los años 30[2]: terror, comedia romántica y de enredo, y misterio, con pinceladas de aventura de regusto oriental y exótico en el Londres victoriano.

“El escarabajo” (The Beetle) se divide en cuatro partes que, a su vez, son narradas en primera persona por cuatro personajes distintos:

Libro uno: La casa con la ventana abierta. La sorprendente naracción de Robert Holt.

Libro dos: El hombre perseguido . Los hechos según Sydney Atherton, el galán.

Libro tres: El terror durante la noche y el terror durante el día. La señorita Marjorie Lindon cuenta la historia.

Libro cuatro: En la búsqueda. La conclusión de los hechos está tomada del libro de casos del honorable Augustus Champnell, agente secreto.

Los acontecimientos transcurren en apenas tres días. La sombra monstruosa de un suceso acaecido 20 atrás en la vida de Paul Lessingham, político protagonista de esta historia, durante su estancia en el Cairo desencadenan el horrendo-divertido-alocado drama sobre el que se focaliza la novela. Un ser ancestral que no es ni dios ni demonio, sino que se define como “progenie de Isis” y que asume alternativamente la forma de un escarabajo (Scarabeus sacer o aegyptorum, se tiene a precisar), por una parte, y los rasgos ajados de un ser vagamente humano decrépito y macilento, por otra, lo persigue y hostiga cruelmente.

Mientras respondía a mi burla sobre el escarabajo repitiendo mis propias palabras, se desvaneció; o, más bien, vi cómo ante mis ojos adoptaba una forma distinta. Se cayeron todos sus holgados ropajes y, en el mismo momento en el que se caían, de entre ellos surgió, o, de alguna manera, de entre ellos pareció surgir, una criatura monstruosa, un tipo de escarabajo. El hombre había desaparecido. (The Beetle, p. 109; traducción de Couto).

Utilizando sus poderes mesméricos, la criatura venida del Oriente manipula, primero, al vagabundo Robert Holt para que robe ciertas cartas del sécretaire del político; y, más tarde, a Marjorie Lindon, la prometida de Lessingham. La primera parte de la novela en la que Robert Holt relata su versión de los hechos y su terrible experiencia personal a merced de las capacidades magnéticas de la criatura presenta, sin duda, las atmósferas más espeluznantes de este El escarabajo:

No sabía en qué dirección estaba andando. Me sentía como un hombre que volase a través de los acontecimientos fantasmagóricos de un sueño, sin saber cómo ni dónde. Me precipité por lo que supuse fuese un ancho pasillo, cruzando una puerta al final de la cual, imagino, había un salón. Me lancé a través de la habitación, atropelladamente, tirando en la oscuridad invisibles objetos del mobiliario, a veces conmigo encima, a veces debajo de ellos. Cada vez que caía, rápidamente me ponía otra vez de pie, hasta que choqué contra una ventana que estaba oculta por cortinas. No habría resultado extraño si la hubiese atravesado de un golpe, pero me salvé de esta. Apartando las cortinas, busqué el pestillo de la ventana. Era un alto ventanal francés que se extendía, por lo que pude juzgar, desde el suelo hasta el techo. Cuando conseguí abrirla salí a través de ella a la galería en el exterior, sólo para descubrir que me encontraba encima del pórtico que, sin éxito, había intentado trepar desde el suelo. (The Beetle, p. 45; traducción de Couto).

El trío formado por escarabajo, prometida, y servidor mesmerizado desencadenará el final turbulento de la novela. Perseguidos por otro trío, en este caso compuesto por el propio Lessingham, el histriónico inventor Atherton, y el investigador privado Champbell, emprenderán una loca carrera por medio Londres y alrededores, llena de escenas “costumbristas”, que culminará, previo accidente de ferrocarril, en la salvación de la hipnotizada Miss Lindon.

“El escarabajo” no está exento de sorpresas que hemos preferido no desvelar, y que han sido objeto de estudios de crítica literaria reciente. Ofrece, además, numerosos puntos sobre los que reflexionar, especialmente en lo que se refiere a los discursos colonialistas sobre el concepto del Otro (en este caso, encarnado en el Oriente), la amenaza que supone la mujer sexualmente activa para el hombre blanco británico, y, de nuevo, los discursos raciales en el contexto europeo finisecular. Una delicia para los gourmets del género.


[1] Bautizado con el nombre de Richard Bernard Helman, su nombre se cita mayormente por el hecho (involuntario, conviene añadir) de haber sido el abuelo de Robert Aickman.

[2] En 1919, no obstante, se rodaría un cortometraje del mismo título bajo la dirección de Alexander Butler.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Marsh, R. The Beetle: A Mystery. Hertfordshire: Wordsworth Editions, 2007 (1a ed. 1897)*.

Marsh, R. The Beetle. Edición electrónica en gutenberg.org.

*Edición usada en la preparación de esta entrada.