Espejos en la literatura fantástica: de Bryusov a Robert Sheckley

Andersen, La reina de las nieves - espejos literatura fantástica

El miedo a los espejos tiene nombre: se llama catoptrofobia o espectrofobia y, dicen los expertos, es un terror relativamente poco frecuente. Si has tenido la ocasión de leer u ojear Cuerpos. Las otras vidas del cadáver, habrás visto que en la breve biografía incluida en la solapa ya lo dejaba claro: “Odia los espejos”.

Es una forma muy suave y diluida de espectrofobia la que padezco que, aunque no me impide llevar una vida normal (si por “normal” entendemos el caos calmo propio del ojo del huracán), sí me obliga a tomar ciertas medidas apotropaicas cuando me encuentro fuera de casa.

Me cuesta dormir en un cuarto en el que haya espejos. Tengo que cubrirlos con sábanas o descolgarlos de los clavos y voltearlos hacia la pared para poder conciliar el sueño. Por supuesto, en más de una ocasión me he encontrado con armarios de luna gigantescos en pensiones y habitaciones de hotel, y en esos casos he tenido que apañármelas para apartar de la mente la consciencia de un espejo que me mira mientras duermo.

¿Por qué temo los espejos? Porque no se apagan nunca, porque siempre hay una realidad mostrándose sobre su superficie, porque siguen en activo aun cuando no nos reflejamos dentro de ellos, porque crean la noción de “el otro lado”.

No me gustan los espejos porque son el único modo que tenemos de observar nuestro propio rostro (ya, dirás que con el vídeo y la fotografía contamos con otros mecanismos para lograr resultados similares, pero el principio reflectante que gobierna la captura de imágenes es, en gran medida, el mismo) y, ¿cómo podemos estar seguros de que ese reflejo se corresponde, realmente, con la realidad de nuestros rasgos?

No me gustan los espejos porque podrían sorprendernos mostrándonos un cuarto distinto del nuestro, una cara desconocida, una figura descabezada o un monstruo que nos sonríe hambriento como el Bob de Twin Peaks.

Creo que los motivos por los que suelo temer a los espejos, sin embargo, son los mismos motivos que la literatura fantástica ha utilizado para explorar aspectos sobre la identidad del yo, el orden y su inversión transgresora, el mundo oculto fuera de la realidad cotidiana. El repelús que me dan los espejos también explica mi atracción por ellos.

Lewis Carroll Alicia a través del espejo - espejos literatura fantástica

Espejito, espejito mágico: cuentos de hadas con reflejo incluido

(…) esta historia trata de un duende perverso, uno de los peores, ¡como que era el diablo en persona! Un día estaba de muy buen humor, pues había construido un espejo dotado de una curiosa propiedad: todo lo bueno y lo bello que en él se reflejaba se encogía hasta casi desaparecer, mientras que lo inútil y feo destacaba y aún se intensificaba. (…) Los paisajes más hermosos aparecían en él como espinacas hervidas, y las personas más virtuosas resultaban repugnantes o se veían en posición invertida, sin tronco y con las caras tan contorsionadas, que era imposible reconocerlas; y si uno tenía una peca, podía tener la certeza de que se le extendería por la boca y la nariz. Era muy divertido, decía el diablo. Si un pensamiento bueno y piadoso pasaba por la mente de una persona, en el espejo se reflejaba una risa sardónica, y el diablo se retorcía de puro regocijo por su ingeniosa invención (traducción tomada de la página Cuentos de Andersen).

Para mí, como para muchas lectoras, el contacto con la literatura fantástica se estableció en la infancia a través de las leyendas y los cuentos de hadas (que son, por cierto, ejemplos magníficos de horror y refinada violencia). H. C. Andersen fue y es uno de mis autores favoritos y, si bien su tendencia a la moralina cristiana y pía me produce un cierto prurito mental, a mi edad sigo disfrutando de sus historias como cuando tenía 8 años.

“La reina de las nieves” es una de esas historias épicas con espejo incluido: un espejo deformante fabricado por el diablo que es llevado en volandas por todo el mundo para corromper con su reflejo las acciones de la humanidad. No contentos de esto, los diablillos que lo portan deciden elevarse en el cielo para hacer que dios se refleje en su superficie, pero el espejo se les cae de las manos y se rompe estrepitosamente en mil pedazos diminutos.

Una de esas astillas penetra en el ojo de un niño, Kay, que a partir de entonces verá como hermoso todo lo malo y corrupto, y como feo todo lo bello y bondadoso.

—¿Te gustaría vivir en la casa del espejo, gatito? Me pregunto si te darían leche allí; pero a lo mejor la leche del espejo no es buena para beber… pero ¡ay, gatito, ahí está ya el corredor! Apenas si puede verse un poquito del corredor de la casa del espejo, si se deja la puerta de nuestro salón abierta de par en par: y por lo que se alcanza a ver desde aquí se parece mucho al nuestro solo que, ya se sabe, puede que sea muy diferente más allá. ¡Ay, gatito, qué bonito sería si pudiéramos penetrar en la casa del espejo! (Lewis Carroll, A través del espejo, Córdoba – Argentina: Ediciones del Sur, 2004, p. 12).

Alicia utiliza el espejo como una puerta para penetrar en el otro lado, en la región reflejada donde las cosas funcionan según un orden poco convencional, como también lo hace la pícara Olya en la película rusa Kingdom of crooked mirrors” (1963) de Alexandr Rou.

Y es que los espejos son eso, entradas, puertas, accesos a otros mundos y cámaras ocultas que se interconectan entre sí hasta formar una geografía paralela, como sucede en la novela de Susanna Clarke Jonathan Strange y el señor Norrell.

Estos y otros elementos simbólicos asociados a los espejos se tratan en la antología A través del espejo, publicada por la editorial Atalanta en 2016. Es un volumen recopilatorio que no tengo en mi haber, pero del que he podido consultar el índice gracias a un extracto de cortesía, y la primera impresión ha sido muy positiva. Además de una introducción muy sabrosa escrita por Andrés Ibáñez, incluye un relato de Angela Carter (“Reflejos”) que comentamos en Todo Tranquilo en Dunwich hace ya algunos meses, pero pasa por alto tres relatos que exploran las posibilidades de este objeto tan cotidiano, y que considero merecedores de atención.

Kingdom of crooked mirror
El reino de los espejos curvados: mareo asegurado.

Tres cuentos fantásticos con espejo: Valery Bryusov, Fritz Leiber y Robert Sheckley

¿Preparado? ¿Lista? ¡Allá vamos!

“En el espejo de Bruysov

Leí por primera vez “En el espejo” de Valery Bryusov en una recopilación de cuentos de terror en alemán (he intentado recordar el título sin éxito). Pasados unos años, a raíz de la reseña del libro Pioneros de la ciencia-ficción rusa que mi amigo José Luis Forte publicó en el blog La décima víctima, y que incluía el cuento de Bryusov “La república de la Cruz del Sur”, me leí varios de los relatos de este ruso barbado y mefistofélico.

Fue en esa ocasión cuando volví a encontrarme con este “En el espejo” cuya lectura había olvidado ¡Qué malas pasadas nos juega la memoria!

“En el espejo” es una historia fascinante; el adjetivo le cuadra bien, ya que el término fascĭnum aludía a la influencia maligna que podía desprenderse de la mirada de los envidiosos y los enfermos. Cuenta la historia de una mujer que se ve sustituida por su reflejo. Su imagen invertida toma su papel en el mundo, junto a su marido, mientras ella, la mujer real, vive atrapada en el espejo y lucha por reconquistar los espacios que eran originalmente suyos.

Porque ella es la versión real de sí misma, ¿no es así?

Porque existe un individuo que es real y una efigie que solo representa de manera imprecisa, borrosa y deformada lo que verdaderamente somos.

Ese es el juego de terror que nos propone Bryusov en su relato, donde el espejo sirve para reflexionar sobre la identidad, la disolución del yo y los espejismos de la autenticidad.

He amado los espejos desde la más tierna edad. Cuando era niña, lloraba y temblaba cuando me miraba en sus profundidades veraces, transparentes. Mi juego infantil favorito consistía en caminar por la habitación o el jardín mientras sujetaba un espejo frente a mí y observaba su abismo, atravesando el borde con cada paso, y conteniendo el aliento con vértigo y miedo (Valery Bryusov, “En el espejo”).

mirror
¿De qué te ríes, muchacha, si esa no eres tú?

Reflejos peligrosos según Fritz Leiber

Otro relato impactante es “Medianoche en el mundo de los espejos” (1964) de Fritz Leiber, publicado en la antología Night Monsters. Pongámonos en situación.

Imagina que cada noche, mientras el reloj hace resonar las campanadas de la medianoche, desciendes las escaleras que llevan del tejado en el que observas el cielo nocturno hasta el primer piso de tu casa.

Ahora imagina que una noche reparas que los dos espejos, enfrentados el uno al otro en el descansillo, crean la ilusión profunda de un laberinto de escaleras en el que tu reflejo se repite infinitamente.

Pero tu reflejo multiplicado no está solo: allí, en un escalón determinado, uno de tus muchos yos aparece acompañado de una figura, y cada día que pasa, cuando a la llegada de la medianoche los espejos captan de nuevo tu imagen, la figura sombría se acerca un poco más a ti, a tu yo de carne y hueso.

Leiber nos muestra los espejos como espacios de comunicación entre dos mundos (el mundo “real” y el otro lado) que discurren en paralelo, pero fuera de fase por el hecho de que las reglas que rigen uno y otro son opuestas.

Espejos y técnicas de inmortalidad en Robert Sheckley

El tercer relato del que me gustaría hablaros se titula “Juego de espejos” (Mirror games). Robert Sheckley lo publicó en la revista The Magazine of Fantasy & Science Fiction en 2001, cuatro años antes de fallecer, y es un buen ejemplo de lo que sabía hacer con las palabras.

Este es el argumento. Edward ha perdido a su esposa Elena y, carcomido por el dolor, visita el planeta Alcenor en busca de una cura a su pérdida. Alcenor es el planeta de los espejos y el único lugar del universo que ha desarrollado una tecnología mágica capaz de revertir el curso de la muerte.

Pero Elena estaba muerta, y todo lo que quedaba de ella era su imagen capturada en el viejo espejito que había sostenido en la mano momentos antes de que la muerte se hubiese abatido sobre ella de manera repentina, en su último día de vida sobre la Tierra.

En la Tierra la muerte es irrevocable. Pero a Edward le habían dicho que en Alcenor a veces podía revertirse, sobre todo si en el momento de la muerte hubiese estado presente un espejo. No se podía regresar al propio cuerpo, pero se podía entrar en un espejo y vivir eternamente (Robert Sheckley, “Juego de espejos”).

A medida que Robert Sheckley nos desvela la historia, sin embargo, descubrimos que el amor de Edward es menos inocente de lo que parece, y que se puede ser más feliz atrapada en un espejo que pululando en cuerpo físico por calles y jardines. En definitiva, vivir en el reflejo nos puede proporcionar la mayor de las dichas.

Y tú, ¿tienes un relato o novela con espejo favorita?

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Bryusov, V. Y. The Republic of the Southern Cross, and Other Stories. Londres: Constable and Company LTD, 1918.

Leiber, F. La mente araña y otros relatos. Traducción de Diurki. Barcelona: Martínez Roca, 1978.

Sheckley, R. “Gioco di specchi”. Fantasy & Science Fiction Edizione Italiana 1/2 (2013): 56-64.


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17 comentarios

  1. Pues no recuerdo ahora ningún relato de espejos, solo dos películas, que son, en realidad, la misma: El otro lado del espejo del coreano Sung-ho Kim (2003) y su inevitable remake estadounidense, Reflejos de Alexandre Aja (2008). Imagino que no te apetecerá verlas…

      • A mín sí, sobre todo a coreana. O remake estadounidense, a ver, no soen ser boas, pero esta non está mal del todo, deixase mirar. Hai ainda outra moi inquedante que penso que te pode gustar tamén: Oculus de Mike Flanagan do 2013. Esta é mais recente, pero a mín deixoume un bo sabor de boca. Xa me contarás. :*

  2. Tomo nota de los tres relatos, aunque es posible que el de Sheckley ya lo haya leído. Y te aconsejo que te pases por mi blog porque casualmente el relato que acabo de publicar, “El azogue”, de Jeff Noon, no podría venir más a cuento.

  3. Me siento identificado contigo, si bien no llego a cubrir los espejos, nunca han sido de mi total agrado, me incomodan un tanto. Respecto a los libros que citas me los apunto todos, se leen muy inquietantes. Saludos.

    “Estoy solo y no hay nadie en el espejo”. J.L. Borges.

    • Ha sido leer ese “Estoy solo y no hay nadie en el espejo” y sentirme observada por la espalda. ¡Qué angustia!
      Gracias a esta entrada del blog he descubierto que somos muchas las personas que sentimos rechazo (miedo, terror, lo que sea) por los espejos.
      Un abrazo, amigo.

  4. Los espejos son fascinantes. Se me quedó a fuego algo que dijo mi abuela siendo yo muy pequeña: “no te quedes mirando al espejo mucho tiempo, que tienen memoria”.
    Desde entonces me dan una especie de yuyu los espejos con poca luz, en penumbras o a oscuras.

    • ¡Qué sabia tu abuela, Alba! Yo también creo que tienen memoria, además de poderes sobrenaturales y dedos muy largos. ¡Mejor no tener que lidiar con ellos!

      • Hola, Couto.

        Llegué un poco tarde a este post… Muy interesante, solo conocía el relato de Leiber, y la verdad no lo recordaba. Tiene tantas cosas extraordinarias…

        Al leerlo recordé un texto muy corto que escribí con espejo incluido, a modo de recreación del episodio de las sirenas. Por si te apetece te mando el enlace. Hasta pronto.

        https://frgimeno.blogspot.com/2012/03/minima-moralia.html

      • ¡Hola, Paco! Me ha gustado mucho tu relato. Ha conseguido inquietarme, ya que creo que refleja (nunca mejor dicho) la esencia del miedo que estos objetos me producen. Un abrazo.
        Ah, el avatar raro asociado a tu nombre se genera en automático. Cosas de WordPress.

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