Paul Scheerbart, La gran revolución

Revolution_portadaEn la luna era de noche.

Y el aire espeso, inmóvil.

Y los escarabajos de oro se posaban en los oscuros campos de musgo y brillaban, como brillan las estrellas en el negro cielo.

De le tierra solamente se veía el cuarto de un semicírculo.

Y cinco hombres de la luna planeaban sobre los campos lunares y brillaban también, aunque lo hacían como bolas de fósforo (La gran revolución, p. 5; traducción de Couto).

kokoschka-scheerbartAsí comienza “La gran revolución” (Die große Revolution) del prusiano Paul Scheerbart (1863-1915). Esta novela lunar y lunática escrita en 1902 se inscribe en el fantástico sin ser estrictamente ciencia ficción. Mantiene, por el contrario, un tono de cuento y de fábula en una luna imaginada, brillante y mineral, poblada por selenitas fosforescentes de gran barriga esférica. El argumento se articula en torno a una gran diatriba que divide en dos grandes facciones a los hombres de la luna[1]: ¿deben continuar sembrando de telescopios la cara visible del cuerpo celeste, gracias a los cuales conocen al dedillo las costumbres, vicios y virtudes de las sociedades terráqueas? ¿O deberían, por el contrario, concentrar todos sus esfuerzos y atención en el universo desconocido, y para ello construir un gigantesco telescopio, El-Gran-Telescopio, en la cara oculta de la luna?

Este enfrentamiento dialéctico aparentemente inocente encierra, sin embargo, consideraciones éticas más profundas. Los selenitas, durante eones, se han dedicado a observar, registrar y archivar en grandes bibliotecas las vicisitudes terrícolas, el desarrollo y el avance técnico de los humanos. En este proceso sistemático de largo recorrido han verificado y comprobado repetidamente que los habitantes de la tierra matan, masacran y destruyen sistemáticamente. Ante la enésima evidencia de este comportamiento brutal, el grupo “pro-universo” liderado por Mafikâsu, lanza su propuesta: dejemos de preocuparnos por los humanos, ahí fuera hay un universo infinitamente más subyugante. Abandonémoslos a su merced y exploremos la cara oculta de la luna.

Entre reunión y reunión del consejo de los cien sabios, se acuerda que, si en el plazo de medio siglo el planeta tierra no reduce sus ejércitos, los selenitas le darán definitivamente la espalda. No hará falta decirles cómo termina la historia. Ni en esos cincuenta años iniciales, ni en los 1300 años subsiguientes que los lunáticos emplearán en construir el gran telescopio, cambiarán las pulsiones del ser humano. Ejércitos, uniformes, guerras se prolongarán, se sucederán, se darán el relevo.

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“La gran revolución” del título, por tanto, alude a ese cambio de perspectiva que lleva a los selenitas de la mezquindad de la tierra a la psicodélica experiencia del espectáculo del universo. La idea del antimilitarismo, más que la recreación sesuda de mundos imaginarios, guía la historia, si bien Scheerbart se saca de la manga algunos pasajes y conceptos verdaderamente memorables.  Por ejemplo, la representación de los selenitas como seres prácticamente inmortales que, una vez sienten el cansancio de la vida, descienden a las “grutas de la muerte” en las profundidades de la luna, no para morir, sino para renacer. Un nuevo tronco nace del viejo, y la cabeza del moribundo le habla a la nueva cabeza, transmitiéndole así todo el conocimiento acumulado. Cada selenita, pues, renace como sí mismo en una versión mejorada.

Conviene destacar también la presencia de 10 dibujos del propio Scheerbart que acompañan el libro, y para los que el autor se inspiró en las primeras fotografías disponibles del espacio cósmico más allá de la órbita del planeta Neptuno. El resultado son estas imágenes de formas gaseosas e ingrávidas a las que Scheerbart dotaría de rostro antropomorfo.

Sólo podremos tener condiciones tolerables en la tierra cuando hagamos añicos el para nuestra cultura vergonzoso militarismo. Esto sólo será posible si organizamos una agitación a gran escala que produzca repugnancia y aversión contra todo lo militar. Esta agitación debe, por todos los medios, y en particular a través de la burla despiadada, motivar la repugnancia de las masas populares contra todo lo militar. Se debe llegar tan lejos como para ver en los soldados la raíz de todo mal. Deberá ser de buen tono hablar de los soldados con la misma indignación con la que antes se hablaba del infame asesino (La gran revolución, p. 108; traducción de Couto).

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Scheerbart, P. Die große Revolution. Ein Mondroman. Leipzig – Weimer: Gustav Kiepenheuer Verlag, 1983 [1a ed. 1902].

Paul Scheerbart profile, por Matthew Jakubowski (en inglés).

Paul Scheerbart en Wikipedia (en español).

Paul Scheerbart en Projekt Gutenberg (minibiografía y obras descargables en alemán).

Página dedicada a la vida y obra del autor (en alemán).


[1] No hay diferencia sexual ni genérica de ningún tipo entre los habitantes de la luna. Paul Scheerbart utiliza el término “Mondmänner” (hombres de la luna) para referirse a la población del satélite.

Viaje in utero

¿Conocen esa sensación extraña que sobreviene cuando se es expuesto a una sobredosis de información en forma de imágenes, textos e ideas, que luego tienden a presentarse de nuevo aleatoriamente en flashes para más tarde desvanecerse en un remolino de palabras desligadas y figuras inconexas? Pues esto nos sucede EnLaListaNegra desde que hemos puesto pie en Alemania. Un peculiar trabajo que nos traemos entre manos nos está proporcionando horas de estudio sobre aspectos de historia de la medicina y la anatomía, en especial ligadas a la reproducción, la embriología, y el cuerpo femenino; pero también esta trastocando completamente nuestro calendario de lecturas y comentarios literarios.

En la entrada de esta semana, pues, les presentamos algunas imágenes que atestiguan un viaje poco convencional, un periplo al interior del cuerpo, una regresión in utero. Una colección de imágenes curiosas que, a pesar de no demostrarlo, siguen un hilo lógico, si bien finísimo e imperceptible. Recuerden que la biología y la biomedicina muestran una versión de la realidad y no “La Realidad”; que no hay “Verdades científicas”, sino únicamente “creencias científicas”.

Estos son mundos de maravilla y espanto.

Da_Vinci_feto_royal_collectionLeonardo Da Vinci (1452-1519) imaginó al feto como una esfera, un fruto precioso cerrado sobre sí mismo.

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Amuleto uterino del siglo III e.c. conservado en el Bitish Museum. Las corrientes mayoritarias de pensamiento médico clásico grecolatino, con los autores hipocráticos a la cabeza, sostenían que el útero era un animal capaz de moverse dentro del cuerpo de la mujer. Su continua necesidad de humedad, de ser irrigado, podía obligarlo a trasladarse desde las regiones inferiores del cuerpo hasta los pulmones, llegando incluso a provocar sofocación. Estos amuletos tallados en piedra, generalmente hematita,  por tanto, se utilizaban con fines terapéuticos en el tratamiento de afecciones uterinas vinculadas sobre todo a estos movimientos. En la imagen aparece representado , según la iconografía habitual de estas piezas, un útero que evoca la imagen del pulpo (fíjense en esos filamentos tentaculares en la parte tanto inferior como superior), bajo cuya boca figura una llave.

La inscripción griega en el reverso de la gema reza (aquí me fío de l@s responsables de la publicación correspondiente): Orôriouth, Iaêô, Iaô, Sabaôth, útero, contráete.

La obra de referencia fundamental para el estudio de estas gemas fue publicada por Campbell Bonner en 1950 bajo el título Studies in Magical Amulets: Chiefly Graeco-Egyptian. No se pierdan el recientísimo proyecto de publicación y reedición digital de estas piezas: The Campbell Bonner Magical Gems Database.

L0035934 Clay-backed uterus. Roman votive offeringÚtero votivo romano en terracotta (II a.e.c.-II e.c.). Abundantísimos ejemplares de estos exvotos se han excavado en yacimientos del Mediterráneo: eran depositados en templos, probablemente, para solicitar o agradecer favores en materia ginecológica y obstétrica concecidos por las divinidades.

Maruja Mallo_Naturaleza vivaMaruja Mallo, Naturaleza viva

Oxford_BodleianMS Ashmole 399, fol. 13v. Estilizada versión de un útero grávido en un manuscrito médico del siglo XIII.

Foetal positions in womb Soranus Gynaecia 9th cIlustración del siglo IX e.c. a la Gynaecea de Sorano  donde se muestran algunas de las posiciones problemáticas que puede adoptar el feto in utero. Como pueden observar, el feto es representado aquí como un señor pequeñito e inquieto.

L0034904 Diagram showing the uterusWilliam Cowper, Diagrama del útero, 1739. Paisajes de otro mundo.

Kubin

Alfred Kubin para terminar. Tumbas y úteros. EL principio. El fin.

¡Elijan la próxima entrada de EnLaListaNegra!

Para agradecerles su fidelidad, les damos la oportunidad de elegir el libro que comentaremos en EnLaListaNegra en nuestra entrada del 17 de mayo de 2013.

Para ello, les proponemos tres opciones a continuación. Tres libros en alemán, inéditos en español o descatalogados, publicados entre 1902 y 1913, de entre los que deberán escoger una única opción. Para ayudarles en la tarea, hemos traducidos el primer párrafo de cada  uno de ellos.

¡Rápido, no se demoren! Tan solo disponen de 24 horas para hacer su elección. El plazo para hacernos llegar la opción que prefieren termina mañana martes 7 de mayo a las 22:00 horas.

Opción 1 (En la luna), novela, 1902

En la luna era de noche.

Y el aire espeso inmóvil.

Y los escarabajos de oro se posaban en los oscuros campos lunares y brillaban, como brillan las estrellas en el negro cielo.

De le tierra solamente se veía el cuarto de un semicírculo.

Y cinco hombres de la luna planeaban sobre los campos lunares y brillaban también, aunque lo hacían como bolas de fósforo.

Opción 2 (Hans Walter), novela, 1910

Hans Walter entró en aquel lujoso café por primera vez. No era amigo de la ociosidad, como a menudo se preocupaba de recalcar. Tenía un objetivo vital y un camino preestablecido. El objetivo vital era justamente aquel grado de bienestar gracias al que podía permitirse todas las comodidades que deseaba. Y de estas había muchas, desde las comidas en buenos restaurantes hasta la villa a las afueras de la ciudad.

Opción 3, (El dique del este) relatos, 1913

El dique del este yacía en la fulgurante luz del mediodía. La gente, engalanada, reía a lo largo del amplio paseo marítimo y se cruzaban unos con otros. Bajo el reflejo de la inmensidad del agua centelleaban delicadamente las ventanas de las casas de la playa. El incesante fragor del mar rodaba desde el malecón de piedra, ahora hinchándose, ahora desinflándose.

Pecados de las ciudades del la llanura; o recuerdos de una Mary-Ann, con breves ensayos sobre la sodomía y el tribadismo

‘¿Ha visto usted alguna vez mejor verga en su vida?’, replicó abriéndose los pantalones y mostrando una polla tremenda que ya se presentaba en estado semierecto. ‘Es mi única fortuna, señor; realmente me proporciona todo lo que quiero y a menudo me presenta a lo mejor de la sociedad, tanto damas como caballeros’.

sins_of_the_citiesSi es cierto que no hay nada nuevo bajo el sol, es de suponer que lo nuevo tampoco abundará ni en las alcobas ni en los salones privados ni mucho menos en los burdeles. A saber entonces por qué Sins of the cities of the plain, novela de  autor desconocido publicada en Londres en 1881 bajo el pseudónimo Jack Saul, resulta tan llamativa y sorprendente. Será su modernidad canalla de sexo explícito y lenguaje accesible, cuando no procaz y barriobajero, lo que la hace tan contemporánea, así como su empeño en excitar con sus constantes referencias a coños, vergas y desnudeces varias.

Este breve novela se inicia con un encuentro fortuito que inmediatamente asume la forma de un inflamado encuentro sexual entre Mr. Cambon y Jack Saul.

Vestido en ropas adherentes que sacaban el mayor partido a su figura de Adonis, especialmente en la zona que los que los snobs llaman la entrepierna de los pantalones, y donde evidentemente la naturaleza lo había favorecido con un desarrollo realmente extraordinario de los atributos masculinos; tenía pies pequeños y elegantes, un rostro imberbe de apariencia fresca, de rasgos casi femeninos; pelo rojizo; y radiantes ojos azules que apelaban directamente a mis sentidos y que me decían que este hermoso joven debía ser uno de los Mary-Ann de Londres, de los cuales había oído podían verse deambulando en los barrios de Regent Street o de Haymarkt en las tardes y noches apacibles.

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Encadilado por el joven que tan placenteros servicios le ha prestado, Cambon propone a su recién estrenado gigoló que cuente en algunas páginas escritas su iniciación y perfeccionamiento en los amores efébicos: son estas mismas páginas las que connstituyen el núcleo de la novela. Descubrimos entonces que el apetito y la curiosidad sexual de Jack Saul siempre lo han tenido despierto desde la más tierna infancia. Sus primeras experiencias homosexuales suceden en un internado al que la madre lo envía tras la muerte de su padre, pero, lejos de adoptar los tintes de la mera anécdota, de regreso a su casa Mr. Saul continuará ejercitándose con la camarera y más tarde con el palafranero, formando así un trío bien avenido. Finalmente, hará de la Mary-Ann[1] su profesión, prestando sus servicios en fiestas privadas, así como en cierto prostíbulo llamado Inslip en el que suele presentarse travestido como una jovenzuela de nombre Eveline. Dúos, tríos, cuartetos y grupos en rotación, algún que otro incesto, unos buenos azotes con ramas de abedul primorosamente atadas por lazos de tul y terciopelo, sexo oral, anal, algo de humor, y una gran devoción por el pene: he aquí la síntesis mínima de “Pecados de las ciudades de la llanura”.

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Lejos de ser una novela social, permite entrever, sin embargo, aspectos más desagradables de la sexualidad y la moralidad victorianas. Junto a esas orgías inacabables que Jack Saul describe con perverso detalle, caminan en la penumbra otras escenas menos titilantes: la sodomía es un delito (recuerden si no el penoso juicio a Oscar Wilde, o el caso de Boulton y Park[2]) en un reino en el que sires, nobles,  y príncipes no sólo gustan de vestirse de mujer o de ser azotados en sus blancas carnes, sino que también adoran someterse a los viriles miembros de jovenzuelos a los que frecuentan en caros y exclusivos burdeles. También se hace mención  a los niños raptados y/o coaccionados que sufrían violaciones, y a los que menudo se les forzaba a  prostituirse o eran vendidos como carne de placer a los prostíbulos; a casos de extorsión y chantaje; a ciertos juegos crueles y perversos practicados en París que podían conducir a la muerte.

Cierran el libro dos textos: el primero versa sobre la sodomía en la historia, en la que se repasan fundamentalmente los nombres de los grandes sodomitas de la Roma antigua; el segundo, se centra en el práctica del tribadismo, y constituye la única referencia al lesbianismo del libro.

Sins of the cities of the plain, siendo como es una novela pornográfica vendida en la oscuridad de las trastiendas para uso y disfrute homoerótico, revela al mismo tiempo aspectos de la sociedad victoriana oculta que l@s lector@s contemporáne@s apenas tenemos ocasión de conocer. Una novela recomendable, pues, tanto para el/la lector(a) informad@ como para el consumidor de pornografía. Ahí es nada.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Saul, J. The Sins of the Cities of the Plain, or the Recollections of a Mary-Ann, with Short  Essays on Sodomy and Tribadism. London: William Lanzenby, 1881.

Reedición de The Sins of the Cities of the Plain, Valancourt Books.

Traducciones de los fragmentos citados por Couto.


[1] Término para designar a los homosexuales utilizado especialmente durante el período victoriano.

[2] Ambos fueron juzgados en 1871 por travestismo y sodomía. Sins of the cities of the plain se demora describiendo los juegos sexuales entre estos dos personajes históricos y nuestro ¿ficticio? Jack Saul.

Dion Fortune, Los secretos del Dr. Taverner

Nunca he sido capaz de decidir si el Dr. Taverner debía ser el héroe o el villano de estas historias. Que fuese un hombre de ideales totalmente desinteresados no puede ponerse en tela de juicio, pero en cuanto a la puesta en práctica de esos mismos ideales, no tenía absolutamente ningún escrúpulo.

Dion_fortuneLa literatura fantástica necesitaría más doctores Taverner que se dedicasen a hurgar en los grisáceos recovecos del alma humana, a pacificar las fuerzas del mundo, y a desgranar ocultas incógnitas. ¿Más doctores, he dicho? Bastaría que los que ya existen fuesen republicados, traducidos, (re)leídos. Por eso les presentamos a esta creación literaria de Dion Fortune (1890-1946), la ocultista británica, escritora, fundadora de la Society of the Inner Light, y líder de la batalla mágica de Gran Bretaña a las puertas de la Segunda Guerra Mundial que daría vida al mentado personaje.

Y he aquí el primer punto de interés: Dion parece haberse inspirado en un tal Theodore Moriarty, del que se dice fuese ocultista, masón y mentor de Fortune, para crear a su doctor. De hecho, lo oculto en la obra literaria de la autora no es ni aderezo ni pretexto para crear atmósfera, sino un modo de cultivar y difundir ciertos principios y prácticas espirituales en cuyo estudio la autora se había enrolado desde la más tierna infancia. The Secrets of Dr. Taverner (“Los secretos del Dr. Taverner”) es, pues, literatura, pero también filosofía oculta.

Dr_tavernerNuestro doctor, sin embargo, no es un investigador de lo oculto stricto sensu. Más cerca quizás del Simon Iff de Aleister Crowler que de un Martin Hesselius o de un John Silence, Taverner emerge como un psiquiatra o psicólogo del alma con ciertas capacidades y arcanos conocimientos que utiliza para tratar a sus pacientes, puesto que además figura como iniciado y miembro de cierta congregación o sociedad secreta (“the Lodge”, la logia). En su exclusiva residencia de Hindhead, Taverner únicamente acepta como internos a aquellos individuos afectos de peculiares disturbios del alma, del espíritu si lo prefieren, que la psicología médica convencional no sabe tratar.

Mi interés principal yace en esas regiones de la psicología que la ciencia ortodoxa todavía no se ha aventurado a explorar (Ansia de sangre).

Los modos de Taverner: yo sabía que esto significaba que requeriría tiempo para llevar a cabo un examen psíquico del caso. Este era su talento particular, ya que empleaba su adiestrada intuición para explorar las mentes de sus pacientes del mismo modo que otro hombre usa el microscopio para examinar los tejidos de sus cuerpos (El hombre que buscaba).

Algunas personas envían telegramas cuando quieren comunicarse. Yo no. Yo envío pensamientos porque tengo la certeza de que me obedecerán. Una persona puede ignorar un telegrama, pero actuará siguiendo un pensamiento que considere propio (El sabueso de la muerte).

Los relatos, que son narrados en primera persona por su asistente Rhodes, siguen el clásico esquema tripartito constituido por introducción, nudo y desenlace, de modo que cada historia inicia con la presentación de un caso clínico; sigue con la evolución narrativa de ese caso al  que Taverner y su ayudante se deben enfrentar; y se cierra el recorrido con la explicación pertinente acerca del significado profundo de la realidad oculta, con Taverner ejerciendo, a la manera de los antiguos diálogos, de maestro, y Rhodes, de discípulo. Es en el contenido y en el tratamiento temático de estos relatos, sin embargo, donde reside toda la originalidad de Dion Fortune. Se lo sintetizamos en una de nuestras habituales listas: atracción por la sangre ligada a experiencias bélicas; preservación de arcanos rituales; sensibilidad espiritual y segunda visión; renacimiento y reencarnación, actos y decisiones de vidas pasadas y su impacto en el presente (casi una constante en este volumen); alucinaciones, dobles etéreos, ladrones de cuerpos;  ataques psíquicos y violencia ejercida mediante medios espirituales; razas de la naturaleza y la estirpe de Pan.

“Los secretos del Dr. Taverner”, lejos de resultar abstrusa, compleja, o sólo apta para inciad@s, proporciona varias horas de hipnótica lectura para todo amante del género fantástico. Taverner hace visible lo invisible, convierte lo inaprensible en comprensible y, consigue que la resquebrajada alma humana retorne a sus goznes.

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Remedios Varo “Nacer de nuevo” (1960)

Índice de relatos

Blood Lust (Ansia de sangre)

The Return of the Ritual (El retorno del ritual)

The Soul that Would Not Be Born (El alma que no nacería)

The Scented Poppies (Las amapolas perfumadas)

The Death Hound (El sabueso de la muerte)

A Daughter of Pan (Una hija de Pan)

The Subletting of the Mansion (El subarriendo de la villa)

Recalled (Recordado)

The Sea Lure (El atractivo del mar)

The Power House (La casa del poder)

A Son of the Night (Un hijo de la noche)

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Fortune, D. The Secrets of Dr. Taverner. Noel Douglas, 1926.

The Secrets of Dr. Taverner, versión digital.

Breve biografía de Dion Fortune.

Traducciones de los fragmentos citados por Couto.

En píldora: Tal día como hoy, Robert en la isla

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El 22 de abril de 1973, Robert Maitland sufrió un fatal accidente de tráfico en la salida oeste del intercambiador de Londres centro mientras conducía su Jaguar a gran velocidad. Su coche se despeñó terraplén abajo aparatosamente. Aun así, y más allá de algunas contusiones y una pierna herida, Robert Maitland permaneció con vida. Y añado: con vida, pero sin testigos del accidente. Nadie es consciente de que se haya estrellado un coche, todos ignoran que allá abajo un hombre grita desesperado, esperando ser rescatado. Con la misma facilidad con la que se pisa el acelerador, el mundo pasa de largo arropado por el rugido de los motores.

Hoy se cumplen 40 años de los hechos que dan inicio a The concrete island (“La isla de cemento”) de J. G. Ballard, a quien EnLaListaNegra dedica esta dosis de literatura En píldora. Esta es una novela sobre los lugares suspendidos, la tierra de nadie a los márgenes del frenético movimiento del mundo moderno de hormigón y vacío. Maitland, prisionero en ese paraje estéril delimitado por autovías y circunvalaciones, intenta sobrevivir mientras espera, espera, espera. La civilización se yergue a un paso, pero esta, impasible, impenetrable, tan solo se deja observar desde el otro lado de la barrera gris de cemento y asfalto. El ídolo, el espejismo, la quimera. Quizás el naufragio sea, en realida, la salvación y no la condena.

¿Desean visitar la auténtica isla de cemento? La página web Ballardian les explica cómo.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Ballard, J. G. The Concrete Island. London: Jonathan Cape, 1974.

Ediciones de La isla de cemento en español.

Carlos Díaz Dufoo, Cuentos nerviosos

CDDHasta hace unas pocas semanas el nombre de Carlos Díaz Dufoo (1861-1941), intelectual del que luego he sabido se dedicó al periodismo y a la dramaturgia tanto en España como en su México natal, me resultaba completamente desconocido. Olvido literario que deriva de una cuestión de tiempo y circunstancia, quizás, o tal vez de un motivo más simple y banal: durante su vida, Dufoo únicamente compuso en el campo de la ficción narrativa este pequeño volumen de Cuentos nerviosos (1901).

¿Y qué clase de cuentos son estos? Pues diría que concentrados de amor traicionado, de apuestas trucadas y engaño; historias sobre la soledad de la guerra, el suicidio, la catalepsia; y así, sin demorarme en juegos de palabras para los que hoy me falta agilidad, un conjunto de estampas de mezquindad, de muerte y del no somos nada. Algunos de estos cuentos son todavía más sintéticos, esbozos de jugo de limón en papel blanco que sólo se revelan si aplicamos fuego a su superficie. Habla entonces Dufoo del placer de las lides amorosas con la propia compañera, de la nostalgia del maestro muerto al que uno solía  encontrar en los cafés, o de la tarde lluviosa pasada en fantaseos literarios.

Estos Cuentos nerviosos son tal porque agitan la entraña, exaltan el ánimo e irritan las pasiones. Les dejamos como prueba de ello “La autopsia”. Esperamos que lo disfruten sobre la mesa de disección.

Algunas notas editoriales y bibliográficas

Díaz Dufoo, C. Cuentos nerviosos. México: Ballescá, 1901.

Breve biografía de Carlos Díaz Dufoo.

Cuentos contenidos en el volumen

Por qué la mató

Catalepsia

El primer esclavo

Sub lumine semper

La autopsia

Una duda

La muerte del «Maestro»

El centinela

Cavilaciones

El viejo maestro

¡Maldita!

At home

Madonna mía

Confidencias

El vengador

Guitarras y fusiles

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La autopsia

Teodora había alcanzado esa edad en que el espíritu, presa de extrañas alucinaciones, busca en los espacios fulgores desconocidos y en las flores aromas especiales. Sus ojos, abrillantados y radiantes, reflejaban la curiosidad de un alma inquieta, nacida para ser contemplada de rodillas.

Llegó al altar cuando el primer albor de la adolescencia iluminaba apenas su semblante. Allí, en aquella alcoba en donde el ángel de la dicha coloca sigilosamente su dedo en los labios, había encontrado a un hombre frío y reservado, impregnado el espíritu de problemas trascendentales, de casos patológicos, de dudas científicas.

Había pasado de su clínica á la cámara nupcial bruscamente, sin transición alguna, y se encontraba en los brazos de aquella niña como en su cátedra, delante de sus discípulos, en los solemnes momentos de una operación quirúrgica.

Teodora lloró sus desengaños mucho tiempo. Después, la costumbre había alejado las sombras que se proyectaron en su espíritu y la asediaron durante algunos años.

Todas las mañanas veía alejarse a su marido, siempre silencioso, siempre pensativo, después de una noche de insomnio, consultando al reflejo del pálido reverbero que alumbraba tenuemente la cama de palo de rosa en que descansaba ella, las obras de los maestros, sin que sus ojos, posados en aquellas páginas, revelaran una sola idea mundana, un solo destello de vida.

Todos los días, al sonar la una de la tarde, el coche del doctor estremecía las vidrieras de la casa. Momentos después, imprimía sus labios helados y descoloridos en la pensativa frente de la esposa. Comían en silencio, y él penetraba en su gabinete de estudio para no salir hasta hora muy avanzada de la tarde, cuando ya el último rayo había dejado de dorar las cumbres de las montañas.

Teodora paseaba en el bosque su amarga melancolía, y cuando las tinieblas de la noche, confundiéndose con las de su alma, envolvían los caprichosos contomos de los árboles, el coche ganaba las calles de la población, y penetraba en aquel hogar sombrío y taciturno que no turbaba el menor ruido en su reposo.

Una noche Teodora no volvió.

A la mañana siguiente, en el salón de la señora …, corría de boca en boca la noticia de que la hermosa T…, esposa del célebre doctor M…, había abandonado el domicilio conyugal en compañía de un conocido Lovelace, cuyas seducciones mundanales habíanle hecho héroe de numerosas aventuras.

En la solitaria casa de la calle de… la vida no había cambiado. Todas las tardes, a la una, el ruido de un coche estremecía las vidrieras del edificio, y el doctor, frío y silencioso, traspasaba el dintel de aquella puerta, que volvía a cerrarse al darle paso. El transeúnte que a las altas horas de la noche cruzaba aquella apartada vía pública y fijaba su vista en el edificio, podía vislumbrar un pálido rayo de luz que se desprendía de uno de los balcones.

Era el doctor que estudiaba.

II

Aquella noche el doctor había velado más que de costumbre.

Un círculo obscuro circundaba sus ojos, que parecían más cavernosos que nunca. En el fondo de aquellos huecos se adivinaban, mejor que se veían, dos pupilas fijas en un cielo plomizo de melancolía vaga y taciturna.

Salió. Leves gotas de una lluvia, finísima caían en los charcos de las aceras, produciendo pequeñas ondulaciones que se borraban un momento para dibujarse de nuevo. Los coches salpicaban de lodo a los transeúntes. Las pesadas ruedas de los carros se hundían en el fango con un chasquido glutinoso.

En el hospital, los alumnos esperaban al doctor, haciéndose mutuas confidencias de sus aventuras de callejuela. El aire húmedo de la mañana no se hacía sentir en aquella atmósfera impregnada de ácido fénico. Un paso lento y acompasado resonó en los corredores’, los cuchicheos cesaron: era el doctor.

Cuando entró en la cátedra seguido de sus discípulos, la impasible fisonomía del médico se iluminó por un momento. Sus ojos brillaron como dos ascuas de fuego, su tez marchita se coloreó un instante, su frente se levantó orgullosa y firme, y con voz sonora y metálica comenzó su explicación:

— Señores,..

Se trataba del envenenamiento por cianuro.

El doctor pretendía seguir las huellas de la intoxicación por el veneno, é investigar ciertos fenómenos que podían haberse escapado a la experiencia.

Un alumno interrumpió al profesor.

Precisamente se había llevado la noche anterior al anfiteatro el cadáver de una mujer intoxicada por el cianuro, en una madríguera de la prostitución. El cuerpo esperaba la autopsia. Animado por la fiebre de la ciencia, aquel hombre de hielo abandonó el sillón de la cátedra, y, seguido siempre de sus discípulos, penetró en la sala de disecciones.

Una plancha de mármol blanco, opacada por una leve capa grasosa, se alzaba en aquella habitación amplia, a la que daban luz dos anchas ventanas, por donde un rayo de sol, que había roto en aquel momento la obscura prisión de nubes que lo tenía envuelto, penetraba alegremente, yendo a herir un amarillento cráneo, abandonado en el rincón más apartado de la estancia.

El doctor había retirado de su bolsa de operaciones un bisturí ñexible y delgado como la lengua de una víbora. Era otro hombre, su rostro resplandecía; un fulgor extraño iluminaba aquella frente obscurecida por los insomnios; su boca se plegaba por una sonrisa de amor propio satisfecho; su nariz aspiraba con deleite aquel aire cargado de emanaciones de sangre humana.

Trajeron el cadáver.

Era el de una mujer joven y hermosa, sus formas habían sido holladas por el placer sin que perdieran el primitivo encanto de sus líneas. El vicio hizo rodar aquel montón de carne blanca y tersa, de suaves contornos y virginales redondeces.

El doctor se acercó y una palidez mortal cubrió su semblante.

Aquel cadáver era el de Teodora.

Vaciló un momento.

La misma extraña claridad que alumbraba un poco antes sus facciones, marchitas y fatigadas, apareció de nuevo en su rostro.

Se acercó a la plancha, y, buscando en el cuerpo un espacio determinado, hizo la primera incisión con el bisturí.

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